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Editorial:

Abordaje en el Índico

El abordaje por fuerzas navales españolas en aguas del Índico de un barco norcoreano sin bandera que transportaba ocultos 15 misiles Scud, aparentemente con destino a Yemen, tiene varias lecturas y todas ellas inquietantes. Las dos más relevantes apuntan a la inequívoca catalogación de Corea del Norte como uno de los regímenes más incontrolados del mundo y al destino final de los cohetes interceptados, reclamados por Yemen como propios con el beneplácito final de EE UU. El corolario del episodio es la pertinencia de la vigilancia, englobada en la Operación Libertad Duradera, de los corredores susceptibles de ser utilizados para el aprovisionamiento del terrorismo fundamentalista que orbita en torno a Al Qaeda.

La eficaz intervención de la Armada tiene que ver con el hecho de que desde el 30 de octubre y hasta finales de año este dispositivo de control multinacional en el Índico, dirigido por EE UU y que engloba también a navíos de guerra de Alemania, Francia y el Reino Unido, está bajo mando español. Pero el espionaje estadounidense mantenía bajo vigilancia el barco pirata y parece claro, al margen del crucial destino de los misiles, que el guión del incidente ha sido controlado por Washington para transmitir al régimen estalinista de Pyongyang el mensaje de que está sometido a acecho permanente.

Corea del Norte, que en octubre pasado reconoció súbitamente estar desarrollando un programa clandestino de armamento nuclear, vive una situación límite. El régimen más aislado del mundo cubre en buena medida sus necesidades más acuciantes vendiendo tecnología de misiles a todos aquellos Estados que estén dispuestos a pagar en divisas o petróleo, principalmente de Oriente Próximo y Asia. Los Scud hallados en el barco norcoreano son de anticuada e imprecisa tecnología soviética, pero alcanzan más de 500 kilómetros y pueden ser cargados con cabezas de destrucción masiva, químicas, biológicas o nucleares. Y se pueden lanzar desde camiones especiales.

En aras de las relaciones, Washington parece haber dado por buena la versión yemení de la propiedad del cargamento al anunciar anoche que devolverá el barco confiscado. La teoría reza que ni EE UU ni sus aliados pueden interceptar militarmente un comercio legal de armas, y que Corea del Norte ni siquiera es signataria del régimen de control de tecnología de misiles, el acuerdo que supervisa su exportación. Pero los hechos hablan de cohetes transportados bajo camuflaje y sin declarar -el barco llevaba oficialmente cemento- en un carguero sin bandera. El hecho de que el mercante intentase huir de sus perseguidores españoles hace aún más rocambolesca la pretensión yemení de legalidad del asunto y su mismo desenlace inicial.

Yemen puede ser un aliado nominal de EE UU en su lucha contra el terrorismo islamista, pero es una realidad que su Gobierno no controla muchas de las zonas del país, donde las redes de los fanáticos islamistas se mueven a sus anchas, y que sus aguas fueron escenario del mortífero ataque de Al Qaeda contra el destructor estadounidense Cole, y más recientemente, y por el mismo procedimiento, contra un superpetrolero francés. Los acólitos de Bin Laden, además, son especialmente activos en las regiones aledañas del Cuerno de África.

En cualquier caso, todos los cabos de la madeja van a parar a Pyongyang, uno de los tres integrantes del eje del mal. Hay evidencia de que Corea del Norte tiene un programa avanzado de armamento atómico, al igual que la hay de su violación sistemática de los tratados, de su hostilidad irredenta hacia Corea del Sur o de los procedimientos nazis contra su propia población. EE UU, pese a ello, avala medios de presión diplomáticos y económicos, en vez de una eventual acción militar, impensable desde el momento en que a tiro de la cohetería norcoreana hay una ciudad, Seúl, con 10 millones de habitantes. El incidente del So-San, en este contexto, parece diseñado para reforzar los argumentos de Washington, que su diplomacia explicita estos días en varios países asiáticos, en favor de apretar decididamente las tuercas al régimen de Kim Jong Il.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de diciembre de 2002