Perdonen esta germanización: guerra relámpago, guerra de fogonazo de pólvora. La recuerdo porque ahora emite Bush el término 'guerra rápida' para la que le va a caer encima, de momento, a Irak: quizá a Corea del Norte, a otros infieles de distintas infidelidades. El plan ya está decidido: antes de la votación esclava del Consejo de Seguridad, de la unanimidad de la ONU. Con la mayoría en el Congreso (cuidado: sólo tuvo 80.000 votos de mayoría). La guerra de Hitler, con sus blindados, o 'panzer divisionen': entonces se introducían en nuestro lenguaje las palabras alemanas, como ahora las del inglés americano; o como las romanas y las árabes en otros tiempos.
Los españoles, tan orgullosos como la banderota de Madrid, somos capaces de absorber todo lo que los imperios aportan. Somos valientes, decididos y listos. Mejor: si no, no tendríamos idioma propio. Hitler cortó como con un cuchillo la mantequilla de Europa, hasta el Mediterráneo, Asia, el Estrecho. Con el placer que tienen los guerreros por matar a los civiles; con los otros militares tienen siempre un respeto que se llama honor. Recuérdese el cuadro de Las lanzas, o La rendición de Breda. La misma manera que tienen ahora de maltratar hasta la angustia a los afganos presos, trasladados en aviones como antes iban los esclavos en los barcos negreros, se justifica porque no se les puede considerar militares: son terroristas, civiles irregulares.
Como en España mataban los franceses a los guerrilleros españoles, por los que no tengo una simpatía histórica: soy un afrancesado tardío. Habrá guerra: a pesar de los manifestantes. Digamos 750.000 sacando la media matemática del medio millón que dicen los guardias y el millón que dicen ellos mismos. Vi en una foto publicada en este periódico la bandera de mi país al frente: roja, amarilla y morada. La de la República Española. La llevaban algunos jóvenes: supongo que, más que por aquel país del que sólo saben leyendas, incluso las de los historiadores, y hasta las de los buenos, por una filosofía que viene del fondo de los tiempos. No sé lo que durará este renacimiento, porque la izquierda es una opción muy rara en la vida: apenas deja de sufrir lo peor, se deja llevar por lo peor o trata de pactar con los que nunca pactan, con los que no saben perder.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de noviembre de 2002