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COLUMNA

Los silenciosos

Una de las formas habituales de enjuiciar a un jugador es por el ruido que hace. No es mala y menos en estos tiempos, donde, por ejemplo, es impensable el éxito en televisión si no tienes a unos cuantos haciendo ruido, el máximo que les sea posible sin cargarse los micrófonos. Pero de la misma manera que hablar a gritos no te asegura el decir cosas más interesantes o de mayor enjundia (casi siempre suele ser lo contrario) calificar a un jugador por su capacidad para elevar los decibelios de un pabellón o de una retransmisión resulta parcial, poco profunda e injusta para muchos jugadores silenciosos. Es más, el problema básico que ha provocado que la NBA mordiese el polvo por partida triple en el Mundial de Indianápolis de este verano es precisamente su amor por el ruido.

Pero en sus raíces y fundamentos el baloncesto está más cerca de los habitantes de la otra orilla, los silenciosos. Son esos tipos adorados por los entrenadores, que parece que no hacen casi nada mientras hacen casi todo. Y a esta familia pertenecen gran parte de las estrellas que andan por nuestra liga y que tuvo el sábado en el Palau un de sus partidos estelares. Lo fue por ambiente, pasión y dureza, porque en lo demás, o sea en el juego en sí, constituyó más bien un petardazo para lo que se esperaba. Pero dejando a un lado la calidad de lo que se vió, que fue bien poca, sí fue un ejemplo más que en el Barça reinan dos silenciosos, Bodiroga y Fucka. El yugoslavo no pareció estar cómodo en casi todo el partido, agobiado aparentemente por el marcaje del argentino Paladino. Estadistica: 21 puntos, cinco rebotes, tres asistencias y como siempre el protagonismo en el último cuarto. El pívot italiano da toda la impresión que necesita una ración extra de alubias. Es algo desaliñado, no tiene cara de matón y Griffith, el pívot del Tau le saca cuatro tallas de hombros. Resultado: 17 puntos, 9 rebotes. Curiosamente el ruidoso por excelencia del baloncesto blaugrana y nacional, Navarro, vivió una noche negada.

Siempre es de agradecer ese tipo de jugador atlético, capaz de impresionar al lograr cosas que están fuera del alcance de la mayoría, pero nunca debemos olvidar la necesidad de distinguir entre el artificio y el oficio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de noviembre de 2002