Si estremecedor es oír la confesión fría y sin el menor atisbo de sentimiento, que no sólo han sido tres, sino trece más las mujeres por él asesinadas y violadas, aún lo es más ver a su verdugo salir exultante y vitoreado de los juzgados, tras haber ejecutado lo que ellos llaman la ley de la cárcel. La espiral de la violencia lleva a la degradación de la venganza y ésta no tiene fin. No me gustaría ver la misma escena de un nuevo asesino para el vengador, y de nuevo jaleado y vitoreado. Al mismo tiempo, vemos cómo en EE UU los fiscales de los distintos Estados se subastan al presunto francotirador. El espectáculo está servido y la degradación humana no ha tocado fondo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 31 de octubre de 2002