Ana Rossetti presentó el otro día en Granada su Tratado sobre el sexo de los ángeles, y la noticia me recordó las disquisiciones teológicas en que andan metidas la Junta y algunas cadenas de televisión por culpa de la campaña informativa diseñada por aquella para explicar los efectos derivados de la supresión del subsidio agrario y el PER.
Resolver, como pretenden Antena 3 y Televisión Española, si esta campaña es limpia información o sucia política para permitir o no su emisión es algo tan inútil como discurrir sobre si los ángeles son machos o hembras. Por cierto, no sé si en sus reflexiones los remilgados directivos de estas cadenas tan pudorosas analizarán también sus propios contenidos, sus mensajes subliminales y sus puntos de vista, y si decidirán a tenor de lo evidente suspender los telediarios de La Primera, que cada vez se parecen más al NODO. No es que los telediarios de Canal Sur sean un prodigio de objetividad, pero al menos sus directivos no han tenido -por el momento- el morro de vetar una campaña de publicidad por considerarla política. ¿Es que hay algo que no lo sea?
Pero más allá de dirimir si la campaña de la Junta es o no información institucional, observen las connotaciones negativas de lo político en la llamada ley de Televisión sin Fronteras, el texto al que se acogen esas televisiones para no emitir estos anuncios: su artículo 10 prohíbe expresamente 'la publicidad de contenido esencial o primordialmente político o dirigida a la consecución de objetivos de tal naturaleza' como si prohibiera los anuncios sexistas o la incitación a la xenofobia. Por Dios bendito, ¿qué concepto vamos a tener nosotros de los políticos si son ellos mismos los que denigran de ese modo su propia actividad? ¿Se imaginan que las farmacias disuadieran a los enfermos de comprar medicamentos elaborados por laboratorios farmacéuticos o que los colegios de médicos expulsaran a sus miembros por ejercer la medicina?
Al creciente descrédito de la política entre los ciudadanos contribuyen, por supuesto, declaraciones como aquellas del consejero Ortega sobre la corrupción o comportamientos recientes como el de López-Amor. Pero hay otras palabras, menos llamativas y pronunciadas curiosamente por gente del gremio, que a la larga resultan igualmente corrosivas para el prestigio de la actividad. Me refiero a la acusación, muy frecuente entre dirigentes institucionales, de que el presidente Tal no gobierna para todos, sino solamente para los de su cuerda. Se diría que el candidato vencedor en unas elecciones tiene que olvidarse de las tendenciosas ideas que le han dado la victoria y legislar con una especie de programa apolítico, porque aplicar unos principios ideológicos es incompatible con el sentido de estado. 'Fulano -oímos muchas veces- ha hecho esto por motivos partidistas', como si la peor aberración de un político fuera pertenecer a un partido, asumir una ideología, tener una particular visión del mundo, y tratar de llevarla a la práctica durante su mandato. Como si no hubiera, en fin, nada más pestífero que hacer política.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de noviembre de 2002