Y bien, se acaba el verano y suenan de nuevo tambores de crisis en el turismo. Naturalmente los responsables políticos del asunto ya se han apresurado a enumerar sus principales causas; todas ellas coyunturales, huelga decirlo: la recesión económica en Alemania, el 11-S, el miedo al avión, las condiciones climáticas adversas y todo lo demás. Tales causas existen, desde luego, pero desgraciadamente para el mundo del turismo, afectan sólo a la superficie del problema; lo cual, por otra parte, se corresponde muy oportunamente con ese enfoque errático y de corto plazo en el que sobrevive desde hace años el mal llamado modelo valenciano.
Es un fenómeno sólidamente contrastado que si bien el turista acude al reclamo de un determinado producto (en nuestro caso el sol y la playa) para satisfacer su ocio, lo que realmente acaba teniendo es una experiencia global en el territorio de acogida. Dicha experiencia, lógicamente, viene afectada, de manera directa, por un amplio conjunto de factores entre los que se incluyen el estado de las infraestructuras, la calidad de los servicios, la extensión y variedad de la oferta complementaria, las condiciones de habitabilidad urbana, el respeto al medio ambiente, la seguridad, etc., de tal modo que la satisfacción final del turista no depende únicamente de la bondad del alojamiento ni de la fuerza del argumento-reclamo, como habitualmente suele suponerse.
La gran paradoja, sin embargo, radica en que los verdaderos profesionales del sector, en su mayoría hoteleros, siendo, como son, los que realizan el principal esfuerzo promotor en los mercados, no disponen de capacidad alguna de control sobre el resto de los elementos que conforman la idoneidad de un destino turístico concreto. De tal modo que puede coexistir un razonable nivel de calidad en la oferta de alojamiento junto a un entorno de baja calidad, degradado e incluso agresivo para el visitante. Esta es la principal razón por la que la política turística ejercida en el territorio de acogida se ha convertido en el factor más relevante para el éxito del turismo a largo plazo, suceda lo que suceda con los vaivenes de la coyuntura.
Obviamente, para el hotelero, y los restantes gestores de servicios complementarios, la verdadera prioridad no puede ser otra que la satisfacción del cliente, puesto que de ello depende que el turista vuelva una y otra vez, y, lo que es más importante, se convierta en promotor desinteresado del destino visitado. Pero ¿tienen los mismos intereses esa pléyade de promotores-especuladores del suelo y el cemento, tan numerosos y activos por estas tierras, cuya única finalidad es vender apartamentos y adosados como rosquillas? ¿tienen los mismos objetivos esos munícipes de las zonas costeras que hacen de los planes urbanísticos depredadores y la recalificación su principal razón de ser? ¿tiene los mismos fines esa parte de la población local, compuesta por propietarios de terrenos, que les votan precisamente por ello?
Sin ninguna duda, la respuesta es no. Claro que siempre cabe la posibilidad de justificar tamaño desaguisado afirmando, como se hace, que las ventas de inmuebles se producen porque existe una elevada demanda potencial insatisfecha; porque, digan lo que se digan los expertos de salón, todo el mundo quiere venir a disfrutar de nuestro producto; sin duda por lo bien que lo hacemos, añaden sin pudor alguno los responsables políticos de la cosa.
Sin embargo, se olvida que la gente invierte en inmuebles, también en la costa, por los más diversos motivos, entre los que no son los menos importantes el afloramiento del dinero 'negro' o la colocación alternativa a otros activos bien remunerados en el pasado, como los valores bursátiles, y no necesariamente porque exista una población ávida de visitar nuestras costas. La consecuencia natural de todo ello es que se puede estar produciendo un exceso de capacidad estructural en la oferta incontrolada de alojamiento que, de ningún modo, obedezca sólo al crecimiento de la demanda turística, sino también a otras razones bastantes más prosaicas. Con el resultado manifiesto, eso sí, de que los diversos destinos turísticos cada vez se encuentran más cerca de la colmatación y el colapso urbano.
Por supuesto, a la misma velocidad con que el destino se desequilibra y deteriora, también se empobrece progresivamente la experiencia del turista en el territorio, con el resultado, a medio plazo, de expulsarle hacia otros destinos menos masificados y con un medio ambiente menos corrompido. Naturalmente, parte de la población local y algunos munícipes se quejan. Pero es sólo cara a la galería; en buena medida ellos son cómplices negligentes del proceso. ¿O es que acaso sus propiedades y terrenos no se revalorizan incesantemente gracias a los generosos planes urbanísticos? Menos ingresos en hoteles, restaurantes, tiendas y supermercados, sí, pero muchos más en ventas de apartamentos. ¡Voilá!, lo comido por lo servido. Y así hemos ido pasando, sin solución de continuidad, de un turismo orientado por los profesionales del alojamiento a un turismo de promotores-especuladores, a los que le importa un bledo si hay o no duchas en las playas, seguridad en su entorno, agua corriente en las casas o servicios de atención al turista.
¿Para cuándo el mundo del turismo, y en particular los empresarios hoteleros, van a plantar cara a un modelo obsoleto, masificado, de baja calidad, que corre el serio peligro de entrar en crisis profunda a poco que se despierten y reconstruyan, como ya lo están haciendo, los países de la Ribera del Mediterráneo que estuvieron muchos años al margen del proceso? Cuando ya no quepa, por razones estrictamente físicas, un sólo apartamento más en nuestra costa, quizá se acabe este enloquecido proceso, pero entonces, ay, poca gente, que no sea la de muy baja renta, querrá venir ya a esta zona del Mediterráneo, alicatada hasta el techo, en donde para acercarse a la playa habrá que ir provisto de una brújula para orientarse.
La crisis del turismo actual tiene aspectos coyunturales sin duda, pero lo peor de la crisis tiene que mucho más que ver con la nefasta gestión política de un modelo que podría haber sido una fuente permanente y sostenible de riqueza, pero que nosotros mismos estamos convirtiendo en un infierno. O los profesionales, los verdaderos, vuelven a tener voz en este negocio o diremos adiós al turismo. Lentamente, sin aspavientos, a largo plazo. Pero lo diremos.
Andrés García Reche es profesor titular de Economía Aplicada de la Universidad de Valencia
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de septiembre de 2002