Portland, Maine, hacia las 5.00. El ruido de pequeños aviones acompaña el último despertar de Mohamed Atta en un hotel, a 160 kilómetros al norte de Boston, 450 kilómetros al norte de Nueva York. Desde las cinco de la madrugada ronronean los Cessna y los Piper alrededor de las dos pistas del aeropuerto de Portland.
La habitación de no fumadores de Atta en el motel Comfort Inn está decorada con mobiliario de estilo seudoandaluz: cómodas oscuras y opulentas mesitas de noche, camas con las patas labradas con esmero, sillones y mantas de colores estivales.
En dirección a la puerta están, a mano derecha, el retrete y la bañera, y a mano izquierda, un cuarto pequeño con el lavabo, iluminado por una lámpara de neón.
'11 de septiembre. Historia de un ataque terrorista'
Equipo 'Der Spiegel'. Galaxia-Gutenberg.
Yarrah vivía de lleno la vida occidental, y la disfrutaba. Siguió viviendo esta vida hasta el final, demasiado intensamente como para ser mero disimulo. El aparato que pilotaba no alcanzó el objetivo
El control de sus emociones, junto con su inteligencia, fue lo que llamó la atención de los inductores de los atentados. Atta sabía obedecer y también mandar. Era justo el hombre que necesitaban
Atta y Umari tienen una cita con Dios. Desde hace años. La instrucción ha sido dura y rigurosa. Ha llegado la hora. Es martes, 11 de septiembre. Demasiado tarde para detenerlos. Dentro de unos minutos abordarán el avión asesino
No salgas de la habitación sin haberte lavado y estar limpio, porque los ángeles te perdonarán si estás limpio.
Eso dice la guía del guerrero suicida que más tarde encontrarán en la bolsa de viaje de Atta.
Si Atta sigue las normas de la guía, esta mañana se afeitará y se echará agua en la cara, se aseará por última vez.
A las 5.33 entrega en la recepción la tarjeta que abre su habitación. A su lado está Abdelasis al Umari, con quien ha compartido la habitación. No desayunan. Fuera les espera un Nissan Altamira azul, con matrícula de Massachusetts 3335-VI, alquilado en Alamo Rental de Boston.
A las 5.43, Atta y Umari, en la planta subterránea de la terminal, sacan la tarjeta de embarque para el vuelo US 5930, realizado por Colgan Air para US Airways, con destino a Boston.
A las 5.45 pasan, una planta más arriba, por el control de seguridad. La radiografía de sus bolsas no inquieta a nadie.
Portland, Maine, 6.00
Tras esperar 14 minutos ante la puerta de embarque 11, Atta y Umari suben a bordo del Beech 1900, un aparato de hélices de 19 plazas, con destino a Boston, Massachusetts.
A las 6.04, con ligero retraso, el aparato despega y penetra en el crepúsculo sobre la Casco Bay, ante la costa de Portland. Atta y Umari están sentados codo a codo, rodeados de viajeros que acuden a su trabajo y no sospechan nada. A las 6.17, las playas empiezan a resplandecer. Es un día claro, de cielo despejado, cálido y tranquilo.
Abre tu corazón, da la bienvenida a la muerte en nombre de Dios.
El día anterior, ya bien entrada la tarde, se habían dirigido a Maine. Antes habían alquilado el coche en el aeropuerto de Boston.
Dos horas duró el viaje por la Interstate 95 con sus tres o cuatro carriles por banda, a través de Massachusetts, New Hampshire, hasta internarse en el sur de Maine. Cruzaron el puente de Piscataqua más o menos a mitad de camino y llegaron a Portland Sur poco después de las cinco. Atta y Umari se registraron en el Comfort Inn, 90 Maine Mall Road, a las 17.43. Dado que a la mañana siguiente querían partir muy temprano, pagaron por adelantado los 149 dólares de la habitación, y entonces comenzó su última noche.
La pasaron como si tuvieran una larga vida por delante y mucho tiempo que perder. Circularon en coche por las calles principales. Entre las ocho y las nueve fueron vistos en el Pizza Hut del 415 Maine Mall Road. Comida rápida, ésa fue su última cena.
A las 20.31, la cámara del cajero automático de Fast Green en el aparcamiento del Uno's Chicago Bar & Grill los grabó. Umari aparece en primer plano, hace muecas, pone cara de perplejidad simulada, después se ríe a sus anchas. Se lo pasa bomba.
Atta está detrás, un hombre menudo de cara plana, siempre con expresión aburrida, agrisado en las imágenes de vídeo.
