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COLUMNA

Coto rancio

Estamos en temporada de caza, una actividad invernal. Con estos fríos, docenas de miles de castellanos se entregan a este deporte manteniendo la esperanza de traer lleno el zurrón. Las estadísticas sorprenden con el número de escopetas, de jornadas, piezas cobradas, cartuchos gastados y trajín económico. El personal que se dedica a ello es superior a lo imaginable por quienes son ajenos y dejó de ser una diversión elitista y de cazadores furtivos. Desconozco los detalles, pero poco cuesta suponer que los cotos sociales ocupan mayor territorio que los antiguos vedados señoriales.

En tiempos pasados asistí a algunas cacerías, disfrutando de sus numerosos atractivos, salvo el de disparar. Nunca he tenido escopeta, quizás por falta de afición, pero he admirado la maestría de algunos famosos tiradores. Se descubrió que algún componente de los perdigones resultaba nocivo para la agricultura, fue tomada conciencia de ello e imagino que el problema ha desaparecido, lo que habrá que agradecer a los ecologistas, ojo avizor suplementario de lo que deberían llevar a cabo las autoridades competentes, aunque a veces se pasan. Suelo visitar una extensa propiedad en tierras cercanas, generalmente en tiempo de veda, y he comprobado el extraordinario fenómeno que llegó a mudar la geografía de esta zona. Tierra pedregosa, ocre y gris, azotada por el viento de la alta llanura, inhóspita -salvo en algunos recónditos oasis-, ha ido cambiando bajo la mano del hombre. A izquierda y derecha de la carretera, del tren que llega en dos horas a Albacete y en cuatro a Valencia, ahora, entrados en el invierno, el paisaje verdea y se adivinan ondulantes campos de maíz, remansos de trigo y mares de cebada. Antes, olivos, encinas, vides y pinos.

De vez en cuando, el enorme compás de un pivot riega cuando quiere el amo, que ha buscado, hasta encontrar, el origen de la vida, el agua escondida a 200, 400 metros, bajo tercas lascas de mineral de fierro que preservan el tesoro. Conocí la instalación del que fue el mayor de Europa, creo: riega 165 hectáreas. Algunos hombres emprendedores -hay muchos- dejaron de sorber la vena de los acuíferos superficiales, que casi han agotado su caudal, para emprender la extracción vertical. Propiedades que ni siquiera tenían caza menor, ni mayor -necesita comer donde lo haya y beber- apenas entretenían unos ocios durante las semanas en que está permitido cazar. La mayor parte de la España central se ha conformado en latifundios, no cabe otro sistema agrario, y estuvo en manos de la Iglesia y de los grandes señores. Salvo algunas cooperativas, cuyo desarrollo y viabilidad ignoro, resulta infecundo el esfuerzo de los municipios, pobres en su estructura.

En esa finca donde voy cuando puedo, hace cincuenta años había 100 mulas y hoy tiene 12 tractores, cosechadoras de cereales, recolectoras de remolacha y -me consta- en su yermo perímetro se han convertido al regadío 1.500 hectáreas, algo más del 10% de una superficie improductiva. Otrora fue sólo terreno de caza con casas de labor desperdigadas, sin luz, ni agua, donde residían algunos braceros hasta que la emigración les liberó. Hoy, además de sus dueños, viven directamente 80 familias, y vienen trabajadores de la vecina Albacete en sus automóviles. Nada que ver -en este y otros casos- con las tierras, nunca visitadas, de la señora duquesa, en manos de codiciosos administradores. Una pelea contra el mal tiempo, la lluvia inoportuna, el pedrisco devastador, las fluctuaciones del mercado. Y otro enemigo del equilibrio ecológico: los depredadores, entre los que reina el zorro astuto e insaciable. Se zampa perdices, palomas, conejos, arruina los sembrados y atenta contra el equilibrio en la zona. Ponen trampas para acabar con él, que también agrede a las crías de los 600 ciervos, gamos y muflones cobijados en una cerca de 1.500 hectáreas. No hay leones ni otras fieras que le hagan la competencia, es preciso elegir entre él y sus víctimas.

Una organización ecologista ha resucitado el eslogan rancio del coto cinegético intensivo, el impreciso exterminio de especies autóctonas, los señoritos, banqueros, empresarios y pretendientes políticos. Claro, que hacen la obligada salvedad de los cotos sociales: se los comerían. Las denuncias no han prosperado, quizás porque carecen de fundamento. Yo, que no soy cazador, me quedo con quienes rescatan con esfuerzo el avaro fruto de estas desamparadas tierras minerales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de noviembre de 2002