Encuentro algo extraño en el adulto aficionado a rodearse de adolescentes. No hablo de sexo. Puede ser tan sórdido el adulto que se arrima a las mentes poco formadas a fin de adoctrinarlas. A cierta edad, el joven sólo desea afirmaciones vehementes, y hay adultos que se valen de esa tendencia natural al fanatismo adolescente para ser admirados. Podría compararse al hombre poco hombre que teniendo miedo a las mujeres sólo se atreve con niñas; aquí hay también algo de impotencia, el hombre que sólo puede convertirse en líder rodeado de muchachos. Lee Malvo, el adolescente acusado de asesinar a varias personas a tiros en Virginia, no ha querido declarar en contra del hombre que lo adiestró. Malvo tiene diecisiete años y una vida marcada por la desgracia. Sin padre conocido y abandonado en su infancia cada dos por tres por una madre incapaz, Malvo encontró en John Muhammad algo parecido a un padre, cruel pero protector, tiránico pero fiel. Muhammad lo obligaba a ir tres pasos por detrás de él, como un perro, le entrenaba, le marcaba una dieta alimenticia. Para el niño huérfano tal vez eso sea lo más parecido a tener a alguien en el mundo. Pero la sociedad norteamericana, ya lo decía Scott Fitgerald, no concede una segunda oportunidad. Malvo no será reeducado, ni reinsertado. O se pudre en la cárcel o lo condenan a muerte. Lo condenarán a muerte.
La adolescencia es esa edad en la que uno se deja engañar fácilmente. El niño se fía de sus padres y no se va con cualquiera, pero el adolescente desea creerse las mentiras de los extraños. En las cárceles estadounidenses hay setenta jóvenes encarcelados porque alguien les engañó en las discotecas de Madrid, de las Palmas, de Valencia. El adulto localizaba un incauto y le contaba que si hacía un viaje a EE UU con coca o éxtasis se ganaría un dinero fácil. La situación de estos muchachos en la cárcel es tristísima. Y la vida es tan injusta que el ser despreciable que les embarcó en esto seguirá vendiendo su mentira a ignorantes que no saben que aquí los cazan como moscas. La vida es tan injusta que Lee Malvo no quiere declarar en contra del hombre que le enseñó a matar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 20 de noviembre de 2002