En el Wall-Mart de Scarborough, al sur de Portland, 451 Payne Road, Atta hizo su última compra entre las 21.22 y las 21.39. Las grabaciones lo muestran al entrar y al salir por las puertas de vidrio del supermercado, vestido con un polo blanco y negro; al salir lleva una bolsa de plástico en la mano.
A partir de entonces esa noche ya no los capta ninguna cámara de seguridad más, ningún testigo los ve. Vuelven al Comfort Inn a una hora indeterminada.
La noche antes de cometer tu acción, aféitate el vello de tu cuerpo, perfuma y lava tu cuerpo. Recita los versos del perdón. Recuerda que esa noche has de escuchar y ser obediente, pues habrás de enfrentarte a una situación muy seria. Levántate de noche y reza por la victoria, pues entonces Dios te allanará el camino y te protegerá.
A las cinco amanece. Ha llegado el 11 de septiembre.
El avión de hélices tarda 50 minutos en llegar a Boston; el vuelo avanza sin contratiempos. Atta y Umari podrían ser turistas, viajantes de comercio, funcionarios de deportes. Su disfraz es bueno. Utilizan desde hace años las caretas de los adaptados, de los musulmanes seglares. Atta lleva una camisa de manga corta azul chillón, la de Umari es beis, sus macutos son de tamaño medio, sus cabellos no excesivamente cortos, no llevan barba ni adornos.
Tan pronto subas al avión y ocupes tu asiento, recuerda lo que se te ha dicho anteriormente. Dios dice que cuando estés rodeado de algunos infieles has de permanecer callado en tu asiento y recordar que Dios te allanará la victoria en la tierra.
Atta y Umari tienen una cita con Dios. Desde hace años. La instrucción ha sido dura y rigurosa. Ha llegado la hora. Es martes, 11 de septiembre. Demasiado tarde para detenerlos. Dentro de unos minutos abordarán el avión asesino.
Newark, Nueva Jersey,
Quince meses antes de que Atta estrelle el Boeing contra la Torre Norte del World Trade Center, pisa por primera vez EE UU un sábado cálido y soleado, en el aeropuerto de Newark, Nueva Jersey. Atta, de 33 años, es egipcio, hijo de un abogado de El Cairo, quien lo ha educado en el odio a los judíos. El FBI sospecha que antes de entrar en EE UU ha estado durante un día en Praga. Dicen que allí se encontró con un agente iraquí.
3 de junio de 2000
Marwan al Shehhi, el presunto piloto del aparato que se precipitará contra la Torre Sur, llegó a EE UU el 29 de mayo de 2000 en un vuelo de Sabena desde los Emiratos Árabes Unidos, con escala en Bélgica. Igual que Atta, aterriza en Newark. Igual que Atta, tiene un visado de estudiante HM1, que le permite acudir a una escuela de pilotos. Shehhi, de 23 años, nacido en los Emiratos Árabes Unidos, hijo de un imam, fue a los 18 años con una beca militar a Alemania, donde aprendió alemán en el Instituto Goethe de Bonn, asistió a un curso universitario y posteriormente se trasladó a Hamburgo.
El 27 de junio llega también Ziad Yarrah -el presunto piloto del avión que se estrellará contra el suelo en Pensilvania- a Atlanta. Yarrah, de 27, es libanés, un hijo de papá que prefiere aplicarse a la bebida antes que al estudio.
Los tres se conocieron en Hamburgo. Allí estudiaron alemán, ingeniería electrónica, urbanismo y construcción aeronáutica. Allí se convirtieron en musulmanes fanáticos. Allí maduraron el plan de colaborar en una empresa nunca vista en el mundo.
Una vez realizado el trabajo, y si todo ha ido bien, todos se frotarán las manos y dirán que ha sido una acción cometida en nombre de Dios.
Antes de viajar a EE UU, los tres denunciaron la pérdida de sus pasaportes en Alemania. Así consiguieron borrar las sospechosas estancias en 'países gamberros', y esto les conviene, pues ninguno de los tres se desplaza a EE UU para soñar el sueño americano.
Mohamed Atta era políglota, buen organizador, racional y autosuficiente, odiaba la cultura occidental y tenía una gran resistencia psíquica y física.
Y precisamente esto, el perfecto control de las emociones, junto con la inteligencia de Atta, fue lo que llamó la atención de los inductores de los atentados. Sabía obedecer y también mandar. Era justo el hombre que necesitaban para la empresa del 11 de septiembre.
Atta nació en Kafr al Shaij, en el Delta del Nilo, pero su familia se mudó pronto a El Cairo; su padre era abogado. El hijo era un alumno excelente con pocas amistades; vivía austeramente, era perfeccionista y empollón.
