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DE LA NOCHE A LA MAÑANA

Otro día de septiembre

A un año del martes de septiembre que nos metió de lleno en el otoño de un siglo recién nacido, conviene repensar la explicación de lo ocurrido y la solvencia ética de las medidas adoptadas

En directo

Aquella tarde de septiembre el telediario estalló de pronto cuando Angels Barceló (que pese al susto sigue sin cambiar de peluquero) interrumpió su relato para leer una nota de alcance antes de seguir con el bloque de noticias. Una pequeña avioneta se había estrellado contra lo alto de una de las torres gemelas de Nueva York. Segundos después de recuperar esa información, y ya con imagen en directo, otro avión impactaba sobre la segunda de las torres y Angels ahuyentó con energía el flequillo de su frente para vaticinar que eso ya no parecía un simple accidente. Era el momento de llamar a los amigos a fin de que no se perdieran un directo que a buen seguro se prolongaría hasta bien entrada la noche. Hacía calor, mucho más que en estos días, y lo primero era asegurarse de la provisión de cervezas en el frigorífico. En ese momento se produjo el majestuoso desplome de las altas torres.

Todos al teléfono

Fue esa noche de martes una ordalía de interminables llamadas telefónicas donde cada cual aventuraba las hipótesis más disparatadas. Los más audaces apostaban por un ataque autoinducido, que así en frío se diría innecesario, mientras otros apelaban a la conjura de la industria de guerra para tentar el pretexto del que carecían cuando hicieron tanto el golfo en la guerra de ese nombre, y aún otros, quizás a esas horas con más güisquis en la panza de los que convienen al entendimiento, sospechaban de una maquinación del presidente por los pelos George Bush Jr. para hacerse pasar también por un gran líder de la civilización occidental, aunque de momento el desastre le había pillado lejos de los centros de poder. Porque, vamos a ver, ¿dónde estaba George Bush Jr. a las 9.00 a.m., hora de Nueva York, del 11 de septiembre? Ni más ni menos que de vacaciones. Resulta dudoso que uno prepare la destrucción de sus torres gemelas y se vaya de campo a sacar a mear al perro.

El día después

Al estupor -y en ocasiones a un contento apenas disimulado- siguieron las cábalas y el intento de introducir algo de razón en medio de tanto desconcierto. En el menú de todos los almuerzos de ese día figuró un tal Osama Bin Laden como entrante, plato del día y postre. Vale, de acuerdo, el asunto era una manifestación más, aunque singularizada por su solvente salvajismo, de la lucha global entre ricos y pobres, o entre Norte y Sur, o entre Oriente y Occidente. Pero, de todos modos, Bin (o Ben, hasta esa minucia se extendió la discusión de desocupados) Laden era un multimillonario saudí con negocios de postín en las grandes corporaciones mundiales que, al parecer, prefería convertir a sus fieles en suicidas potenciales a través de Al Qaeda, y no un Ché Guevara que dejó la medicina para hacer ecologismo revolucionario en la cordillera de los Andes.

A la caza

Al presidente ranchero le costó lo suyo reaccionar, hasta que aconsejado por los mismos inteligentes servicios que no supieron prevenir la que estaba cayendo la emprendió contra los fieros talibán en Afganistán, con la esperanza añadida de dar entre sus rocosas oquedades montañosas con el paradero del nada místico líder de origen saudí. Es posible que Bush Jr. se pusiera por un instante en el papel de Sean Connery en El hombre que pudo reinar, aunque nada permita asegurar que esa película sea de su gusto, caso de que la conozca. El resultado fue la liberación de Afganistán, cambiando unos talibán por otros, sin que el talibán norteamericano haya conseguido la captura de su enemigo, su espejo, su máscara, su hermano. La liberación de ese remoto país reinstauró la vieja cultura de las fosas comunes y la suspensión de derechos para toda clase de sospechosos, como es natural en los sucesos que aspiran a cambiar el mundo.

Después es ahora

Es posible que Bin (o Ben) Laden esté oculto en un pozo petrolífero de Irak, según las últimas hipótesis de la inteligencia norteamericana, lo que aconsejaría un bonito bombardeo indiscriminado -a ser posible en fechas próximas a la Navidad- a fin de ofrecer al espectador televisivo la cabeza del Bautista del Mal entre un jolgorio de fuegos de artificio. Mientras tanto, la instancia civil se militariza sin remedio, los controles de seguridad en lugares públicos o íntimos, secretos o de acceso limitado, no hacen más que aumentar los dinamismos paranoides de la sociedad -y su inseguridad vital- a cambio de muy poca cosa, y el fracaso de la Cumbre de la Tierra celebrada en Johanesburgo es tan sobrecogedor como la deletérea iracundia del fundamentalismo de grandes almacenes o los millones que un empresario futbolero desembolsa por la rodilla lastimera de Ronaldo. Y todavía no se sabe qué ocurrió.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de septiembre de 2002