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Un viaje a la historia de Colombia y a los confines del universo literario gabiano

Gabriel García Márquez ha comenzado a dar forma y color a la bullaranga de vidas y tiempos que lo han llevado a lo que es hoy con 75 años. 'Su éxito y su secreto está en haber reconocido que su historia era la de un sujeto colectivo. Ahí reside lo embrujador de su obra. Tanto que ahora estamos interesados en la vida de esa gente anónima que lo rodeó', asegura Álvaro Pombo.

Pero Vivir para contarla no es sólo 'la historia de una vocación que se abre camino contra toda esperanza, y una visita a las fuentes de muchas de las invenciones más memorables de nuestra literatura, sino un fresco conmovedor de cincuenta años de historia colombiana', afirma William Ospina, el escritor colombiano a quien el Nobel pidió en mayo que leyera el original de su libro.

Unas memorias que, según Dasso Saldívar, biógrafo del autor de El amor en los tiempos del cólera, 'son importantes por la confesión implícita que nos hacen: las memorias son un género de ficción. Así, nos entrega los momentos significativos de su vida emboscados en la ficción, lo que le permite ofrecernos el relato de su vida y su visión de ella'. Mientras para Carlos Monsiváis son 'el cumplimiento de una gran deuda con sus lectores'.

En cuanto al viaje a los confines de su universo literario, 'el libro es una guía perfecta para acceder al origen de donde salen sus criaturas', cuenta Claudio López Lamadrid, editor de Mondadori. Una oportunidad para descubrir, agrega Pombo, 'la manera como García Márquez convierte lo diminuto en universal'.

Un ejercicio que Gabo empezó hace 55 años cuando El Espectador, de Bogotá, publicó su primer cuento, La tercera resignación. Dos personas que vieron cómo un muchacho dejaba de ser una joven promesa son Ana María Busquets de Cano -esposa del que fuera uno de los propietarios y director de El Espectador, Guillermo Cano- y Alfonso Cano, jefe de circulación cuando Gabo publicó Relato de un náufrago, en 1955. Para ellos estas memorias son, además, 'un reconocimiento justo al mundo de donde procede, así como a los amigos que creyeron en él al abrirle las puertas de lo que había de ser su merecido futuro'. Otro testigo y cómplice de este tránsito es su amigo Álvaro Mutis, Premio Cervantes 2001, quien resume la lectura de Vivir para contarla en una frase: 'Me dio la seguridad y me quedó la certeza de haber leído un clásico'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de octubre de 2002