Jörg Haider es para muchos el caudillo del movimiento populista de ultraderecha que se está forjando en toda Europa. Irradia energía y autoconfianza.
Pregunta. Señor Haider, en Internet hay más de 300.000 referencias a usted, posiblemente más que a cualquier jefe de Gobierno de uno de los países grandes de la Unión Europea. En Austria es el político con mayor presencia en los medios, muy por encima del canciller Wolgang Schüssel. Sin embargo, las referencias son en su inmensa mayoría críticas. ¿Cómo se lo explica?
Respuesta. Quien intenta como yo, desde hace quince años en Austria y veinte en Carinthia, cambiar las condiciones políticas anquilosadas desde una posición de minoría tiene por lógica a la mayoría en contra. Hay que ir creando lentamente conciencia. Y en esta labor he logrado conquistar cada vez más la confianza de los ciudadanos. Es una trayectoria democrática llena de éxito y la única oportunidad de romper un sistema bipartidista paralizante.
'Aznar ha intentado pequeños éxitos parciales en el marasmo de la burocracia y al final ha montado un espectáculo sobre el tema de la inmigración sin encontrar soluciones'
'No creo que Schröder sea precisamente un político rico en ideas. Creo que haría mejor papel como presentador de un programa de entretenimiento en televisión'
'Nosotros queremos una Europa en la que una Constitución garantice y obligue a la participación ciudadana. Todo lo demás es una dictadura burocrática'
'La situación en Oriente Próximo es explosiva. Allí puede comenzar una guerra mundial. Por eso Europa haría bien en no dejarse arrastrar por los estadounidenses'
P. Hay quien atribuye el éxito de Le Pen en Francia al hastío generado por la cohabitación. ¿Ve paralelismos?
R. No se puede comparar el sistema francés con el nuestro porque allí siempre ha habido diferentes alianzas y mayor pluralidad. En Austria había dos partidos dominantes que desde el final de la guerra se han estado repartiendo todo el poder hasta llegar incluso a hacerlo en cuestiones privadas como clubes de automovilistas o asociaciones deportivas. Todas las organizaciones cívicas estaban marcadas por este reparto. Por eso Austria, en su rigidez, no tenía parangón. Nosotros hemos acabado con esa situación y lo hemos hecho con mucho éxito. Hasta gente muy crítica hacia nosotros reconoce que sólo nuestra presencia lo ha hecho posible.
P. Pero en el exterior en todo caso, en Europa, en Estados Unidos, en Israel sigue estando muy extendida la crítica contra usted.
R. Yo no creo que esto se pueda localizar geográficamente. En realidad, lo que hay son ataques de la izquierda contra un político que no tiene ideas de izquierdas. Los hay en Estados Unidos como los hay en Europa, pero también en Norteamérica encontrará usted gente que simpatiza con mis ideas, y en el Congreso cada vez tengo más contactos, y son muchos los miembros de la Cámara de Representantes y del Senado que coinciden ampliamente con mi política. Y también en Europa. Es más, en toda la Unión Europea se están aplicando ideas en la política de la inmigración y asilo que hace años yo lancé.
P. De todas formas, tiene muchos imitadores si vemos los casos de Francia, Holanda, Dinamarca, Italia.
R. Pero el único que es realmente convincente es siempre el original. Lo cierto es que yo lancé unas ideas para afrontar los problemas a los que se enfrentaba Austria sin pretender tener soluciones para otros países, pero es un hecho que esos países tienen problemas muy similares a los nuestros.
P. Alguna vez ha hablado de crear un movimiento europeo de partidos afines a sus ideas.
R. Europa necesita una inyección de democracia. Hoy día es un proyecto socialista fuertemente burocrático y poco democrático en el que falta toda cercanía a los ciudadanos. Para ello es necesario un esfuerzo constante de implicar a los ciudadanos en la toma de decisiones. Esto se siente en todas partes, y de ahí el éxito de la derecha y el centro-derecha. La izquierda ha olvidado cómo se practica la democracia. Creyó que utilizando el Estado de bienestar podía mantener a la población sin dejarla participar. Nosotros queremos una Europa en la que una Constitución garantice y obligue a la participación ciudadana. Todo lo demás es una dictadura burocrática.
P. ¿Qué papel juegan en esa Europa ciudadana los inmigrantes? Usted ha hablado de expulsarlos. Ha dicho que los negros no saben hacer nada, que a los polacos se les ha olvidado cómo se trabaja, y ha calificado a los inmigrantes, en general, como una plaga.
