Se trataba de que pudieran jugar juntos Raúl y Valerón sin sacar a éste de su sitio. Iñaki Sáez demostró que se puede. Renunció a un delantero centro natural para entregar el puesto a Raúl, que juega bien en todas partes, y nadie lo echó de menos. La rápida ventaja en el marcador facilitó el trabajo de España, que sólo se vio obligada a manejar el partido, no a reventarlo.
Casillas. Apenas tuvo trabajo. El que tuvo lo resolvió con acierto, aunque enseñó sus problemas aéreos en un par de ocasiones. Tranquilo y seguro.
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Salgado. Correcto en cierre de la banda, apenas subió. En definitiva, cumplió.
García Calvo. Se lo jugó todo a la anticipación. La mayoría de las veces ganó, aunque Nikolaidis le hizo sufrir. Agresivo, no se complicó en la salida del balón y llevó con personalidad los galones de la defensa. Salvó un balón debajo de los palos cuando España ya ganaba por dos goles.
Marchena. Fue ganando seguridad con el paso de los minutos. Obligado a vivir el partido con máxima atención, salió airoso de un duelo en el que a los centrales se les había puesto bajo sospecha.
Bravo. Lo mejor de la selección en el ataque en el primer tiempo, el único que se atrevió a romper el ritmo del partido y a desplegar sus carreras por el costado cuando la ocasión lo permitía. Le tocó pelear con el más rápido de los griegos, Giannakopulos, y apenas se le fue.
Xavi. Dio una baja velocidad al juego, probablemente la que convenía para evitar que Grecia llevara el partido a su terreno.
Helguera. Sólo una vez perdió el sitio. Fijó su posición y gobernó el partido. Cortó balones, los amansó con criterio y buscó siempre el pase fácil. Le tocó bailar con Tsartas, que no paró de buscar los espacios vacíos.
Joaquín. Su peor partido desde que llegó a la selección. Jugó por la banda sobre la que España descosió menos juego. No le salió ninguno de los uno contra uno que intentó. Fyssas no le dejó respirar.
Valerón. Esposado en el primer tiempo por Konstantinidis, tuvo más presencia en el segundo, cuando Grecia decidió jugarse el todo por el todo. Menos inspirado que otras veces, pero intervino en los dos goles. Marcó el segundo y en el primero aprovechó el regalo de Dabizas para dejarle el tanto a Raúl.
Vicente. El mayor dolor de cabeza de Grecia. Encaró con insistencia y alcanzó la línea de fondo con determinación. El gol de la sentencia nació en una de sus incursiones. Sus centros, aunque bien templados, apenas encontraron remate.
Raúl. Liberado de las funciones defensivas, reservó todas sus fuerzas para no parar de moverse en el ataque. Jugaba como único punta español, pero abandonó la zona con inteligencia y criterio para apoyar la circulación en el centro del campo. Un gol y una asistencia.
Baraja. Su salida al campo rescató a la selección cuando pasaba su peor momento. Retuvo el balón para frenar los impulsos griegos y lo distribuyó de forma correcta.
Mendieta. Dio consistencia al centro del campo. No desbordó por el costado, pero fue importante en la conservación de la pelota.
César. Sólo jugó los últimos minutos, cuando el partido ya estaba muerto.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de septiembre de 2002