El crítico Michel Cournot definió el físico de Juan Antonio Bardem como el de una mezcla entre un campeón de rugby, un profesor adjunto de Filosofía y un militante sindicalista de Brooklyn. A Bardem le gustaba mucho esa definición, no sólo porque le sentara bien a su vanidad, sino porque resumía dos aspectos de los que siempre se mostró orgulloso: su compromiso político y su afán por enseñar a los demás, o lo que en su caso era idéntico, su empeño en concienciar políticamente a las masas.
Militó en el Partido Comunista desde 1943, y a esa lucha política dedicó prácticamente toda su vida, como se desprende del libro de memorias que publicó el pasado año. Lógicamente sus películas también fueron eco de dicha inquietud, incluso las que dirigió por cuestiones simplemente alimenticias como, por ejemplo, Varietés, con Sara Montiel, en la que no se resistió a incluir alguna pegatina concienciadora. Quizás por eso, otro analista ilustre, Marcel Oms, opinó que a Bardem le paralizaba artísticamente su fidelidad política.
¡Vete a Moscú! le gritaban los fachas cuando obtuvo el Premio Nacional de Cinematografía en 1955. Y él recordó siempre aquellos exabruptos manteniendo inalterable su ilusión: "Pretendo, quizás ingenuamente, cambiar la sociedad, que no me gusta". Entre Esa pareja feliz, amarga comedia sobre la miseria de la vida cotidiana de la posguerra, que dirigió junto a Berlanga en 1953, y Resultado final, de 1998, donde planteó su personal ajuste de cuentas con la izquierda en el poder, Juan Antonio Bardem no cejó en su empeño.
Malos tiempos le tocaron. Sus problemas con la censura fueron constantes. Y aún así, se atrevió a hablar de los conflictos universitarios en 1955 (Muerte de un ciclista) o de hacer un discurso sobre la reconciliación nacional en La venganza (1957), que fue, por cierto, la primera película española candidata al Oscar de Hollywood. Pero muchos otros proyectos se le fueron frustrando en el camino, en parte por los acobardados criterios de los comerciantes del cine, y en otra, no menor, por la indiferencia del público ante sus propuestas. "Ahora se hace un cine resignado", solía decir con la misma resignación de su enunciado. Lo que no le impedía seguir soñando en otro proyecto, Regreso a la Calle Mayor, una nueva visita al universo de la película que probablemente fue el mayor éxito de toda su carrera. Bardem, como otros de sus contemporáneos, se ha dejado en el cajón películas que nos hubieran sido necesarias.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 31 de octubre de 2002