El hermano de Riquelme; el padre de Gabriel y Diego Milito, que juegan en el Independiente y el Racing; el centrocampista Coudet, ex del River y ahora en el Celta; dos integrantes del equipo nacional de rugby... Son sólo algunos de los jugadores o familiares directos que padecieron robos o secuestros en Argentina en los últimos meses. Los futbolistas, los entrenadores y los deportistas profesionales se han convertido en objeto de deseo de las bandas que se forman entre la miseria del gran Buenos Aires.
A Jorge Milito, el padre de Gabriel, defensa central del Independiente, y de Diego, delantero del Racing, le secuestraron en la esquina de su chalé. Le vendaron los ojos y le llevaron en coche a una casa que, según contó después, 'quedaba muy cerca'. Llamaron a la familia. Pedían 200.000 euros por el rescate. Según los secuestradores, Gabriel había cobrado deudas atrasadas del Independiente por el doble de esa cantidad. El propio Gabriel les dijo que no era así. El padre fue puesto al teléfono para dar 'prueba de vida'. Al fin, el representante de los jugadores, les convenció de que todo el dinero que podían reunir en pocas horas eran unos 27.000 euros. Aceptaron. El rescate se pagó a las cinco de la madrugada y una hora después, cerca del mismo lugar, al sur de Quilmes, dejaron en libertad a Jorge Milito. Le retuvieron 18 horas vendado y atado a una cama.
El pasado abril Cristian Riquelme, de 18 años, uno de los once hermanos del famoso Román, fue encontrado a las 4.30 de la madrugada en un cruce de calles del barrio de Ramos Mejía, al oeste del gran Buenos Aires, precisamente en el sitio donde sus captores dijeron que le liberarían una hora después de recibir 160.000 euros.
El Chacho Eduardo Coudet debe de sentir todavía allí, en Vigo, el pecho oprimido por las dos pistolas 45 con que le apuntaban cuando le robaron todo. Antes de marcharse del River, que le ofreció más dinero porque sabía lo que le costaría reemplazar al mejor jugador del equipo, confesó: 'Esto no pasa por lo futbolístico ni por lo económico. Aquí no hay dinero que valga. Yo me quiero ir sí o sí porque debo cumplir con la obligación de proteger a mi familia. Pago los impuestos y el país no me da nada. Ni a mí ni al resto de los argentinos. Muchos en mi lugar harían lo mismo'.
Nueve de cada diez futbolistas, entrenadores o deportistas que pueden convertirse en profesionales desean irse de aquí. Además del fútbol, deportes como el baloncesto, el rugby, el voleibol, el golf, el boxeo o el tenis se practican con la ambición de que sean al fin una puerta de salida. Unos 5.000 ex jugadores estudian para ser instructores y entrenadores de fútbol. Todos sueñan con hacer rápidamente su primera experiencia en un club argentino para luego buscarse la vida en otro lado.
También los entrenadores experimentados, con trayectoria, prestigio y mundo recorrido, se apuntan al éxodo. César Luis Menotti, de 63 años de edad, ex campeón del mundo con Argentina en 1978 y actual entrenador del Rosario Central, líder del torneo Apertura de la Liga, ya avisó a los directivos que no renovará su contrato en diciembre. Desea trabajar nuevamente en España.
A Menotti, nacido y criado en Rosario, le resulta 'muy doloroso' convivir cada día con la situación económica extrema que atraviesa la gente de su ciudad, los amigos de la infancia y el estado en que llegan los pibes al club. 'Todos pasan por situaciones difíciles', cuenta Menotti; 'el que no está desocupado está en la ruina, fue asaltado o no tiene para comer'.
Américo Gallego, entrenador del Independiente, equipo que marcha segundo en el torneo, dice que su decisión también está tomada: 'Termino mi compromiso a fin de año y me voy. Aquí no se puede vivir tranquilo. Yo quiero levantarme a las seis de la mañana, tomar unos mates y venir a trabajar sin preocuparme por otra cosa, pero ya no se puede'.
Los jugadores que más ganan han cambiado sus coches amplios, de colores vivos y de marcas conocidas, por autos pequeños y de modelos viejos. La mayoría tiene o ha contratado seguridad privada para sus casas. Se mantienen en contacto con teléfonos móviles que sólo conocen sus íntimos. No llegan ni se van solos del entrenamiento, nunca toman los mismos caminos de ida o regreso y están siempre atentos a los espejos retrovisores para observar si alguien les sigue.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de septiembre de 2002