¿TIENE FUTURO la izquierda? En un momento en que empiezan a aparecer síntomas de que el ciclo virtuoso de la derecha española -siempre a contracorriente del continente- se agota, la izquierda hará bien en no ver el mundo color de rosa antes de que lo sea y en valorar debidamente el fantasma derechista que recorre Europa.
De las peripecias de los socialistas franceses hay muchas lecciones que aprender. La primera de ellas es la importancia del mensaje político. Jospin no gobernó mal, pero no supo comunicar un mensaje que diera sentido a los suyos. En tiempos de mudanza, como los actuales, el mensaje político de la derecha es claro: orden, seguridad, nacionalismo. Son tres temas tradicionales del pensamiento conservador, en los que -sea cierto o no- la derecha tiene reputación de ser más eficiente que la izquierda. En la coyuntura actual, estos temas se resumen en dos: frenazo al proceso europeo y demagogia contra la inmigración. En una cultura política como la actual, cada vez más parecida a la futbolística, en que el que gana tiene siempre razón aunque haya jugado mal, la tentación es el mimetismo: mudar la piel en espera de ser confundido con los ganadores. El resultado de todo ello es, obviamente, catastrófico: la demagogia siempre triunfa. Es absurdo que la izquierda practique seguidismo del discurso del orden, la seguridad y el nacionalismo porque la ciudadanía siempre preferirá el modelo y no la copia. Con lo cual se dejan jirones de credibilidad en el empeño, para nada.
¿Quiero decir con ello que la izquierda no debe preocuparse de la seguridad, de la inmigración y de otras cuestiones que tradicionalmente le han resultado incómodas? Todo lo contrario. Hay que encarar estos temas, sin miedo a la opinión propia. Y diciendo las verdades que la derecha escamotea. Y es sobre estos temas -y otros que la derecha elude- sobre los que la izquierda tiene que construir su mensaje político. El propio, no el de la derecha. Porque cuando la izquierda quiere desbordar a la derecha en ley y orden, los suyos sienten incomodidad y los demás no se lo creen. El que quiere más policía vota a la derecha, el que quiere dureza contra los inmigrantes vota a la derecha, y el que quiere más verborrea patriotera, también, aunque sea de izquierdas. El problema es que, del mismo modo que el mensaje de la derecha todos sabemos cuál es, el de la izquierda en este momento no está claro.
¿Por qué? Por muchas razones. Entre otras porque cada vez es más impreciso quién es su gente, su electorado. Y más en el caso español, en que la añeja cultura de las adhesiones inquebrantables genera un voto conservador muy importante (conservador en el sentido de que opta siempre por el que gobierna). El PSOE estuvo muchos años en el poder, y fue, en buena parte, este voto conservador el que le salvó en 1993 y el que le dio una derrota digna en 1996. Pero ahora una porción significativa de este voto está en el PP porque es el que gobierna (y fue, en cierta medida, este trasvase el que le dio la mayoría absoluta en 2000).
Las bases tradicionales de la izquierda están dispersas. En la medida en que el sistema de intereses se ha fraccionado, forman sectores corporativos que, a menudo, entran en contradicción. No es fácil un mensaje político que reconstruya un bloque mayoritario con estos mimbres; pero, mientras no lo haya, gobernará el PP, aunque el declive haya empezado.
El viaje será más rápido y más largo según el coraje y la lucidez que el PSOE ponga en el empeño. Pero hay un solo arranque posible: cuestionar la ortodoxia. Poner en duda que las cosas sólo se puedan hacer de una manera. El fatalismo beneficia siempre a la derecha, que por algo representa el orden. Dicen que la debilidad de la izquierda es que los principios no le permiten afrontar con eficacia determinados problemas. En mi opinión es al revés: no se atreve a afrontar problemas especialmente sensibles -como la inmigración y la seguridad- para no tener que exhibir los principios (o la ausencia de ellos). Y se equivoca, porque sólo oponiendo respuestas a cada respuesta de la derecha se puede construir un mensaje político susceptible de ser comunicado y entendido por todos. El problema es cuando la capacidad de alternativa se reduce a pequeños matices. Entonces, la gente no ve la diferencia. Y se queda con la derecha. El futuro de la izquierda está en no tener miedo a las cosas. Es decir, en hacer propuestas que den sentido y permitan reagrupar a los suyos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002