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Reportaje:

La fiebre del hongo

La recolección de setas se ha convertido en una actividad masiva y un boyante negocio que plantea problemas ecológicos

Desde hace 30 años no se conocía en nuestro país una temporada tan abundante en setas. Miles de españoles recorren diariamente los montes en busca de este maná de otoño. A más setas, más gente, aseguran los micólogos, que han visto cómo la afición y el negocio se han disparado en los últimos años dando lugar al debate sobre cómo controlar la recolección masiva y preservar con ello el entorno natural. Mientras algunas comunidades autónomas, como Aragón, tienen regulada esta práctica, otras, como Castilla-La Mancha o Madrid, carecen de legislación. La indecisión de algunas administraciones podría causar daños irreparables en los montes.

Una empresa de Cogolludo puede llegar a vender hasta 1.000 toneladas este otoño

En Aragón se cobra 3 euros por persona y se impone un máximo de cinco kilos diarios

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"Cada cuatro pasos un coche y cada veinte metros una persona con una cesta en medio del monte, éste es el pan nuestro de cada día". Quien así habla es Teodoro Pinel, alcalde de Arbancón, un pueblo de la provincia de Guadalajara rico en pinares, que desde hace cinco años recibe diariamente en otoño a cientos de aficionados a las setas. "Vienen de todas partes. Aquí pueden verse matrículas de Barcelona, Alicante, Córdoba, Ciudad Real o Valencia. Buscan el níscalo y se instalan en el pueblo hasta que caen los primeros hielos". Son los niscaleros, recolectores de hongos que recorren el monte de sol a sol para ganarse el jornal.

Estos profesionales llegan a recolectar en una jornada un mínimo de 50 kilos por persona que luego venden sin control alguno a furgonetas a pie de monte. A principio de temporada, el níscalo se pagaba entre 8 y 10 euros el kilo. El pasado viernes apenas alcanzaba los dos euros. Durante el mes de octubre han salido de esta zona de Guadalajara tres camiones diarios de robellón, con más de 1.000 kilos cada uno, en dirección a los mercados de Valencia y Barcelona.

La explicación de esta abundancia, para el profesor Francisco Diego Calonge, presidente de la Sociedad Micológica de Madrid, hay que buscarla en la climatología subtropical que se ha mantenido en los últimos meses en nuestro país. "La madre de la vida es el agua. Mientras llueva y tengamos buena temperatura (apenas hemos bajado de los 10 grados), la seta, que es el fruto del hongo, está asegurada".

En el Jardín Botánico de Madrid, donde este investigador micológico del CSIC trabaja diariamente, se atiende todos los lunes a centenares de personas que vienen con sus cestas repletas de hongos, recogidas durante el fin de semana, para que los expertos las clasifiquen y les digan cuáles son comestibles. "Es una avalancha. Hay personas que hacen colas de hasta dos y tres horas diarias, pero hay veces que se tienen que marchar ante la imposibilidad de poder atenderles a todos". Es la fiebre del hongo que en los últimos años se ha apoderado de los españoles de manera casi impulsiva. "Es como un vicio. Cuando coges el primero te pones un poco nervioso, te da una especie de ansia y ya no puedes levantar cabeza", confiesa Teodoro Pinel, ya jubilado, que cuando llega la temporada sale casi a diario al monte que rodea su pueblo y recoge hasta 25 kilos de níscalos que luego vende a los intermediarios.

Jubilados y lugareños que obtienen unos ingresos extra con la recolecta, domingueros que arrasan con todo lo que asoma por encima de la pinocha, micólogos que disfrutan con la variedad de la flora, profesionales de temporada y negociantes que hacen el agosto un par de meses más tarde son la fauna humana que puebla estos días nuestros montes y que ya está produciendo daños en el entorno. Alberto Mayor, delegado en Guadalajara de Ecologistas en Acción, es partidario de llevar a cabo una campaña de información para que la gente conozca las setas y cómo deben cogerse para no dañar el micelio, la raíz que se une al árbol y le aporta numerosos nutrientes. Sin embargo, se muestra más cauto a la hora de hablar de reglamentación: "Estamos de acuerdo en que se tiene que regular. La sobreexplotación puede causar la extinción de algunas especies, pero debe respetarse la libertad de los vecinos que en muchas comarcas encuentran en este producto una ayuda muy importante para su economía".

En agosto de 1996, el Gobierno de Aragón aprobó un decreto por el que se regulaba la recolección de setas en los montes públicos. En ella se prohíbe remover el suelo, se veta la recogida nocturna y se obliga a dejar sin coger los ejemplares pasados, los raros o los que no interesen. A partir de esa base varios ayuntamientos de la provincia de Teruel publicaron al año siguiente una ordenanza municipal de aprovechamientos forestales en la que se exigía el pago de tres euros por persona y día y un tope de cinco kilos por buscador. Si el año es bueno expiden más de 200 licencias diarias y con ese dinero pagan a dos controladores que vigilan el monte y cobran in situ a aquellos que no tienen autorización.

En Castilla-La Mancha, por el contrario, no existe ninguna norma que regule la recolección de setas. Desde la Diputación de Guadalajara se instó hace dos años al Gobierno regional a que elaborase una ley. Los técnicos de la Consejería de Agricultura redactaron un borrador que desde hace varios meses descansa en algún cajón. Lo impopular de la medida y el rechazo por parte de algunos vecinos y ayuntamientos de las zonas afectadas parecen ser el motivo.

El escaso número de guardas forestales, la imposibilidad de los ayuntamientos, pequeños y sin recursos, para contratar vigilancia en sus montes y la pobre dotación del Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil (Seprona), con pocos números y muchas hectáreas que vigilar, deja nuestros montes en manos de la conciencia cívica de quienes los visitan. Un asunto que puede escaparse de las manos a las autoridades y causar daños irreversibles al medio ambiente.

En Cogolludo, todos los días del mes de octubre una decena de mujeres se reúne en una nave y clasifica entre 1.000 y 1.500 kilos de níscalos recogidos ese día en el monte. "Ya ve usted, hace 20 años aquí no los hacíamos ni caso, sólo cogíamos setas de cardo y poco más; ahora el pueblo se llena de gente todos los días", comentan mientras armadas con un cuchillo, unos guantes de goma y unas cajas de madera, eliminan las partes dañadas de esta seta cada vez más apreciada.

Entre un 10% y un 15% de los hongos que pasan por las manos de estas controladoras de calidad no sirven para ser comercializados. Es imposible saber cuántos kilos se recolectan en esta zona de Guadalajara en la temporada de otoño en un año generoso como el 2002, pero sólo la empresa para la que trabajan estas mujeres puede llegar a vender entre 500 y 1.000 toneladas en los mercados de Barcelona y Valencia.

Un 75% del valor de los hongos se queda por el camino entre intermediarios y gastos de transporte, selección y conservación. "El mercado fluctúa diariamente como la Bolsa. Hay veces que trabajamos con márgenes del 50% o más entre compra y venta, pero otras se pierde dinero. Nosotros compramos en el campo y, sin embargo, el precio de compra-venta en los mercados lo marca otra gente que está a muchos kilómetros de distancia", dicen. En los comercios madrileños, el precio de venta al público del níscalo oscilaba el pasado jueves entre los 15 y los 20 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de noviembre de 2002