'Me pones la cabeza como un bombo', dice ella sin moverse de la cama. 'Hoy tengo un día horrible', anuncia él. Y se larga del dormitorio sin recoger el pijama ni cerrar el armario, a instancias de esa urgencia que le hace rozar con la cartera el empapelado del pasillo y despertar al niño con el portazo de despedida. Le oye llorar desde el rellano y decide no aguardar al ascensor para evitar que su mujer se levante, abra la puerta y le colme de reproches. Baja las escaleras de dos en dos mientras enumera las actividades pendientes, se conserva ágil por el deporte de los fines de semana en el chalet, 'tendría gracia resbalar y caerme y quizá matarme porque he dado con la nuca en los peldaños, así se me terminarían las prisas', murmura antes de llegar al portal y retocarse la corbata cuando le saluda el portero.
'Mejor no sacar el coche', resuelve acuciado por los que se encaminan hacia la parada del autobús. Pero la mayoría no se detiene en ella, sino que continúa andando hasta que el autobús asome en el horizonte. Sin dificultad adopta esa pisada eléctrica sobre la calzada que para su somero conocimiento del mundo encarna la eficiencia europea. Entra en la sucursal de Cajamadrid, de cuatro ventanillas sólo atiende una; como hay cola vendrá en otro momento, hoy no concede ni medio minuto. Advierte de que sólo para esa gestión ha sacado la cartera de casa, se le ocurre regresar a dejarla, apenas se retrasará por ello y le compensa desprenderse de un fardo, mas para evitar la bronca de la que consiguió librarse no la sube al piso, se la confía al portero mientras se retoca la corbata y vuelve a salir.
No ha transcurrido media hora, pero hay más alegría en las aceras, los andarines de su estilo deben eludir a los que esperan el transporte escolar, y en esto pasa lo mismo que en la vida, hay quien frena, quien acelera y quien arrolla y pierde un rato excusándose. Con eso va cambiando de compañeros de ruta porque bastantes se rezagaron, dejaron de ser competitivos y ya pocos le estimulan con su rapidez. No por ello se permite disminuir el ritmo de la zancada ni sentirse fatigado, si acaso se aflojará la corbata, ahora que no le ve el portero. De pronto escucha 'ya viene', mas no gira la cabeza para comprobar si es verdad, calcula que el atasco de la circulación juega a favor suyo; sin forzar el ritmo llega a la parada y al punto se decepciona porque no hay autobús por ninguna parte. Se referían a otra cosa.
Así que, a correr de nuevo, pero ya con la experiencia adquirida en lo que va de día porque muchos competidores se han lesionado o simplemente arrojaron la toalla y están en el paro, de vacaciones o en la tumba. Con autoridad, planta el pie sobre baldosas desniveladas, pero las obras municipales le retrasan, hay que utilizar atajos y dar rodeos. El reloj le denuncia, el semáforo le impacienta. Conforme avanza al centro de la ciudad, va tan pendiente de la posibilidad de enganchar todos los iluminados en verde que casi se lleva por delante a una extranjera que le pregunta la dirección del Museo del Prado. '¿El Museo del Prado?', responde sin dejar de caminar, 'por ahí'. Ha extendido la mano al vacío como si fuera una estatua, acaba de darse cuenta de que no sabe dónde está ese museo. '¿Del Prado?', se interroga. Por primera vez el cansancio le obliga a detenerse. Mira los edificios, la calle repleta de vehículos, tiene la impresión de haber cambiado de ciudad. La memoria le aporta nombres de monumentos, palacios y parques vinculados a ella, pero ignora cómo ir a su encuentro. Tampoco se entretendrá en averiguarlo, no preguntará, como hacía la extranjera, porque él es de aquí, cuando le sobre tiempo se reconciliará con todo lo que ahora le pasa inadvertido. Falta mucho para que eso se produzca y él es partidario además de no jubilarse. ¡Hasta que el cuerpo aguante! Poco a poco reconoce una fachada, el entorno, no sabe cómo llegó a su oficina, quizá la rutina. Pero antes de rendir cuentas a sus jefes busca en la placa municipal el nombre de la calle. ¿Es la del domicilio fiscal?
Regresa de noche, no necesita retocarse la corbata porque el portero no está; ve la cartera en un rincón de su cuchitril, la recoge pensando que no le contará esta treta a su mujer, 'será como una infidelidad', se dice mientras sube en el ascensor a su piso. Abre la puerta que esta mañana cerró de golpe, '¿y si no estuvieran, y si se hubieran marchado?'. Inquieto se asoma al cuarto del niño; menos mal que está en la cuna, ya descansa. Entra en el dormitorio, su mujer en la cama, todo igual que cuando partió a buscarse la vida, no hay abandono de familia. 'Los dejé dormidos, los encuentro dormidos, a qué tanta prisa', y suspira al quitarse los zapatos, la chaqueta y la corbata. 'Todo el día corriendo para que no me pille el toro', admite en voz alta. 'Es que es San Fermín', murmura ella.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002