Nada más despertar del 11-S, una palabra mágica empezó a correr por los despachos de la Administración norteamericana: biometría. Esta tecnología, que identifica a personas no a través de lo que saben (contraseñas) o tienen (tarjetas), si no por lo que son (voz, cara, ojos), es protagonista en las nuevas leyes antiterroristas. Pero las pruebas de los expertos demuestran que engañar a la biometría es, por el momento, posible.
La corporación RAND, relacionada con el ejército de EE UU, publicaba recientemente el informe Biometrics: facing up to terrorism, firmado por John Woodward, oficial de la CIA, quien recomienda la biometría para 'controlar el acceso a sitios sensibles como aeropuertos, reducir el fraude en documentos de inmigración e identificar a sospechosos terroristas con tecnologías de reconocimiento facial'.
En la misma línea, el Congreso norteamericano instaba al empleo del reconocimiento dactilar y de manos en las licencias de conducir y de inmigración, con la creación de una gran base de datos de huellas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de octubre de 2002