Ha habido personas que a lo largo de la Historia han sabido y podido transformar la sociedad, conseguir la libertad, superar las injusticias y derribar verdaderas murallas, sin derramamiento de sangre. Gandhi lideró la independencia de la India por medios no violentos; Martin Luther King lideró la lucha por los derechos civiles de los negros y, aquí mismo, los insumisos han logrado la abolición del servicio militar. Si todo esto ha sido posible sin recurrir a la violencia, ¿por qué ideal merece la pena mancharse de sangre, existiendo otros medios o formas de lucha más civilizadas y acordes con los derechos humanos con los cuales poder transformar nuestra realidad?
Nunca el asesinato puede formar parte de la acción política. Asimismo merece nuestra reprobación y condena el terrorismo de Estado, la tortura, la violación de la dignidad y derechos de los presos, la aplicación de la pena de muerte, etc. Cada vez que sea asesinada una persona como consecuencia de la espiral de violencia que padecemos, daremos testimonio de nuestro desacuerdo con el hecho en sí (la conculcación del derecho a la vida) concentrándonos silenciosamente.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de diciembre de 2002