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Crítica:TEATRO

Gordo y lenguaraz

'¡Que salga el Gordo', gritaron algunos espectadores, como una consigna, apenas surgió por uno de los laterales una nube de humo con olor a incienso. Y salió, entre ovaciones que ya no cesarían en todo el espectáculo. Entusiasmo, sobre todo, de los argentinos que llenaban la sala para oír a una institución como este humorista obsceno y efectivamente, gordo que ejerce una crítica de su actualidad. La primera parte es la que le presenta como un dinosaurio de 63 años: un hombre incapaz de vivir en un mundo de ordenadores y telefonitos de bolsillo. Una crítica del desarrollo técnico que, efectivamente, parecía volverse contra él con un problema de altavoces que no le permitía ser oído en el piso alto: el stacatto de su prosodia rapidísima zumbaba más que otra cosa. Lo resolvió, dentro, el sonidista, mientras él se burlaba de su propia situación con ingenio. La segunda parte es la explicación de su obscenidad, justificada con referencias al Quevedo de Gracias y desgracias del ojo del culo: la sucesión de palabrotas, insultos y formas soeces forman parte de su comicidad, aunque algunos argentinos decían que es más osado en Buenos Aires. Pueden haberle dicho que aquí hay un beaterío mayor, sobre todo por parte de la Comunidad, que es la que paga sueldos, dietas y viajes en el festival.

Serenata argentina

Interpretación y dirección de Enrique Pinti. Festival de Otoño. Teatro Albéniz.

La última parte es la Serenata argentina del título: burla de la situación dramática, culpa a militares y políticos, elogio del ciudadano que aguanta y tributo al artista que sigue trabajando y creando a pesar de todo: ejemplo, él mismo. Esto sirvió de tema a una cancioncilla innecesaria para cerrar su talk show, tan del gusto de todos. En el cual tuvo su momento positivo, digamos: el elogio al general Perón, con cuya dictadura todos los obreros comían, y estaban sindicados y alegres, mientras la izquierda se alzaba vanamente proclamando revoluciones sociales innecesarias. Se lo deben haber contado, digo yo, o tenía una infancia precoz, además de procaz, en 1946. Mi idea es que la serie de desgracias de Argentina, que culminan ahora, empezaron ahí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de noviembre de 2002