Por oficio, dominio escénico y con una razonable duda sobre un par de decisiones arbitrales trascendentales, Yugoslavia se adjudicó su quinto título mundial después de doblegar en la prórroga la tenaz resistencia del equipo argentino, que cuajó un partido soberbio, de los que confirman pese a la derrota el potencial de una generación extraordinaria de jugadores. Pero a los yugoslavos no se les puede dar nunca por vencidos. Y a Argentina le faltó un último empujón para evitar ser superada por la ofensiva comandada por Stojakovic y Bodiroga, que anotaron 26 y 27 puntos respectivamente.
ARGENTINA, 77; YUGOSLAVIA, 84
Argentina: Sánchez (3), Sconochini (3), Nocioni (5), Oberto (28), Wolkowiski (11); Scola (11), Montecchia (4), Palladino (10), Victoriano y Fernández (2).
Yugoslavia: Vujanic (7), Gurovic (1), Stojakovic (26), Koturovic (3), Divac (4); Tomasevic (6), Bodiroga (27), Jaric (9) y Rakocevic.
Árbitros: Pitsilkas (Grecia) y Mercedes (República Dominicana).
Unos 12.000 espectadores en la cancha del Consejo Fieldhouse.
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Argentina fue a por el partido, a lo suyo, ignorando quien tenía delante. Se trazó un plan y lo llevó a cabo. Tuvo el mérito de no dejarse enredar por la respuesta inteligente de los yugoslavos, maestros en el arte de administrar el enorme talento de sus jugadores, especialmente en una final y sobre todo en los minutos finales.
La defensa yugoslava sufrió para contener las entradas y manejos de los argentinos dentro de la zona. Sconochini y Nocioni entraban como toros hasta el aro y al mismo tiempo con inteligencia doblaban un pase para Oberto haciendo inútil el trabajo de las torres yugoslavas. La entrada en escena de Jaric le dio a Yugoslavia una ligera ventaja dentro del tono de igualdad que caracterizó toda la primera parte. Pero incluso para eso tuvo una respuesta adecuada y en apariencia serena el equipo argentino que en un abrir y cerrar de ojos, con un parcial de 8-0 se puso de nuevo por delante (29-27).
El partido se tensó como la piel de un tambor. Los yugoslavos tuvieron que recurrir a menudo a la jugada individual de Stojakovic como único recurso. Divac no tenía el día -cero puntos y un rebote en el descanso- y Oberto ofreció un recital de excelentes movimientos de pies y capacidad resolutiva bajo los aros. Tampoco tenía afinada la mirilla Gurovic, el héroe, a base de triples, el día de la victoria yugoslava en semifinales.
Los argentinos, con un trabajo en equipo en el que sobresalieron los triples en el inicio del tercer cuarto de Palladino, dieron un primer aviso y se situaron con diez puntos de ventaja (53-43). El entrenador argentino intentó un pequeño golpe psicológico dando entrada a Ginobili, que se había lesionado en un tobillo en el partido de semifinales ante Alemania. Poco pudo aportar. Pero Argentina con un Oberto sensacional, que siempre encontraba el camino más corto hacia el aro, se mantuvo por delante.
Los yugoslavos, definitivamente remisos en la zona, lo fiaron todo al tiro exterior y desde allí Stojakovic y Bodiroga tomaron la iniciativa y fueron reduciendo, punto a punto, a base de triples o los tiros libres, una remontada agónica que les dio el empate a 17 segundos para el final. Tras el saque de banda, la presión de los yugoslavos dejó el balón suelto y los árbitros señalaron una falta a Scola cuando se iba solo hacia el aro. Quedaban cinco segundos y Divac tuvo en su mano la posibilidad de cerrar la contienda pero consumó su negra tarde fallando los dos tiros libres.
Sconochini cogió el rebote, recorrió a galope tendido toda la pista e intentó una bandeja ante la oposición de dos jugadores yugoslavos. Ahí se acabó el partido. Los árbitros decidieron no señalar falta. Los argentinos se desesperaron. Y en ese mismo instante el partido quedó decantado por más prórroga que fuera necesario jugar tras el empate a 75 puntos al final de los 40 minutos. Los yugoslavos ya se movían en el terreno en el que mejor se desenvuelven y los argentinos ya sólo hacían que protestar y llamar ladrones a los árbitros con gestos evidentes. Un feo final para un partido extraordinario.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de septiembre de 2002