En otros tiempos, podía ocurrir que cuando un grupo de aficionados se reunía, decidiera fundar un equipo de fútbol y un club que los representara. Así nacieron las más importantes entidades de un deporte que, aunque no lo parezca, sigue siendo un espectáculo muy superior en emoción a la mayoría de los que aparecen en la cartelera. Ahora, en cuanto se juntan una decena de hinchas, les da por constituirse en grupo opositor. Parece una reacción casi instintiva que, en las últimas horas, se ha contagiado por el país con más virulencia que la gripe. Los alrededores del Camp Nou vieron cómo las furgonetas de Alternativa Blaugrana recogían las firmas que vehiculaban la indignación de los socios en forma de apoyo a una moción de censura que muchos se toman en broma pero que, de seguir las cosas como anoche, no sólo cuajará sino que puede modificar la estructura molecular de la oposición. El árbitro contribuyó a la amargura con una actuación defectuosa, que ayudó a la desesperación general en forma de pañolada y bronca, ante la mirada del ex presidente Núñez, que vio cómo sus alumnos más aventajados conseguían, en sólo dos años, algo para lo que él necesitó bastantes más.
Sobre el césped, Van Gaal volvió a morir con sus pocas ideas puestas. Ya saben: como Dani jugó bien contra el Newcastle, lo ponemos de extremo derecho y así conseguimos que se desquicie, con lo cual podemos condenarlo pronto al banquillo y degradarlo como hemos hecho con tantos otros. El entramado táctico de Van Gaal recuerda el argumento de una novela barroca que sólo su creador entiende y con el que los personajes se desesperan y los lectores se aburren o disgustan, incluso aquellos que, ingenuos, intentan encontrar alguna coherencia en la sucesión de escenas inconexas y desconcertantes. En las inmediaciones del palco, el directivo Francesc Closa responde a preguntas de periodistas. Si le hablan de la moción de censura, responde que el socio debería tener en cuenta la credibilidad del señor Carrillo. Hace 15 días, los mismos que acusan a Carrillo de no tener credibilidad estuvieron a punto de asignarle la dirección de Gent del Barça y de incorporarlo a la directiva. ¿En qué quedamos? Probablemente sea un oportunista, pero su atrevimiento e inconsciencia llegan en el momento justo, ya que se constituye en la única urgencia histórica de la que puede echar mano el culé cabreado. Las furgonetas de la moción de censura se vieron desbordadas, puede que porque no estén preparadas o por exceso de demanda. Que nadie se rasgue las vestiduras: estar desbordado es una constante del club. Está desbordado el presidente, que no consigue encauzar dos decisiones correctas y que se flagela innecesariamente en lugar de reaccionar con entereza y serenidad tomando ya las decisiones para mejorar la situación crítica de la entidad. Está desbordado el entrenador, ebrio de un extraño narcisismo táctico. Está desbordado el equipo, que ya no sabe a qué juega y que sufre, y no es broma, un estrés que propicia lesiones y sobrecargas. Y por supuesto, está desbordada la afición, que, tras meses de resistencia y paciencia, empieza a manifestar, a gritos y con un sincopado movimiento de pañuelos, su inequívoco cabreo. ¿Contra quién? En este caso contra el que, durante semanas, ha pedido que le silben. Nadie podrá decirles a los socios que no hagan caso a su presidente. Aunque nadie debería olvidar, y menos hoy, que ellos lo eligieron para el cargo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de diciembre de 2002