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ANÁLISIS

Riñas de familia

LOS SONDEOS ENCARGADOS POR EL PP para designar al mejor candidato posible a la alcaldía de Madrid han provocado un rifirrafe entre el actual secretario general del partido, Javier Arenas, y su predecesor en el cargo, Francisco Álvarez-Cascos. La embestida lanzada hace 10 días por el ministro de Fomento contra el empleo de los sondeos como instrumento normativo para auscultar las preferencias de los votantes sobre los aspirantes al cargo municipal prendió la mecha de la polémica mientras el presidente del Gobierno estaba de viaje. Cascos parece hacer suyo el temor a los deslizamientos hacia el mal de los actos humanos mostrado en su día por Thomas de Quincey, defensor de la tesis según la cual el asesinato conduce irremisiblemente a la inobservancia del día del Señor: la selección de los candidatos del PP mediante encuestas llevaría a encargar los programas de gobierno a los gabinetes de estudios y las campañas electorales a las oficinas de imagen.

La sucesión de Aznar como candidato a la presidencia del Gobierno es el telón de fondo de las críticas lanzadas por Cascos contra la utilización de las encuestas para confeccionar listas electorales

La intervención del ministro de Fomento rompió un tabú celosamente respetado por los partidos: la ocultación de las discrepancias internas persigue el objetivo de que la ropa sucia se lave dentro de casa con las ventanas cerradas. El pellizco propinado al secretario general del PP por su predecesor también conculcó la regla de que los bomberos no se pisan la manguera mientras apagan el incendio: la crítica de Cascos insinúa que Arenas está despilfarrando el capital político y organizativo del PP acumulado durante años gracias a sus esfuerzos personales. La orden de cerrar filas dada por el presidente del Gobierno no logró restablecer el silencio trapense que ha reinado hasta ahora en el convento popular. La solemne condena de las familias dentro del partido -'PP sólo hay uno', como las madres- dictada el pasado lunes por Arenas para dar cumplimiento a las instrucciones de Aznar recibió de inmediato un burlón comentario de Cascos, que negó ser el jefe de una facción y reafirmó su apuesta a favor de la participación abierta y competitiva de los militantes -'como ejercicio noble y digno de la política'- en la selección de los candidatos para todas las instituciones, no sólo los ayuntamientos.

Queda claro, así, que esa oscura polémica trasciende el episodio municipal y espeso de Álvarez del Manzano; vencedor por mayoría absoluta en 1991, 1995 y 1999, el alcalde de Madrid ha sido desairado por su partido, que le ha incluido en los sondeos como aspirante en pie de igualdad con Esperanza Aguirre, presidenta del Senado, y de Mercedes de la Merced, teniente de alcalde madrileña, en vez de proclamarle por cuarta vez candidato a las municipales de 2003. El verdadero motivo de la refriega es la designación del candidato del PP a la presidencia del Gobierno en las legislativas del año 2004. Cascos libró la primera batalla de la guerra sucesoria, provocada por la renuncia de Aznar a presentarse de nuevo a las elecciones, con su enmienda sobre limitación temporal de mandatos a las resoluciones del 14º Congreso del PP.

Todo hace suponer que el ex secretario general quiere forzar su participación en un proceso del que ha sido excluido no sólo como aspirante, sino también como muñidor. Cascos recuerda a Arenas que los nuevos militantes, aunque 'recibidos con los brazos abiertos' en el PP, tienen el deber de 'respetar el trabajo' de los veteranos; el ministro de Fomento se siente portavoz -sin mandato expreso- de los dirigentes de la vieja Alianza Popular que hicieron la travesía del desierto durante tiempos difíciles y se ven ahora preteridos por gentes procedentes de UCD como Jaime Mayor Oreja y Javier Arenas. Por lo demás, no es preciso recurrir a la historia de las ideas políticas para explicar el berrinche de Cascos: durante el proceso de formación de los partidos parlamentarios ingleses, el sabio David Hume ya observó cómo las facciones nacidas inicialmente de la animosidad o el afecto personales terminan transformándose a la larga en familias basadas sobre opiniones e intereses materiales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002

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