La infección por VIH ha rebasado las proyecciones más pesimistas elaboradas la pasada década y en pleno siglo XXI ya ha superado la devastación -tanto en número de muertos como de enfermos- que causó en la Edad Media la epidemia más grave de la historia: la peste negra.
Sin restar importancia a la gravedad del problema a nivel mundial, es en África donde el sida presenta proporciones trágicas. En la región subsahariana el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) ha producido una pandemia que amenaza la supervivencia del continente, con casi treinta millones de personas infectadas. En algunas zonas, casi la mitad de la población.
Éstas son las consecuencias de la falta del control de esta enfermedad en el continente africano. La alta mortalidad que está produciendo el sida, principalmente entre jóvenes y niños, provocará un impacto jamás visto en la esperanza de vida: ésta ha descendido de 62 a 47 años en África subsahariana, lo que significa que casi el 50% de los jóvenes que ahora tienen 15 años morirá antes de cumplir los 50. Las repercusiones en el desarrollo de dichas sociedades son incalculables.
La desaparición de tan elevados porcentajes de población adulta joven está provocando un fuerte impacto en la educación, la agricultura y la sanidad, hasta el punto que las mejoras conseguidas en los últimos cincuenta años gracias a la universalización de las campañas de vacunación infantil y al desarrollo económico, se han visto barridas por la pandemia: las familias pierden horas de trabajo que tienen que dedicar a los enfermos y se empobrecen o destruyen por la pérdida de miembros, los huérfanos tienen que abandonar la escuela para hacerse cargo de sus hermanos o para conseguir su propio sustento, se pierden vidas en sectores productivos, los cultivos se abandonan, las empresas sufren el absentismo y los gastos de seguros y la pérdida de técnicos. Asimismo, el sector sanitario se está viendo especialmente afectado debido a los costes de la enfermedad y el uso de los escasos recursos disponibles -unos diez dólares por habitante- en detrimento de la atención para otras enfermedades.
Este panorama, junto a las cifras preocupantes del continente asiático y Rusia, nos confirman el gran fracaso mundial para controlar la epidemia, aunque hay que reconocer el esfuerzo y los logros conseguidos por Onusida para poner la lucha contra el sida en el primer plano de la agenda política mundial, como se reflejó con la Cumbre del Milenio y la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre el VIH-Sida de junio 2001. Pero el éxito de la lucha contra el sida sólo se debe medir con resultados basados en la contención de la misma y en la disminución del número de nuevas infecciones, en la disminución de la mortalidad y en la mejora de las condiciones de las personas enfermas.
A pesar de los avances antes descritos, durante el año 2001 se han infectado otros cinco millones de personas, lo que significa que la epidemia está sin control, a pesar de conocerse lo que ocurriría si no se tomaban medidas. Y entre éstas no estaba la extensión de los anti-retrovirales, sabiendo como sabíamos que hubieran evitado muchas muertes. La realidad es que sólo han tenido acceso a estos tratamientos en África la vergonzante cifra de 30.000 personas, cuando la necesidad era de casi 10 millones.
Hemos fracasado, y lo digo desde mi más profunda convicción. Todos los esfuerzos que hicimos y los éxitos que tuvimos cuando nos tocó luchar contra el sida dentro de nuestras fronteras no hemos sido capaces de trasladarlos a los países con menos recursos con la necesaria premura y energía. Una epidemia que infecta cada día a 14.000 personas, con la carga de sufrimiento y muerte que supone, nos tiene que avergonzar a gobernantes, organismos internacionales y a la propia profesión médica, y debemos exigir a esas grandes cumbres que reúnen a los hombres más poderosos del planeta que sus declaraciones se conviertan en hechos.
La hipocresía y desfachatez tienen su culmen en el Fondo Global, que sólo recaudó 3.000 millones de dólares cuando se habían solicitado al menos 10.000 millones con carácter de urgencia. Debemos de exigir mayor inversión, mayor rapidez y actuaciones enérgicas. Pasemos de las palabras a la acción para evitar que se cumplan las previsiones de 70 millones de infectados en los próximos años. Sabemos dónde hay que actuar, cómo se debe actuar y qué programas son los más eficaces ¿A qué esperamos para desarrollar en los países africanos redes de atención a prostitutas, como hicimos en Europa en la lucha contra la drogadicción, para extender por todo África centros de test y counselling, para desarrollar la prevención maternoinfantil, para poner en marcha los dispositivos necesarios para iniciar tratamientos de manera urgente? Hagámoslo pronto, si no queremos ser cómplices de una de las mayores catástrofes de la humanidad.
Pilar Estébanez Estébanez es especialista en sida y ayuda humanitaria.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002