Durante unos meses, he estado viviendo en Madrid. Durante unos meses he disfrutado de la libertad de la capital, del anonimato, pero también de los inconvenientes de la gran ciudad, deseando volver para estar con los míos y disfrutar de su compañía.
Ahora que he vuelto, constato que no todos podemos andar igual por la calle, ni entrar en los bares ni disfrutar del paisaje verde de Euskadi ni de la playa, ni del parque,... Cada vez sois más los que tenéis que llevar una sombra a vuestra espalda deseando que llegue un día en que, por hablar alto y claro y/o desempeñar determinadas profesiones, eso no sea necesario. A los demás nos queda daros las gracias, no mirar para otro lado cuando paséis a nuestro lado ni cambiarnos de barra cuando entráis a tomar algo. Quizás entonces no os sintáis tan solos y penséis que todo esto vale la pena.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de noviembre de 2002