Atta se matriculó después en la Universidad de El Cairo, donde obtuvo el título de aparejador, y en 1992 se trasladó a Hamburgo. Le apasionaban las ciudades. Quería proteger la cultura egipcia, y pensaba que los bloques altos al estilo norteamericano destruyen su país; odiaba todo lo occidental, que en su opinión se imponía sobre su patria.
Yarrah era veleidoso, un hombre que en todas partes buscaba el aplauso. Creció en Beirut, era mal alumno y un asiduo de las fiestas. Le gustaban los coches veloces, y más aún le gustaban las chicas que se subían con él a los coches veloces. Quería ser piloto, pero su padre lo envió a Alemania, donde debía estudiar primero algo serio.
El terrorista Yarrah vivía de lleno la vida occidental, y la disfrutaba. Siguió viviendo esta vida hasta el final, demasiado intensamente como para ser mero disimulo. Y el terrorista era un joven amable. Cuando el marido de su casera en Hamburgo yacía moribundo, Ziad estuvo sosteniéndole la mano.
En los meses siguientes llamará por teléfono casi todos los días a su novia turca Aysel, que vive en Bochum, Alemania. Quiere que tengan un hijo. Pide a Aysel que vaya a ver a su familia en Líbano, para que su padre dé el visto bueno a la boda. Y en Florida se compra un deportivo de color rojo.
Es típico de Yarrah que precisamente el aparato que él pilotaba no alcanzara el objetivo.
Marwan al Shehhi, el tercer miembro de la célula terrorista de Hamburgo, era el ayudante, el perfecto hombre de trastienda. Era muy religioso y muy cerrado, muy ordenado y muy inteligente. Tan sólo en los últimos años se mostró más abierto, hablador, animoso; ahora Shehhi sería el bufón de la corte del reyezuelo Atta.
Shehhi procede de Ras al Jaima, el más septentrional de los Emiratos Árabes, y seguramente fue una especie de hijo desheredado, interiormente desgarrado, apátrida.
Una vez que Atta, Yarrah y Shehhi han llegado a Estados Unidos se ponen en contacto con Hani Hanyur, el presunto piloto del aparato que se estrellará contra el Pentágono. Este hombre, de 27 años, procede de Arabia Saudí y ya había estado en 1991 por primera vez en EE UU.
Quince meses antes del ataque a Estados Unidos, los principales miembros de los cuatro comandos terroristas han llegado al país, los cuatro pilotos y cabecillas. Atta, Yarrah y Shehhi permanecen en la costa este, en Miami. Hanyur merodea durante el año siguiente, sobre todo en el oeste del país, en California y Arizona. La misión que tienen que cumplir en los próximos meses es aprender a manejar un avión.
Venice, Florida,
Atta y Shehhi aparcan el coche sobre el césped de la escuela de pilotos Huffman International.
agosto-diciembre de 2000
En Florida hay cientos de aeroescuelas como ésta, casi todas frecuentadas por hombres y mujeres de Europa, África, Asia, Suramérica y Centroamérica que quieren aprender a pilotar un avión.
La formación de un piloto de aviación comercial cuesta unos 10.000 euros, dura unos cuatro meses y promete a muchos alumnos un buen puesto de trabajo en su país de origen. Una vez aprobado el examen, los alumnos han estado alrededor de 250 horas al mando de un avión, y son capaces de pilotar un Airbus o un Boeing.
Atta y Shehhi inician su formación en un Cessna 152, un monomotor de hélice. El Cessna 152 es un avión amable: perdona casi todos los errores, y se necesita una buena dosis de ineptitud para tener problemas con él.
Atta aprende. Aprende a manipular el interruptor principal, accionar el arranque, acelerar, tirar de la palanca a los 250 metros y subir con el aparato al aire. Aprende a virar a la izquierda, a la derecha, a descender suavemente y a aterrizar. Atta descifra la maraña de señales de los mapas de vuelo, se ejercita en la navegación, aprende cómo debe conversar correctamente un piloto con los controladores aéreos, cómo debe anunciarse y despedirse; aprende a interpretar la previsión meteorológica, y todo esto no se le da mal.
A medida que avanza el curso, Atta cambia el Cessna por un Piper Warrior, y luego éste por un bimotor. Al igual que los demás alumnos, Atta aprende por su cuenta la teoría aeronáutica.
En octubre, Atta y Shehhi cambian durante tres semanas al Jones Aviation Flying Service de Sarasota, Florida. Aquí también caen mal: según el instructor Tom Hammersley, 'Atta era un sabelotodo'. Vuelven a Huffman. Cuatro meses después consiguen su título de pilotos. Mientras tanto, y también en Venice, Yarrah ha aprendido a volar.
