No ha sido el de Sergio García, ayer, en Seúl, en el Open de Corea del Sur, un triunfo de los que hacen correr ríos de tinta y dan un prestigio enorme en el mundo del golf. Entre otras razones, porque se trataba del circuito asiático y sus rivales eran de los que andan lejos de la élite. Pero sí ha sido un triunfo necesario para el español desde varias perspectivas.
Desde la deportiva, porque, si vencer siempre supone una satisfacción, esta victoria es la primera que García logra en Asia, con lo que sigue la estela de Severiano Ballesteros y José María Olazábal y en su palmarés ya puede lucir trofeos de cuatro continentes, de todos menos del oceánico. Desde la económica, porque, al margen de los 81.900 euros que se ha embolsado, su imagen publicitaria se ha revalorizado en un mercado que suele ser muy rentable para las estrellas de su deporte.
Y, desde luego, García se ha paseado por el Seoul Hanyang Country Club como una auténtica estrella. Líder ya al término del segundo recorrido, su dominio fue incuestionable y, de hecho, sus 265 golpes totales, 23 bajo par, constituyeron un nuevo récord del campo. Su gran regularidad -firmó sucesivas tarjetas de 67, 65, 66 y 67- le permitieron concluir con una cómoda ventaja de tres sobre el segundo clasificado, el surcoreano Kang Wook-soo, y de diez sobre el trío de terceros.
A tres semanas de la Copa Ryder, el pasional enfrentamiento bienal entre Europa y Estados Unidos, en The Belfry, cerca de Birmingham (Reino Unido), a García, a su moral, también le ha venido muy bien este espaldarazo. Y es que comenzó muy bien la temporada, imponiéndose en enero en el primer torneo del circuito norteamericano, el hawaiano de Kapalua, con lo que elevó a tres sus triunfos en el mismo. Luego, en abril, se anotó también el Open de España, en Gran Canaria, su quinta victoria en el tour europeo.
La asignatura pendiente
Pero, en definitiva, el Grand Slam, las cuatro competiciones con las que sueña cualquier golfista que se precie, ha vuelto a serle esquivo aunque le haya quedado el consuelo de ser el único capaz de concluir entre los diez primeros en todas: octavo en el Masters de Augusta, en abril, a ocho golpes del estadounidense Tiger Woods; cuarto en el Open de Estados Unidos, en junio, a seis de Woods; octavo en el Open Británico, en julio, a dos del surafricano Ernie Els, y décimo en el Campeonato de la PGA norteamericana, a once del también estadounidense Rich Beem.
'Aún tengo por delante veinte años para ganar títulos grandes', ha argumentado recientemente García a modo de justificación por haber consumido un curso más sin ser capaz de conseguirlo. Por supuesto, le asiste la razón. Woods alcanzó el primero a sus 21 años -en el Masters de 1997-, uno menos de los que él tiene en la actualidad, 22, y a los 26 ya ha coleccionado ocho, pero es Woods. Ballesteros abrió su cuenta precisamente a los 22 -en el British de 1979-, pero era Ballesteros. Olazábal ya tuvo que esperar hasta los 28 -en el Masters de 1994-. Genios aparte, la madurez golfística acostumbra a llegar cerca de la treintena.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de septiembre de 2002