LA HISTORIA QUE les cuento le da un aire a Hansel y Gretel, o sea, léanla ustedes abrazaditos unos a otros, porque da un miedo que te cagas. Érase que se era Hansel (mi santo) y Gretel (yo). Y érase también el presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, que actúa en este caso como la madrastra (sería impresionante tener una madrastra que se llamara Ruiz-Gallardón). Explico la similitud: ¿Pues no va Gallardón, nos invita a cenar con Daniel Barenboim y nos manda un plano para que lleguemos a una mansión campestre?
Hay un libro de ciencia pura que se llama: Las mujeres no saben interpretar un plano, los hombres no saben hablar de sentimientos. Vale, cojonudo, pero qué hacemos con un santo que además de no saber hablar de sentimientos tampoco sabe interpretar un plano, ¡che, che!, no lo digo por criticar, que yo tampoco debo saber hablar de sentimientos porque cuando me pongo a ello, en esos momentos poscoitum en los que un matrimonio se entrega a la ternura, mi santo se duerme, como un niño de pecho.
En total, que cogimos el plano un poco al estilo con que los gorilas cogerían un libro (Las memorias del arquitecto personal de Hitler, por ejemplo, el tomazo con que se me acuesta mi santo en la actualidad) y empezamos a darle vueltas sin saber cómo mirarlo. Nos dio la risa: ¡Ay, este Gallardón, qué poco nos conoce, mandarnos a nosotros un plano! Desde aquí te lo digo, Gallardón: nos sobrevaloras.
Pero aquello que tenía gracia sobre el papel empezó a no tener ninguna cuando, habiendo lavado a conciencia nuestras partes pudendas y maqueados, nos montamos en el coche con el plano Gallardón. El plano tenía un punto de salida, Madrid, uno de llegada, un embalse al lado de Manzanares, y un premio, Barenboim. Pero, claro, el que conduce (mi santo) no mira el plano, y dejarme a mí de copilota con un plano es una experiencia religiosa. No puedo contar cómo, pero de pronto nos vimos fuera de la autopista, por un camino de tierra, cruzando la vía de un tren, jugándonos la vida y dando tumbos con nuestro cuatro por cuatro, que, por cierto, habíamos lavado para que Gallardón no sintiera vergüenza de nosotros delante de Barenboim.
Llegamos al final del camino, y nuestro Suzuki se paró al lado de otro coche donde una parejita en la flor de la edad estaba echando un polvo. 'Pero, ¿dónde me has traído?', gritó mi santo mientras yo miraba el paisaje y el plano intentando comprender. Qué fácil es para los hombres echar balones fuera. Conste que a él le costó tanto hacer la maniobra para salir de aquel culo de saco que bajé para hacerle indicaciones. El tío del otro coche también bajó subiéndose la bragueta y haciendo un gesto como diciendo: 'Coño, os vais o no os vais, que nos habeis cortao el rollo'.
Hansel y Gretel dieron todavía muchas vueltas por el bosque de la madrastra. La madrastra al final tuvo un detalle y mandó un destacamento para que nos rescatara porque andábamos por la cárcel de Soto del Real, donde nos entraron ganas de quedarnos a dormir de la propia desesperación vital.
Cuando llegamos, una hora tarde, Barenboim se había comido casi hasta los platos de los canapés porque cuando uno acaba de dirigir Elektra, está que se come un cochinillo. Eso dicen los melómanos. Yo quiero aprovechar mi columna para romper una lanza a mi favor (para eso es mi columna): si mi santo tiene fama de melómano y le invitan a la cena Barenboim, ¿no será por el halo de operístico que yo le he franqueado desde estos articulillos? Mi santo dice: 'A ver si piensas que te lee todo Dios, bonita' (disfruta humillándome).
Volvamos a Barenboim. Hansel y Gretel tuvieron su premio y comieron perdices con Barenboim. Como teníamos conciencia de cenar con un genio nos quedamos todos un poco cortados -incluso la gran pianista Rosa Torres-Pardo- y estuvimos la mar de sosos. Yo no soy una entendida en nada, ya lo saben, pero Barenboim me cautivó: comía a la pata la llana, sin ceremonias, y era un genio pequeño, como son los grandes genios; llevaba unas zapatillas negras de abuela de pueblo (¿de Armani?) y el pelo extrañamente cortado (me recordó a los cortes de pelo que se autoperpetra mi padre, hay veces que se cansa y se deja media cabeza sin esquilar). Habló de cuando tenía doce años y tocaba en casa de Rubinstein, de cuando era pequeño y pensaba que todo el mundo era pianista porque sus padres lo eran; tenía el aire un poco ausente de quien se ha pasado toda la vida de un lado para otro, pero también el coraje del que decide irse a tocar a Ramala y juntar todos los años a un grupo de músicos palestinos y judíos. Se retiró pronto, al día siguiente había que trabajar.
Hansel y Gretel se montaron de nuevo en el Suzuki y lograron llegar a casa porque habían dejado unas miguitas de pan para marcar el camino. Como tenían que ir buscando las miguitas, iban a 40 por hora. Les dio tiempo a escuchar Elektra. A Hansel. Gretel concretamente se había quedado sopinstant. Tal era su amor a la ópera (de la ópera sólo le ponían los directores, el factor humano).
(Estas cosas yo las contaba siempre para que se riera el sabio Emilio Lorenzo, que esta semana murió. Él siempre me escribía advertencias: '¡Te van a llevar a pleito!'. Era el sordo más alegre que he conocido. En casa se le echará de menos).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002