Arne Kruithof, el propietario del Florida Flight Training Center, siente aprecio por Yarrah. Kruithof se habría dejado llevar en avión por Yarrah sin titubear. Yarrah siempre es puntual, casi siempre está de buen humor, ayuda a los demás cuando tienen problemas; si están deprimidos, les infunde ánimos.
Hani Hanyur, el presunto piloto del aparato que se estrelló contra el Pentágono, tiene más dificultades para aprender a volar.
Hanyur vive durante su formación de piloto en Scottsdale, Arizona, donde acude al CRM Airline-Training-Center.
Hanyur tiene problemas con todo: con los despegues, con los aterrizajes, con los virajes. Se pone nervioso y no se concentra. Tras tres meses de clases intensivas no posee siquiera la licencia de piloto privado. Hanyur aprueba por fin el examen de piloto de transporte después de muchas horas de vuelo y con mucha suerte.
Una semana después de obtener su licencia de piloto, Atta y Shehhi alquilan en el norte de Miami, en Opa-Locka, un simulador del Boeing 727 durante seis horas. Se entrenan sobre todo en los virajes. Los despegues y aterrizajes apenas les interesan.
Así pues, tres trimestres antes del atentado los terroristas han cumplido la primera tarea. Están en condiciones de pilotar los aparatos, y hasta el momento del atentado alquilarán continuamente aviones en Florida, Georgia y Maryland para mantenerse entrenados.
Entonces empieza la siguiente fase de la empresa Ataque a América: la preparación del secuestro, la discreta espera del día X.
La financiación del medio millón de euros que cuesta la aventura está asegurada: el dinero llega, como han descubierto el FBI y la CIA, por mensajero y transferencia sobre todo de los Emiratos Árabes Unidos, pero también de países como Bahrein; y llega en pequeñas cantidades, para no levantar sospechas.
Para la organización de su vida cotidiana los jefes pueden recurrir a sus 'logísticos', como los llama el FBI, que se ocupan de viviendas, ropa, manutención. Son dos hombres que quisieron ser pilotos, pero que fracasaron: Chalid al Midhar y Nawaf al Hamsi.
Los dos logísticos se alojan en San Diego, California.
Una vez concluida con éxito la formación de los cuatro pilotos asesinos, los logísticos Midhar y Hamsi han de preparar la llegada de los demás terroristas. El FBI ha dividido el grupo en tres categorías: los 'pilotos', es decir, Atta, Shehhi, Hanyur y Yarrah; los 'logísticos', como Midhar y Hamsi, y finalmente los 'combatientes', hombres sin preparación especial, pero dispuestos a matar a cuantos tripulantes y pasajeros sea necesario.
¿Tenían que conocer todos estos hombres la totalidad del plan suicida? No. Desde el punto de vista de los cabecillas parecería incluso más razonable que los combatientes a bordo creyeran que se trataba de un secuestro normal.
Todavía no se sabe quién reclutó a los hombres, ni si los viajes de los dos pilotos Atta y Shehhi, entre otros lugares a Madrid y Ámsterdam, sirvieron para buscar personalmente hombres curtidos en la lucha y dispuestos a matar, o si éstos fueron facilitados por enlaces de Al Qaeda. Lo que sí es seguro es que los combatientes llegaron entre marzo y junio de 2001. En pequeños grupos, procedentes de Dubai.
De los 19 autores del atentado, 15 proceden de Arabia Saudí, en su mayoría miembros de familias acomodadas.
Proceden del reino conservador que custodia los santos lugares del islam y es al mismo tiempo la gasolinera occidental.
Florida, primavera
y verano de 2001
Organizar la logística para 19 hombres que no tienen aspecto de norteamericanos medios, que no se comportan como norteamericanos, pero que no deben llamar la atención, es una tarea difícil. Han de dormir, desayunar, necesitan calcetines limpios, permisos de conducir, curarse la diarrea y rezar cinco veces al día. No deben saltarse ningún semáforo en rojo, contraer apendicitis ni verse implicados en una reyerta.
Su balance en la primavera de 2001 es loable: Atta y Shehhi han organizado la tropa perfectamente. 19 terroristas que se aprestan a organizar el mayor ataque contra la superpotencia mundial permanecen invisibles para la CIA, el FBI y la policía. Casi invisibles.