R. Mire, yo entretanto soy un softie (un blando) en comparación con lo que dicen muchos otros ya. Lea lo que declaran gentes como Schröder o Stoiber . Mis declaraciones al respecto no son más duras, cuando Schröder dice que 'para quienes llegan aquí y no quieren trabajar sólo hay una solución: fuera y rápido'. Es muy curioso que a los políticos de izquierdas se les permita todo, y las declaraciones de quienes no son de izquierdas se miren con lupa. Lo que sé es que he sido yo el que planteó los problemas reales en el momento correcto y con las soluciones adecuadas. Después han sido los demás políticos que tanto me criticaron los que, a la vista de mi éxito, han adoptado exactamente esas políticas. Lo mismo ha sucedido con la política de ampliación de la Unión Europea. Hace más de cinco años que dije que era inaceptable que la ampliación trajera consigo una inmediata apertura de las fronteras para la movilidad de los trabajadores, y todos me atacaron. Bueno, pues ahora es uno de esos que más me atacaron, el canciller alemán, el que se atribuye la brillante idea de que tiene que haber periodos transitorios para la movilidad. Nosotros no podemos aceptar una entrada masiva de mano de obra barata del Este que quite el trabajo a los trabajadores austriacos.
Eso es lo que pasa. Políticos que carecen de toda idea, visión y perspectiva, sin capacidad intelectual alguna, tienen que dedicarse a copiar ideas ajenas, eso sí, sin renunciar antes a atacar y difamar por esas ideas al adversario político.
P. ¿Le niega a Schröder toda capacidad intelectual?
R. Por supuesto. No creo que sea precisamente un político rico en ideas. Creo que haría mejor papel como presentador de un programa de entretenimiento en televisión.
P. Volvamos a la ampliación. Usted ha amenazado con bloquearla.
R. No he dicho que la bloquearemos en todo caso. Pero sí, si no se cumplen ciertas condiciones. Por un lado, los plazos transitorios para la liberalización del mercado de trabajo. Pero también la cuestión de las aportaciones netas. No aceptaremos en ningún caso una ampliación que suponga un aumento de la aportación austriaca. Después está la agricultura. La pretensión de que los nuevos miembros reciban las subvenciones directas que ahora existen resulta imposible de financiar. Yo soy un político elegido por los austriacos, y son los intereses de los ciudadanos austriacos los que tengo que defender, no los de los polacos o checos.
P. ¿Cree que se cumplirán los plazos para la ampliación?
R. No, creo que aquí se han hecho planes excesivamente ambiciosos. Estoy de acuerdo con el ex canciller Helmut Schmidt, que dijo que de los problemas habidos con la reunificación alemana debíamos aprender de cara a la ampliación, y no cometer los mismos errores. Había que haber hecho lo que inicialmente estaba previsto, que cada candidato individualmente fuera el que determinase, al cumplir todas las condiciones, cuándo ingresaría. Y, por tanto, en diferentes momentos. En todo caso, estoy prácticamente convencido de que se pospondrá.
P. ¿Qué opina respecto de la presidencia española?
R. Como todas las presidencias, ha intentado pequeños éxitos parciales en el marasmo de la burocracia y al final ha montado un espectáculo sobre el tema de la inmigración sin encontrar soluciones. Todos han dicho al final que esperaban más, desde Schröder hasta Aznar, pasando por Blair. Y Chirac ha dicho que quería medidas más contundentes. Y yo me pregunto: ¿por qué no las han tomado? Son los hombres más poderosos de Europa quienes ahora gimotean porque no han tenido el valor de tomar decisiones concretas.
Éste es un fenómeno que explica por qué los partidos tradicionales en Europa están perdiendo peso y apoyo, y es porque la gente pierde la confianza en la seriedad.
P. ¿Qué más medidas esperaba?
R. En realidad, allí no se han tomado medidas más allá de decirse que se aplicarán más consecuentemente en las expulsiones y con más dureza en la cuestión del asilo. Habría que haber acordado todo un paquete de medidas para decidir, por ejemplo, cuáles son las ayudas sociales que Europa está dispuesta a asumir para estos inmigrantes que llegan, en qué medida es asumible que los procedimientos de asilo se prolonguen años, en qué medida tienen derecho a ello. Son unos gastos enormes los que surgen en procesos complicadísimos que se prolongan indefinidamente, y después los solicitantes ya no están localizables y son ilegales. Es también un enorme riesgo para la seguridad. Y la protección de las fronteras no funciona. Para todo esto no se han dado respuestas. Lo único positivo es que al menos ya han asumido la inmigración como cuestión prioritaria. Eso es un avance.
