No interviene mucho en el Parlamento. Escucha y calla. Tal vez porque él está convencido de la verdad que encierra la máxima de que uno es sólo dueño de sus silencios. Mas nadie se engañe. Ángel Pérez abandona la Asamblea vallecana, pero deja en el Diario de Sesiones algunas de las -seguramente- más brillantes páginas del parlamentarismo madrileño.
Pérez, al igual que hiciera en el debate de 2001, intentará situar a Alberto Ruiz-Gallardón ante el precipicio de unas 'faraónicas' actuaciones que no han sido capaces de salvar los problemas de cada madrileño. No negará la gestión del equipo del Gobierno popular. Nunca lo ha hecho. Pero le reprochará que no haya utilizado esa enorme capacidad para hacer de la Comunidad madrileña una región más justa, más igualitaria, más solidaria.
Este hombre -cáustico y duro, irónico y brillante- le hablará a Ruiz-Gallardón de su futuro. Y jugará con ese mañana -que también es el suyo- para aconsejarle que trate de situarse en el camino de los políticos de raza. Porque cree que el presidente regional lo es, le recomendará que no se deje perseguir por el poder. Que, por el contrario, intente siempre domeñarlo, perseguirlo, acorralarlo y ponerlo al servicio del pueblo.
Le dirá que, aunque antes no lo haya hecho, huya de la tentación de la imagen, de la mercadotecnia y de las primeras páginas. Bajo el fasto de las grandes infraestructuras, de las aperturas de los telediarios -le dirá-, late la muerte solitaria del anciano abandonado, el sufrimiento de la mujer maltratada, el accidente atroz del obrero en el tajo. Cosas de las que se habla poco. Ángel Pérez sí hablará de este debate último. Y, por último, lo utilizará para exigir otro modelo más humano de gestión.
A quien probablemente le sustituirá en sus tareas, el coordinador de Madrid de IU, Fausto Fernández, le brindará su visión de una Comunidad distinta, más feliz. Hasta la tribuna de invitados le hará llegar la idea de que también con ocho diputados, escasos y recogidos en el rincón más último de la izquierda, puede hacerse política, cambiar decretos, presentar proposiciones, iniciativas, interpelaciones y hasta modificar artículos de leyes.
Que el número -y Pérez bien lo sabe- no debe ser jamás el único factor que decida una batalla. Y menos una guerra.
Por más que 'Dios ayude a los buenos, cuando son más que los malos'. Pero, ¿es que sabe alguien quiénes son los malos o los buenos?
Y menos en la Asamblea de Madrid.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de septiembre de 2002