El resultado de las recientes elecciones turcas, que han dado un triunfo indiscutible al partido islamista de la Justicia y Desarrollo (AKP), ha estremecido a los europeos. Turquía es un permanente candidato a ingresar en los Estados Unidos de Europa con el que la Unión no quiere iniciar el proceso de aproximación. Erdogan, líder del partido triunfante, aupado por una reglamentación electoral de escasa catadura democrática, está procesado por exaltación belicosa de los valores islámicos, debido a la reproducción de unos versos preferidos por Kemal Atatürk, fundador de la Turquía moderna.
Por otra parte, y frente al presumible laicismo de la Unión Europea, Valery Giscard d'Estaign ha ido al Vaticano a entrevistarse con el sumo Pontífice. El Papa le ha recordado su deseo de que la futura constitución europea recoja las raíces cristianas de la comunidad de países que se creó a partir del Tratado de Roma de 1957.
Aunque Turquía vive una situación política convulsa y de dudosa credibilidad democrática -el desprecio a las minorías invalida el 40% de los votos-, a los españoles no debe alarmar la pretensión de iniciar conversaciones para la integración porque, en 1957, cuando se abrieron para nuestro país, vivíamos en plena dictadura y sin ninguna perspectiva de superarla.
Estos acontecimientos coinciden con la visita a Bruselas del líder y candidato socialista (PSPV) a la presidencia de la Generalitat Valenciana, Joan Ignasi Pla, precisamente para manifestar la preocupación de los intereses valencianos ante las consecuencias de la ampliación de la UE. Este viaje replantea el papel de la Oficina de la Comunidad Valenciana en Bruselas y las diversas posiciones, incluida la de la Comisión Europea, frente a las representaciones autonómicas, no sólo españolas, para defender los intereses territoriales, al margen de los conocidos grupos de presión (lobbies) empresariales, sindicales o sectoriales.
El resultado de las elecciones turcas abre una serie de incógnitas. ¿La vocación europeísta de Erdogan y sus seguidores islamistas es sincera? ¿Sería posible la alineación de un país gobernado por un partido islamista en la UE? Otro aspecto diferente y mucho más prosaico es si conviene la ampliación prevista en la UE para los intereses de la Comunidad Valenciana. Y todos los indicios globales dan un balance positivo. Cítricos y otras producciones hortofrutícolas podrían encontrar en la oferta turca un competidor peligroso, sobre todo por sus bajos costes. Sería muy delicado que Europa renunciara a una zona donde en cierta medida se sitúan sus orígenes. Bizancio y Constantinopla están en los fundamentos de la actual Estambul. Casi setenta millones de habitantes repartidos en cerca de 800.000 kilómetros cuadrados en un enclave estratégico del Mediterráneo, puerta del mar Negro y encrucijada de Asia, Europa y Oriente Próximo.
Es difícil para un valenciano sentirse extraño en este país donde el 98% de la población se declara musulmana y en el que los españoles despiertan espontáneas manifestaciones de simpatía. Sergio, Ashmet o Suat son personajes turcos trasladables a cualquier mercado o bazar del Mediterráneo español y su talante refleja la esperanza de un país que merece mejor suerte.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de noviembre de 2002