La chica de la foto no necesitaba un látigo para que el perro obedeciera sus órdenes. Un palito era suficiente para que conseguir que el animal saltara. Y aún le sobraba la otra mano para sostener el teléfono móvil y retransmitir la sesión de doma.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 29 de agosto de 2002