Entre el 26 de agosto y el 5 de septiembre los terroristas reservan y compran sus pasajes al más allá. Han seleccionado los vuelos calculando fríamente: salen temprano, entre las 7.59 y las 8.14, de Boston, Newark y Washington. Los aparatos son Boeing 757 o 767, con cabinas de mando prácticamente idénticas, cosa que facilitó enormemente los preparativos. Son vuelos con destino a la costa oeste, y por tanto llevan los depósitos de queroseno llenos y garantizan la máxima potencia explosiva.
Portland, Maine, hacia las 5.00. El ruido de pequeños aviones acompaña el último despertar de Mohamed Atta en un hotel, a 160 kilómetros al norte de Boston, 450 kilómetros al norte de Nueva York. Desde las cinco de la madrugada ronronean los Cessna y los Piper alrededor de las dos pistas del aeropuerto de Portland.
La habitación de no fumadores de Atta en el motel Comfort Inn está decorada con mobiliario de estilo seudoandaluz: cómodas oscuras y opulentas mesitas de noche, camas con las patas labradas con esmero, sillones y mantas de colores estivales.
En dirección a la puerta están, a mano derecha, el retrete y la bañera, y a mano izquierda, un cuarto pequeño con el lavabo, iluminado por una lámpara de neón.
No salgas de la habitación sin haberte lavado y estar limpio, porque los ángeles te perdonarán si estás limpio.
Eso dice la guía del guerrero suicida que más tarde encontrarán en la bolsa de viaje de Atta.
Si Atta sigue las normas de la guía, esta mañana se afeitará y se echará agua en la cara, se aseará por última vez.
A las 5.33 entrega en la recepción la tarjeta que abre su habitación. A su lado está Abdelasis al Umari, con quien ha compartido la habitación. No desayunan. Fuera les espera un Nissan Altamira azul, con matrícula de Massachusetts 3335-VI, alquilado en Alamo Rental de Boston.
A las 5.43, Atta y Umari, en la planta subterránea de la terminal, sacan la tarjeta de embarque para el vuelo US 5930, realizado por Colgan Air para US Airways, con destino a Boston.
A las 5.45 pasan, una planta más arriba, por el control de seguridad. La radiografía de sus bolsas no inquieta a nadie.
Portland, Maine, 6.00
Tras esperar 14 minutos ante la puerta de embarque 11, Atta y Umari suben a bordo del Beech 1900, un aparato de hélices de 19 plazas, con destino a Boston, Massachusetts.
A las 6.04, con ligero retraso, el aparato despega y penetra en el crepúsculo sobre la Casco Bay, ante la costa de Portland. Atta y Umari están sentados codo a codo, rodeados de viajeros que acuden a su trabajo y no sospechan nada. A las 6.17, las playas empiezan a resplandecer. Es un día claro, de cielo despejado, cálido y tranquilo.
Abre tu corazón, da la bienvenida a la muerte en nombre de Dios.
El día anterior, ya bien entrada la tarde, se habían dirigido a Maine. Antes habían alquilado el coche en el aeropuerto de Boston.
Dos horas duró el viaje por la Interstate 95 con sus tres o cuatro carriles por banda, a través de Massachusetts, New Hampshire, hasta internarse en el sur de Maine. Cruzaron el puente de Piscataqua más o menos a mitad de camino y llegaron a Portland Sur poco después de las cinco. Atta y Umari se registraron en el Comfort Inn, 90 Maine Mall Road, a las 17.43. Dado que a la mañana siguiente querían partir muy temprano, pagaron por adelantado los 149 dólares de la habitación, y entonces comenzó su última noche.
La pasaron como si tuvieran una larga vida por delante y mucho tiempo que perder. Circularon en coche por las calles principales. Entre las ocho y las nueve fueron vistos en el Pizza Hut del 415 Maine Mall Road. Comida rápida, ésa fue su última cena.
A las 20.31, la cámara del cajero automático de Fast Green en el aparcamiento del Uno's Chicago Bar & Grill los grabó. Umari aparece en primer plano, hace muecas, pone cara de perplejidad simulada, después se ríe a sus anchas. Se lo pasa bomba.
Atta está detrás, un hombre menudo de cara plana, siempre con expresión aburrida, agrisado en las imágenes de vídeo.
En el Wall-Mart de Scarborough, al sur de Portland, 451 Payne Road, Atta hizo su última compra entre las 21.22 y las 21.39. Las grabaciones lo muestran al entrar y al salir por las puertas de vidrio del supermercado, vestido con un polo blanco y negro; al salir lleva una bolsa de plástico en la mano.
A partir de entonces esa noche ya no los capta ninguna cámara de seguridad más, ningún testigo los ve. Vuelven al Comfort Inn a una hora indeterminada.
