Yemen -un país "amigo y aliado en la lucha contra el terrorismo", según el portavoz de la Casa Blanca- es una república árabe, fronteriza con Arabia Saudí y el sultanato de Omán.
Nacido en 1990 de la reunificación de Yemen del Norte, capitalista, y del Sur, comunista, el país se encontraba en la lista negra de EE UU desde antes del 11 de septiembre, por las conexiones descubiertas tras los atentados en Kenia y Tanzania, en 1998, con varios grupos tribales. Además, la CIA tenía información sobre yemeníes que se unieron a las guerrillas afganas para luchar contra los soviéticos, algunos de los cuales engrosaron después las filas de Al Qaeda. De ahí las amenazas de Washington de intervenir en Yemen nada más iniciar su campaña antiterrorista.
No fue necesario. El presidente Alí Abdulá Salé no dudó en atender la exigencia de EE UU de entregarle a dos supuestos implicados del clan Al Jalal en los atentados del 11-S, para lo que lanzó un ataque con tanques y helicópteros contra su base.
Un año antes, durante la presidencia de Clinton, Salé también accedió a que entrase en Yemen el FBI para investigar la acción de un comando suicida que hizo estallar un bote bomba junto al buque Cole, anclado en aguas yemeníes, y que causó la muerte a 17 marinos estadounidenses. El FBI abrió una oficina en Saná, capital de Yemen, que sigue funcionando.
La cooperación entre EE UU y Yemen data de esa época y cobró relevancia cuando en marzo pasado Salé aceptó en su territorio "un número limitado de expertos instructores" para entrenar a las tropas en la lucha antiterrorista. A pesar de ello, el 6 de octubre una explosión alcanzó en las costas de Yemen al petrolero francés Limburg y causó la muerte de uno de sus tripulantes. Días después, un misil disparado desde un helicóptero de EE UU mató a seis supuestos miembros de Al Qaeda que viajaban en un coche a unos 200 kilómetros al sur de Saná.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de diciembre de 2002