P. Una de las cuestiones por las que también amenaza con bloquear la ampliación es la negativa de la República Checa a abolir los decretos de Benes, por los que millones de alemanes fueron deportados y expropiados después de la II Guerra Mundial. ¿No hay una contradicción entre esta postura y su permanente exigencia de que hay que cerrar definitivamente el capítulo de la historia del nazismo y las compensaciones a sus víctimas?
R. En absoluto. Queremos compensaciones. Como las hemos dado. Desde que mi partido llegó al Gobierno, hemos encontrado una solución para pagar compensaciones a los trabajadores forzosos [bajo el nazismo]. Ningún Gobierno socialista había tenido el valor de hacerlo. Por eso tenemos derecho a decirles a los checos: 'Queridos vecinos, también vosotros tenéis que limpiar vuestro pasado'. Nosotros nos hemos esforzado compensando a los trabajadores forzosos y a los judíos que tuvieron que emigrar. También en Carinthia hemos llegado a acuerdos con la comunidad judía.
Pero los vecinos [checos] no están dispuestos a hacerlo, y creen que incluso despreciando los derechos humanos y todos los valores europeos van a conseguir colarse en esta comunidad. Y esto no va a ser así. No se puede estar exigiendo siempre a los demás y no hacer nada a cambio.
P. Habla de buenas relaciones con la comunidad judía, pero usted ha utilizado sistemáticamente alusiones a judíos en sus discursos y declaraciones que son consideradas claramente antisemitas, y hace unos días salió en defensa del miembro del partido liberal alemán (FDP) y antes presidente de la sociedad germano-árabe Hans Jürgen Möllemann, que mostró comprensión hacia los atentados terroristas en Israel.
R. A mí me atribuyen muchas frases. En cuanto a Möllemann, yo no apoyé las declaraciones que hizo, sino que le dije que no se cayera de rodillas en cuanto le viniera el viento de cara. Todo político pasa por situaciones en las que se ve atacado y en las que debe defender su opinión y no caer de rodillas, asustarse y desdecirse. Eso fue un error. Él en sus declaraciones estuvo poco hábil. Porque no hay culpa colectiva, como siempre han defendido los alemanes. Si no hay culpa colectiva para los alemanes, tampoco la hay para los judíos. Hay judíos buenos y malos, alemanes buenos y malos.
P. Möllemann hablaba de Oriente Próximo. ¿Cómo ve la situación?
R. Explosiva. Allí puede comenzar una guerra mundial. Por eso Europa haría bien en hacer una política independiente hacia Oriente Próximo, y no dejarse arrastrar por los norteamericanos. No somos el apéndice de Estados Unidos. Y los norteamericanos no están legitimados por los acontecimientos del 11 de septiembre para decidir en el mundo quién es bueno y quién malo. Todos nos solidarizamos con ellos por lo acaecido entonces. Y estamos decididos a luchar juntos contra el terrorismo. Pero juntos. No tenemos por qué acatar ni aprobar sanciones y acciones unilaterales de los estadounidenses.
P. Con uno de los malos tiene usted una estrecha relación. Sus viajes a Irak y sus contactos con Sadam Hussein han sido materia de escándalo. ¿No se siente un poco incómodo en compañía de alguien que ya ha utilizado las armas químicas contra su propia población?
R. En absoluto. Entre otras cosas porque el jefe de Estado de Irán, otro de los malos, un malísimo para Estados Unidos, acaba de estar en visita de Estado en Viena y ha sido besado por el presidente de la república de Austria. Además, en Oriente Próximo no hay democracias, salvo que se quiera considerar como tal a Israel, que en todo caso está en estado de excepción. Sólo hay dictaduras y monarquías autoritarias. Por lo demás, Irak produjo y acumuló la mayoría de sus armas cuando era el gran amigo de Estados Unidos en la región.
P. Su éxito político sorprendió y asustó en Europa y en el mundo, también porque fueron muchos los votos de feudos tradicionales de izquierdas los que le ayudaron a tenerlo, pese a su imagen ultraderechista, antisemita y para muchos incluso filonazi. Ahora ese fenómeno se ha producido también en otros países. ¿Cómo lo explica?
R. Primero, no soy ultraderechista; segundo, no soy nazi, sino un político que impone reformas con medios democráticos y que lleva 25 años activo en parlamentos democráticos y gobierno mi estado de forma democrática. Nadie podrá demostrar ni una sola acción mía antidemocrática. Por el contrario, creo que he ayudado a generar posibilidades democráticas con reformas que aumentan la participación ciudadana y la democracia directa. Yo no estoy ni en la derecha ni en la izquierda, yo estoy al frente. Yo marco los temas que los demás asumen después.