La noche antes de cometer tu acción, aféitate el vello de tu cuerpo, perfuma y lava tu cuerpo. Recita los versos del perdón. Recuerda que esa noche has de escuchar y ser obediente, pues habrás de enfrentarte a una situación muy seria. Levántate de noche y reza por la victoria, pues entonces Dios te allanará el camino y te protegerá.
A las cinco amanece. Ha llegado el 11 de septiembre.
El avión de hélices tarda 50 minutos en llegar a Boston; el vuelo avanza sin contratiempos. Atta y Umari podrían ser turistas, viajantes de comercio, funcionarios de deportes. Su disfraz es bueno. Utilizan desde hace años las caretas de los adaptados, de los musulmanes seglares. Atta lleva una camisa de manga corta azul chillón, la de Umari es beis, sus macutos son de tamaño medio, sus cabellos no excesivamente cortos, no llevan barba ni adornos.
Tan pronto subas al avión y ocupes tu asiento, recuerda lo que se te ha dicho anteriormente. Dios dice que cuando estés rodeado de algunos infieles has de permanecer callado en tu asiento y recordar que Dios te allanará la victoria en la tierra.
Atta y Umari tienen una cita con Dios. Desde hace años. La instrucción ha sido dura y rigurosa. Ha llegado la hora. Es martes, 11 de septiembre. Demasiado tarde para detenerlos. Dentro de unos minutos abordarán el avión asesino.
Newark, Nueva Jersey,
Quince meses antes de que Atta estrelle el Boeing contra la Torre Norte del World Trade Center, pisa por primera vez EE UU un sábado cálido y soleado, en el aeropuerto de Newark, Nueva Jersey. Atta, de 33 años, es egipcio, hijo de un abogado de El Cairo, quien lo ha educado en el odio a los judíos. El FBI sospecha que antes de entrar en EE UU ha estado durante un día en Praga. Dicen que allí se encontró con un agente iraquí.
3 de junio de 2000
Marwan al Shehhi, el presunto piloto del aparato que se precipitará contra la Torre Sur, llegó a EE UU el 29 de mayo de 2000 en un vuelo de Sabena desde los Emiratos Árabes Unidos, con escala en Bélgica. Igual que Atta, aterriza en Newark. Igual que Atta, tiene un visado de estudiante HM1, que le permite acudir a una escuela de pilotos. Shehhi, de 23 años, nacido en los Emiratos Árabes Unidos, hijo de un imam, fue a los 18 años con una beca militar a Alemania, donde aprendió alemán en el Instituto Goethe de Bonn, asistió a un curso universitario y posteriormente se trasladó a Hamburgo.
El 27 de junio llega también Ziad Yarrah -el presunto piloto del avión que se estrellará contra el suelo en Pensilvania- a Atlanta. Yarrah, de 27, es libanés, un hijo de papá que prefiere aplicarse a la bebida antes que al estudio.
Los tres se conocieron en Hamburgo. Allí estudiaron alemán, ingeniería electrónica, urbanismo y construcción aeronáutica. Allí se convirtieron en musulmanes fanáticos. Allí maduraron el plan de colaborar en una empresa nunca vista en el mundo.
Una vez realizado el trabajo, y si todo ha ido bien, todos se frotarán las manos y dirán que ha sido una acción cometida en nombre de Dios.
Antes de viajar a EE UU, los tres denunciaron la pérdida de sus pasaportes en Alemania. Así consiguieron borrar las sospechosas estancias en 'países gamberros', y esto les conviene, pues ninguno de los tres se desplaza a EE UU para soñar el sueño americano.
Mohamed Atta era políglota, buen organizador, racional y autosuficiente, odiaba la cultura occidental y tenía una gran resistencia psíquica y física.
Y precisamente esto, el perfecto control de las emociones, junto con la inteligencia de Atta, fue lo que llamó la atención de los inductores de los atentados. Sabía obedecer y también mandar. Era justo el hombre que necesitaban para la empresa del 11 de septiembre.
Atta nació en Kafr al Shaij, en el Delta del Nilo, pero su familia se mudó pronto a El Cairo; su padre era abogado. El hijo era un alumno excelente con pocas amistades; vivía austeramente, era perfeccionista y empollón.
Atta se matriculó después en la Universidad de El Cairo, donde obtuvo el título de aparejador, y en 1992 se trasladó a Hamburgo. Le apasionaban las ciudades. Quería proteger la cultura egipcia, y pensaba que los bloques altos al estilo norteamericano destruyen su país; odiaba todo lo occidental, que en su opinión se imponía sobre su patria.
