Hace tres años, en la cafetería de un hotel de Madrid, me encontré de frente con Gabriel García Márquez. Yo venía arropado por editores y amigos ya que esa misma tarde había presentado una de mis novelas en la capital del país. No sé de dónde saqué las fuerzas para acercarme hasta él, al velador donde se encontraba junto a dos mujeres, para tenderle un saludo, desparramar sobre la mesa toda mi admiración y, ya de paso, dejarle como humilde prenda mi último libro. El atrevimiento mereció la pena. El escritor colombiano prescindió durante más de media hora de sus fieles acompañantes y me dedicó ese tiempo con un fervor absolutamente insólito en alguien tan inmune a toda suerte de acosadores y principiantes sin escrúpulos. Recuerdo que mientras hablaba, alternando la mirada entre mis ojos y el infinito, me ponía su mano sobre el hombro y me lanzaba preguntas de una curiosidad casi infantil, tan propia de esos sabios que, a pesar de arrastrar el largo peso de la vida, aún mantienen ávido y joven el asombro. Cuando yo me recreaba en las respuestas, en algunos detalles, él me interrumpía amablemente y me gratificaba con los suyos, balsamizando mi ánimo con la narración de sus comienzos literarios, allá en Bogotá: aquel primer libro, La hojarasca, con el que debutó como novelista y que pasó sin pena ni gloria ante el olfato de lectores y críticos. Lo encontré muy encerrado ya en esa etapa en la que la memoria pide paso, en la que los recuerdos exigen, como todos los viejos del mundo, una atención concentrada, un orden y un método para salir de su abandono y convertirse en obra escrita. Los consejos que Gabo me dio aquella tarde madrileña los he encontrado de nuevo en Vivir para contarla, primer tomo de sus memorias que hoy sale a la luz con la garantía de ser -según advierte el novelista- su mayor obra de ficción. Y si la vida, como también apunta García Márquez, no es lo que uno vivió sino lo que uno recuerda, me permito constatar que cuanto evoco en esta columna es la prueba irrefutable de un poderoso recuerdo pero, ante todo y sobre todo, la firme demostración de lo que vale haber vivido y de lo bello que es contarlo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de octubre de 2002