El recientemente publicado Informe sobre la epidemia mundial de VIH/SIDA por parte de Onusida confirma la cifra de 40 millones de personas infectadas por el VIH actualmente vivas. De ellas, 550.000 viven en Europa, 950.000 en América del Norte y 15.000 en Australia y Oceanía. Es decir, sólo el 3,5% de los casos se producen en países con economías estables o desarrolladas. Además, el impacto individual y poblacional de la epidemia es también diametralmente distinto entre unas zonas y otras. En muchos países del África subsahariana el sida ha reducido la esperanza de vida en más de 40 años y ha tirado por los suelos los esfuerzos que durante muchas décadas se habían hecho para mejorar el estado de salud de estos países mediante programas sociosanitarios y de vacunación.
En Occidente sabemos que suele llover sobre mojado, y por tanto el sida se añade a la tuberculosis, a la malaria, a la desnutrición, a las guerras, a las movilizaciones de población; y durante los últimos años, el sida del Sur se ha percibido simplemente como un problema más. Por suerte, creo que esta visión está cambiando y que actualmente existe la suficiente sensibilización política internacional para ver el sida como un problema global.
En cualquier caso, la respuesta tiene evidentemente que adaptarse a cada escenario, y en Occidente la introducción en 1996 de las pautas antirretrovirales triples de alta eficacia ha tenido importantes consecuencias en todos los aspectos relacionados con esta enfermedad, incluyendo la prevención. En efecto, la introducción de estas terapias, por un lado, ha alargado el periodo entre el contagio y el desarrollo de criterios de sida, y por el otro, ha aumentado la supervivencia de las personas afectadas. Es decir, que una persona infectada por el VIH puede vivir muchos años asintomática y con una calidad de vida casi normal. Aparte de hipotecar el valor epidemiológico de las cifras de casos de sida -hasta ahora principal fuente de información para la explicación pública de la epidemia-, este efecto, paradójicamente, ha aumentado aún más las necesidades de prevención. Por un lado, viven muchas más personas infectadas que pueden transmitir el virus; por otro, el éxito de los tratamientos ha motivado un cierto optimismo sobre la posibilidad de 'curación' de la infección. Si a ello añadimos que muchos de los jóvenes que empiezan su actividad sexual o que se exponen a otras prácticas de riesgo, como el uso compartido de material de inyección de drogas, no han conocido directamente a personas que hayan muerto a causa del sida, se explica que puedan disminuir la alerta y las conductas de prevención que se habían ido incorporando durante la última década.
De hecho existen datos de San Francisco y de Amsterdam que demuestran cómo en los colectivos de hombres homosexuales, especialmente jóvenes, de estas ciudades han disminuido las conductas de prevención y ha aumentado la incidencia de la infección por VIH y de la gonorrea. En nuestro medio, el Centre d'Estudis Epiemiològics sobre la sida de Catalunya (CEESCAT) monitoriza desde 1995 las conductas de riesgo y la prevalencia de VIH en distintos colectivos, entre ellos los hombres homosexuales. La prevalencia del VIH ha pasado del 16,4% en 1995 al 18,8% en el 2000; pero lo que es más importante es que también han aumentado las conductas de riesgo, como por ejemplo el número de parejas sexuales y el porcentaje de relaciones anales no protegidas. Al preguntar por la percepción de riesgo actual en relación a los años anteriores, el 30% de los encuestados están menos preocupados de infectarse, el 11,4% pone menos atención en las conductas de prevención y el 11,6% se preocuparía menos si se expusiera al virus. Llama, además, la atención el hecho de que un 7% crea que los antirretrovirales puedan prevenir el contagio y que las conductas de mayor riesgo están asociadas a personas con una mayor percepción de optimismo en relación a los tratamientos.
Estos datos nos confirman que las intervenciones preventivas se han de introducir lo más pronto posible, pero que también deben mantenerse de forma constante. En nuestro país, donde la transmisión heterosexual está aumentando y donde la eficacia de los antirrovirales puede hacer perder el miedo al VIH, es básico reforzar y mantener todas aquellas actuaciones dirigidas especialmente a los jóvenes. La autocomplacencia no tiene ninguna excusa, y en el sida, como en tantas otras cosas, la memoria histórica es también necesaria, para no perder el norte.
Jordi Casabona es copresidente de la XIV Conferencia Internacional del Sida.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002