La clase trabajadora de la que procede gran parte de mi electorado nunca fue de izquierdas en el sentido histórico. La clase trabajadora austriaca era fundamentalmente conservadora, partidaria de la ley y el orden, una política positiva de familia y de una seguridad social sólida. Nunca fue partidaria de experimentos izquierdistas como en el caso de la inmigración o los artistas subvencionados, derrochando dinero público. Cuando la socialdemocracia con Bruno Kreisky contaba con la mayoría absoluta, la clase trabajadora no votaba una política de izquierdas. Kreisky no era de izquierdas, y en muchas cosas hacía política de derechas. También en su política exterior.
P. A la alarma que produjo su éxito contribuyeron mucho frases en defensa del oficial de las SS Walter Reder (responsable de la muerte de decenas de civiles en Italia) y su calificación como gentes decentes que defendían a la patria en referencia a las SS. ¿Cómo definiría usted a los participantes en el fallido atentado del 20 de julio [en 1944, contra Hitler, que supuso la ejecución de la mayoría de los implicados]?
R. Hablé de las WaffenSS, dejémoslo claro, porque en EL PAÍS seguro que después manipulan mis palabras. Lo que dije fue lo mismo que dijo Adenauer en el Parlamento alemán en su día. No se puede difamar a todo un cuerpo con acusaciones generalizadas. Sobre esto no ha habido nunca una discusión. Lo que sucede es que siempre se intenta hacer algo con lo que digo. Si digo buenos días, sale alguien diciendo que es una expresión de mi relación fascista con Dios. Respecto a los implicados del 20 de julio, fueron unas personas que en determinado momento tuvieron cierto valor y arriesgaron su vida.
P. ¿Usted no los calificaría de héroes?
R. Ya le he dicho que fueron gente que en determinado momento tuvieron cierto valor y arriesgaron su vida.
El hombre que no duda
LLEGA MÁS DE UNA HORA TARDE a la entrevista, pero, eso sí, lleno de dinamismo. Vestido con una chaqueta blanca de lino sin solapas y un niqui negro debajo, muy moreno y con el pelo más corto de lo habitual, cruza el vestíbulo de un hotel vienés con paso rápido y decidido, respondiendo con sonrisas a muchas miradas de sorpresa y a alguna genuflexión admirada. Con él, dos hombres de su confianza. Podrían ser unos yuppies de la provincia austriaca o tigres vieneses en los negocios nocturnos. Ágiles, en permanente alerta, asiduos del gimnasio, sanos, aguerridos. El encargo de bebidas al camarero parece confirmarlo. Los escuderos piden té frío; él, nada menos que un Red Bull, una de esas bebidas que, según la publicidad, le pone a uno hecho un toro. Nos hallamos ante un hombre sin dudas. Goza del poder y se le nota el hambre por más de lo mismo. En 1990 dijo que su partido era 'el producto antiparasitario' que necesitaba Austria porque aún 'nos gobiernan los pieles rojas y los negros [en alusión a socialdemócratas y conservadores], no como en otras partes donde los tienen en reservas'. Hoy gobierna su partido con 'los negros'. La participación en el Gobierno de Viena del partido de este hombre causó estupor en toda Europa. La UE impuso sanciones a Austria que sólo generaron resentimiento entre la población y que Haider intentará capitalizar ante las elecciones generales del año próximo. La ampliación de la UE con la apertura de las fronteras del Este y la inmigración son sus grandes bazas. Este maestro en la generación de aversiones y miedos intenta adoptar en la entrevista un aire de estadista, pero se irrita manifiestamente cuando se le mencionan frases suyas en defensa de criminales de guerra, sus asistencias y arengas en las citas anuales de los veteranos de las SS -'esta gente decente que tiene carácter y que, incluso con el viento más virulento en contra, defiende sus convicciones y sigue hasta hoy fiel a ellas'-. La entrevista concluyó después de la pregunta por su opinión sobre la resistencia a Hitler. Y antes de que se le pudiera preguntar sobre lo que se siente cuando se sabe que las propiedades forestales que lo convierten a uno en millonario son tierras expropiadas a sus legítimos propietarios judíos y vendidas después a arios a bajo coste, en su caso a un tío suyo. Este hombre joven inteligente no es un nostálgico nazi ni un neonazi de iconografía y botella de cerveza. Es un animal político que ha puesto patas arriba el anquilosado escenario político austriaco de la posguerra y que se apresta, con todos los métodos a su disposición y sin reparar en las consecuencias, a generar el clima entre la población que sea favorable a sus tesis con el fin último de lograr su ambición, que no es otra que la cancillería federal. Se fue a Carinthia ante la alarma generada por su éxito, pero cabe poca duda de que volverá. Si lo hiciera con su objetivo cumplido, quienes hoy quieren que fracase tendrán razones para el miedo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002