Yarrah era veleidoso, un hombre que en todas partes buscaba el aplauso. Creció en Beirut, era mal alumno y un asiduo de las fiestas. Le gustaban los coches veloces, y más aún le gustaban las chicas que se subían con él a los coches veloces. Quería ser piloto, pero su padre lo envió a Alemania, donde debía estudiar primero algo serio.
El terrorista Yarrah vivía de lleno la vida occidental, y la disfrutaba. Siguió viviendo esta vida hasta el final, demasiado intensamente como para ser mero disimulo. Y el terrorista era un joven amable. Cuando el marido de su casera en Hamburgo yacía moribundo, Ziad estuvo sosteniéndole la mano.
En los meses siguientes llamará por teléfono casi todos los días a su novia turca Aysel, que vive en Bochum, Alemania. Quiere que tengan un hijo. Pide a Aysel que vaya a ver a su familia en Líbano, para que su padre dé el visto bueno a la boda. Y en Florida se compra un deportivo de color rojo.
Es típico de Yarrah que precisamente el aparato que él pilotaba no alcanzara el objetivo.
Marwan al Shehhi, el tercer miembro de la célula terrorista de Hamburgo, era el ayudante, el perfecto hombre de trastienda. Era muy religioso y muy cerrado, muy ordenado y muy inteligente. Tan sólo en los últimos años se mostró más abierto, hablador, animoso; ahora Shehhi sería el bufón de la corte del reyezuelo Atta.
Shehhi procede de Ras al Jaima, el más septentrional de los Emiratos Árabes, y seguramente fue una especie de hijo desheredado, interiormente desgarrado, apátrida.
Una vez que Atta, Yarrah y Shehhi han llegado a Estados Unidos se ponen en contacto con Hani Hanyur, el presunto piloto del aparato que se estrellará contra el Pentágono. Este hombre, de 27 años, procede de Arabia Saudí y ya había estado en 1991 por primera vez en EE UU.
Quince meses antes del ataque a Estados Unidos, los principales miembros de los cuatro comandos terroristas han llegado al país, los cuatro pilotos y cabecillas. Atta, Yarrah y Shehhi permanecen en la costa este, en Miami. Hanyur merodea durante el año siguiente, sobre todo en el oeste del país, en California y Arizona. La misión que tienen que cumplir en los próximos meses es aprender a manejar un avión.
Venice, Florida,
Atta y Shehhi aparcan el coche sobre el césped de la escuela de pilotos Huffman International.
agosto-diciembre de 2000
En Florida hay cientos de aeroescuelas como ésta, casi todas frecuentadas por hombres y mujeres de Europa, África, Asia, Suramérica y Centroamérica que quieren aprender a pilotar un avión.
La formación de un piloto de aviación comercial cuesta unos 10.000 euros, dura unos cuatro meses y promete a muchos alumnos un buen puesto de trabajo en su país de origen. Una vez aprobado el examen, los alumnos han estado alrededor de 250 horas al mando de un avión, y son capaces de pilotar un Airbus o un Boeing.
Atta y Shehhi inician su formación en un Cessna 152, un monomotor de hélice. El Cessna 152 es un avión amable: perdona casi todos los errores, y se necesita una buena dosis de ineptitud para tener problemas con él.
Atta aprende. Aprende a manipular el interruptor principal, accionar el arranque, acelerar, tirar de la palanca a los 250 metros y subir con el aparato al aire. Aprende a virar a la izquierda, a la derecha, a descender suavemente y a aterrizar. Atta descifra la maraña de señales de los mapas de vuelo, se ejercita en la navegación, aprende cómo debe conversar correctamente un piloto con los controladores aéreos, cómo debe anunciarse y despedirse; aprende a interpretar la previsión meteorológica, y todo esto no se le da mal.
A medida que avanza el curso, Atta cambia el Cessna por un Piper Warrior, y luego éste por un bimotor. Al igual que los demás alumnos, Atta aprende por su cuenta la teoría aeronáutica.
En octubre, Atta y Shehhi cambian durante tres semanas al Jones Aviation Flying Service de Sarasota, Florida. Aquí también caen mal: según el instructor Tom Hammersley, 'Atta era un sabelotodo'. Vuelven a Huffman. Cuatro meses después consiguen su título de pilotos. Mientras tanto, y también en Venice, Yarrah ha aprendido a volar.
Arne Kruithof, el propietario del Florida Flight Training Center, siente aprecio por Yarrah. Kruithof se habría dejado llevar en avión por Yarrah sin titubear. Yarrah siempre es puntual, casi siempre está de buen humor, ayuda a los demás cuando tienen problemas; si están deprimidos, les infunde ánimos.
