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ANÁLISIS

La necesidad de cuidar al advenedizo inversor español

EN ESPAÑA, EL PROCESO del 'capitalismo popular' se ha dado de manera más tardía que en otros países, preferentemente anglosajones, de larga tradición en la inversión bursátil. Las privatizaciones, la brusca caída de los tipos de interés y el excedente de riqueza de buena parte de las familias españolas han movilizado ingentes masas de ahorradores a las bolsas.

Los propios mercados calculan que en torno a ocho millones de ciudadanos españoles tienen interés en lo que pueda ocurrir con las acciones.

Un proceso que se ha producido de forma muy rápida y donde también el inversor español ha acudido con gran celeridad a los mercados internacionales, atraído por un euro que de un plumazo hizo desaparecer el riesgo de tipo de cambio en las inversiones realizadas en el ámbito de la eurozona.

Un comportamiento del inversor español que ha sorprendido a los propios profesionales de los mercados, interesados lógicamente en este acercamiento al riesgo de la renta variable.

Tras las fuertes subidas de las bolsas durante los últimos años de la década de los noventa, ha llegado una dura corrección que, sin embargo, ofrece matices preocupantes que escapan de la mera exageración de los negocios empresariales en época de bonanza.

Este recorte de las bolsas se produce con una crisis de confianza que, de no corregirse a tiempo, puede llevar a que muchos inversores españoles se sientan profundamente defraudados con su aventura bursátil y tarden muchos años en considerar esta opción de inversión. Cierto es que muchos de estos problemas son, por el momento, importados, aunque también hay decepciones propias de nuestra legislación o de nuestros sistemas de vigilancia y supervisión.

El caso Gescartera, que ahora cumple un año desde que saltó a los medios de comunicación, puso en cuestión a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) y, por tanto, la supervisión sobre los intermediarios. La confianza en el intermediario es decisiva para acercarse a los mercados con mínimas garantías.

También han causado un notable malestar entre los inversores los intercambios de grandes paquetes accionariales que se han hecho de espaldas al accionista y donde sólo se han beneficiado los grandes grupos vendedores. Una situación que ha obligado a revisar la actual legislación sobre OPA (ofertas públicas de adquisición de acciones).

Los otros males son más genéricos, y todavía más alarmantes. La dudosa credibilidad de los analistas, que son juez y parte en muchas compañías a las que asesoran y de las que cobran importantes minutas por la colocación de sus títulos en los mercados.

Y, sobre todo, los escándalos de las corporaciones estadounidenses Enron o WorldCom, donde se falsean los datos empresariales -base en la toma de decisiones- con la aquiescencia de los auditores, pueden ser un varapalo muy duro para un inversor como el español, que es un recién llegado a los mercados financieros.

Aspectos muy graves que se han sumado a una crisis de las bolsas que supera las típicas alzas y bajas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002