La vieja maquinaria de los ciclos y de las estaciones funciona. Es verano. Lo dicen las rebajas de los grandes almacenes y los programas de televisión cuajados de piscinas. A estas alturas (a la vuelta del 7 de julio, San Fermín) el columnista que pretenda ignorar el nuevo ciclo podrá ser lapidado.
Es hora de quejarse del calor, de las moscas, de los transportes públicos, de los turistas y de las agencias que nos traen y nos llevan. Algunos escritores que a lo largo del año nos deleitaron con sus exabruptos de patio de banderas nos regalan ahora exquisitos artículos sobre la zafiedad de las sombrillas. Las diatribas contra la indumentaria veraniega (las bermudas, las chanclas, las camisetas estupefacientes, las gafas de colores) se han convertido, junto a los cuentos de encargo de los suplementos de verano, en un subgénero periodístico muy agradecido. Es curioso: los hombres y mujeres que visten esas chanclas y bermudas y gafas son quienes más jalean esa clase de artículos y devoran los libros de esos articulistas un verano tras otro. El sol, seguramente, nos ablanda las meninges a todos.
'Tiene el mar su mecánica como el amor sus signos', escribió Gimferrer en Arde el mar. Pero el mar del verano es otra cosa, otros sus mecanismos interiores y otros sus signos. Un signo del verano es esa bolsa de basura abandonada en una calle de Madrid con los currículos de 250 aspirantes a trabajar en un supermercado. Es un signo bien claro, deslumbrante, solar. Los currículos sirven casi siempre para eso, aunque nadie los adorne con glosas de carácter xenófobo y acotaciones chuscas.
Los currículos son -en este viejo país de canonjías, cabildeos y enchufes- papel mojado a plazo. Si además el currículo lo aporta 'un extranjero gordo y morenete' o una 'gordita con granos' que no tiene padrino ni madrina, la cosa está cantada. Lo que tiene la basura es que apesta cuando no la retiran a tiempo. ¿Dónde diablos estaban los barrenderos de Álvarez del Manzano? Luego viene el calor y pasa lo que pasa, los treinta y tantos grados a la sombra, el olor y las moscas pertinaces, rocinas, el verano de España.
Quizás los columnistas que le ponen mala cara al buen tiempo no se equivoquen mucho. Pero tengo para mí que al verano lo redimen sus propios pecados: esa supuesta zafiedad puede ser más honesta, en su hortera y rampante desnudez, que las melancolías otoñales a las que se suscriben algunos diletantes. Las bolsas de basura cargadas de currículos no pueden aparecer más que en verano, igual que los cadáveres que los asesinos en serie entierran en sus jardines. Asesinos que sin duda celebran las entrañables fiestas navideñas de manera entrañable.
Para reconciliarme con el verano, definitivamente, sólo tengo que pensar en el mes de diciembre e imaginar a Julio Iglesias donando unas bermudas en algún maratón solidario. Llegará el crudo invierno y nos obligarán a ser buenos y solidarios. En verano, por lo menos, lo único que nos piden es que seamos tontos y lascivos, para lo cual no es preciso fingir en exceso.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002