Hani Hanyur, el presunto piloto del aparato que se estrelló contra el Pentágono, tiene más dificultades para aprender a volar.
Hanyur vive durante su formación de piloto en Scottsdale, Arizona, donde acude al CRM Airline-Training-Center.
Hanyur tiene problemas con todo: con los despegues, con los aterrizajes, con los virajes. Se pone nervioso y no se concentra. Tras tres meses de clases intensivas no posee siquiera la licencia de piloto privado. Hanyur aprueba por fin el examen de piloto de transporte después de muchas horas de vuelo y con mucha suerte.
Una semana después de obtener su licencia de piloto, Atta y Shehhi alquilan en el norte de Miami, en Opa-Locka, un simulador del Boeing 727 durante seis horas. Se entrenan sobre todo en los virajes. Los despegues y aterrizajes apenas les interesan.
Así pues, tres trimestres antes del atentado los terroristas han cumplido la primera tarea. Están en condiciones de pilotar los aparatos, y hasta el momento del atentado alquilarán continuamente aviones en Florida, Georgia y Maryland para mantenerse entrenados.
Entonces empieza la siguiente fase de la empresa Ataque a América: la preparación del secuestro, la discreta espera del día X.
La financiación del medio millón de euros que cuesta la aventura está asegurada: el dinero llega, como han descubierto el FBI y la CIA, por mensajero y transferencia sobre todo de los Emiratos Árabes Unidos, pero también de países como Bahrein; y llega en pequeñas cantidades, para no levantar sospechas.
Para la organización de su vida cotidiana los jefes pueden recurrir a sus 'logísticos', como los llama el FBI, que se ocupan de viviendas, ropa, manutención. Son dos hombres que quisieron ser pilotos, pero que fracasaron: Chalid al Midhar y Nawaf al Hamsi.
Los dos logísticos se alojan en San Diego, California.
Una vez concluida con éxito la formación de los cuatro pilotos asesinos, los logísticos Midhar y Hamsi han de preparar la llegada de los demás terroristas. El FBI ha dividido el grupo en tres categorías: los 'pilotos', es decir, Atta, Shehhi, Hanyur y Yarrah; los 'logísticos', como Midhar y Hamsi, y finalmente los 'combatientes', hombres sin preparación especial, pero dispuestos a matar a cuantos tripulantes y pasajeros sea necesario.
¿Tenían que conocer todos estos hombres la totalidad del plan suicida? No. Desde el punto de vista de los cabecillas parecería incluso más razonable que los combatientes a bordo creyeran que se trataba de un secuestro normal.
Todavía no se sabe quién reclutó a los hombres, ni si los viajes de los dos pilotos Atta y Shehhi, entre otros lugares a Madrid y Ámsterdam, sirvieron para buscar personalmente hombres curtidos en la lucha y dispuestos a matar, o si éstos fueron facilitados por enlaces de Al Qaeda. Lo que sí es seguro es que los combatientes llegaron entre marzo y junio de 2001. En pequeños grupos, procedentes de Dubai.
De los 19 autores del atentado, 15 proceden de Arabia Saudí, en su mayoría miembros de familias acomodadas.
Proceden del reino conservador que custodia los santos lugares del islam y es al mismo tiempo la gasolinera occidental.
Florida, primavera
y verano de 2001
Organizar la logística para 19 hombres que no tienen aspecto de norteamericanos medios, que no se comportan como norteamericanos, pero que no deben llamar la atención, es una tarea difícil. Han de dormir, desayunar, necesitan calcetines limpios, permisos de conducir, curarse la diarrea y rezar cinco veces al día. No deben saltarse ningún semáforo en rojo, contraer apendicitis ni verse implicados en una reyerta.
Su balance en la primavera de 2001 es loable: Atta y Shehhi han organizado la tropa perfectamente. 19 terroristas que se aprestan a organizar el mayor ataque contra la superpotencia mundial permanecen invisibles para la CIA, el FBI y la policía. Casi invisibles.
Entre el 26 de agosto y el 5 de septiembre los terroristas reservan y compran sus pasajes al más allá. Han seleccionado los vuelos calculando fríamente: salen temprano, entre las 7.59 y las 8.14, de Boston, Newark y Washington. Los aparatos son Boeing 757 o 767, con cabinas de mando prácticamente idénticas, cosa que facilitó enormemente los preparativos. Son vuelos con destino a la costa oeste, y por tanto llevan los depósitos de queroseno llenos y garantizan la máxima potencia explosiva.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002