En tren
Saliendo en cercanías de la Estación del Norte hacia Castellón, el viajero se topa casi enseguida con los restos de chabolismo y huertecitos cercados de hojalata que se extienden desde la Fuente de San Luis hasta lo que antes era la playa, justo antes de entrever entre los quejumbrosos restos de una agonizante arqueología industrial las terribles siluetas como de cómic manga de las construcciones todavía en curso de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias. La impresión es de pesadilla, en un encontronazo visual que traslada al viajero en poco menos de un quilómetro del siglo diecinueve a otro recién estrenado donde cualquier despropósito encuentra asiento. Es en cierto modo un descanso entrar en el túnel socialista de El Cabanyal para salir ya casi en Alboraia y serenar el ánimo ante las repeinadas extensiones de los cultivos de chufa.
Canciones, qué lugares
Es cierto. Pedro Guerra o Joaquín Sabina se expresan con tanta verosimilitud en las entrevistas, televisadas o no, que no haría ninguna falta que además hicieran canciones. Pero no existirían sin ellas. Lo digo también por el auge de la radio, que permite escuchar a cualquier hora mientras la mirada atiende a otros estímulos. Hay una pléyade o montón de supuestos cantautores que se expresan mejor en sus conversaciones que en la dudosa rima de sus composiciones. Les pierde el exceso de narratividad, la incapacidad para la síntesis poética, la pasión por el refrito de boleros impostados. Y los rasgos de ingenio adolescente. Lo peor de Sabina no es que titule su último trabajo 69 punto G, en rijoso homenaje a la radio de medianoche, sino el cansino soniquete de una inspiración siempre idéntica a sí misma. A fin de cuentas, el Walk on the Wild Side de Lou Reed era una simple crónica doméstica de un entorno ensimismado. Pero qué voz y qué apostura, criaturas.
El equipo del líder
El argumentario del partido todavía en el Gobierno, tanto aquí como allá, es simple como un botijo, aunque bastante menos ingenioso. Los socialistas tendrían, al fin, un líder con posibles, pero carecen de equipo y de programa. En cambio, ellos disponen de un programa (que hay que suponer incumplido, porque de lo contrario no se entiende lo que expresan las encuestas y otras vibraciones respecto de las circunstancias que preocupan al personal), y de un líder en presunta y sabia retirada que, por cierto, está recibiendo más leña que el mono de feria incluso por parte de sus feriantes, que ya empiezan a urdir reorientaciones próximas. Un partido que parece sufrir el síndrome del Real Madrid, equipo tan plagado de estrellas que ninguna se cree en la obligación de marcar goles por su cuenta. Por cierto, ¿no estará la mano de Zaplana en la eliminación copera de nuestro Valencia por el Alicante?
Las aguas bajan turbias
Sucede que los empresarios se asocian, como es natural, en defensa del llamado con cierta pompa y circunstancia Plan Hidrológico Nacional, con su correspondiente Moisés al frente (curioso que todavía la canastilla del bebé responda a un apelativo de tanto esplendor), mientras que los disconformes de siempre también se asocian en contrario y, sobre todo, recriminan. ¿Y qué recriminan? Intenciones que el promotor jamás reconocerá. El mítico Ebro no parece estar para esa clase de bromas caudalosas, sobre todo cuando en su probable desvío se sumergirá como en piscina de agua salina esa clase de empresarios para los que el futuro pasa por un dulce paisaje repleto de campos de golf con unos cuantos miles de adosados como guarnición de silla. Es mucho lo que está en juego, mucho cemento y mucho dinero. Y poca agua verdadera para tantas sedes.
El desencanto, S.A.
La nómina de desencantados más o menos encantados de conocerse no concluye con la historia de la familia Panero, inmortalizada en una antigua película del mortal Jaime Chavarri, no. Prosigue por otras derrotas y distintas intenciones. Es el caso de los anarquistas nominales que dan servicio a la derecha reinante. Jiménez Losantos, esa papilla de nutribén, amigo inmerecido de Alberto Cardín en otro tiempo, está pasado de revoluciones para dar la talla. Más delito tiene Gabriel Albiac, que ejerce en la prensa de nihilista consentido a lo Cioran, en un anciano ejercicio de pasotismo sofisticado que no le evita desmelenarse cuando, a propósito del pobre Barrionuevo (en su lugar querría haberlo visto, en vez de hacer el papelón de Simeón el Estilista desde su columna), aprovecha para decir más o menos que los socialistas de ahora mismo continúan todavía sedientos de sangre. Uy, qué miedo, Zapatero.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de noviembre de 2002