La industria petrolera sigue bajo mínimos, pero la huelga contra Hugo Chávez, que hoy cumple 26 días, no paralizó Venezuela, pese a cerrar escuelas, bloquear vuelos nacionales, restringir el servicio bancario o asestar un duro golpe al vital abasto de cerveza. La guerra de desgaste es posible porque las empresas pagan el salario de los trabajadores en paro, funcionan los ministerios, mercados populares y pequeños comercios, y todavía hay gasolina. Las colas son kilométricas, pero la escasez no alcanza todavía la penuria.
Las principales bazas de la oposición residen en la inmovilización de Petróleos de Venezuela (PVDSA) y en las manifestaciones. La parcial paralización de otros sectores apenas aporta fuerza política a la coalición gubernamental y es casi inexistente en las áreas populares y chavistas de un país con el 80% de 24 millones de habitantes, humildes, pobres o míseros. Más de 20.000 vendedores ambulantes invaden el centro de Caracas y de otras ciudades y el Gobierno bombea víveres y artículos de primera necesidad a precios bolivarianos.
Millón y medio de funcionarios acude al trabajo. Los colegios privados secundan el paro y buena parte de los profesores de los públicos. La huelga es promovida por la principal organización empresarial, Fedecámaras, cuyos afiliados representan el 90% del PIB no petrolero, y por la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), con 1,3 millones de afiliados. Carlos Ortega, secretario de la CTV, hizo anoche un llamamiento a la desobediencia civil.
Los sindicalizados en todo el país son tres millones. El 70% de la población activa está fuera de los circuitos formales de contratación: el 50% en la economía informal y el 20% restante en el paro. Sólo un 30% de ese 70% está sindicalizado, y casi la mitad de ese 30%, en la CTV.
En torno al 70% de los 260 grandes centros comerciales continúa en paro, según los promotores de la protesta. Pero la constelación de venezolanos entregados a su suerte es ajena a la protesta. "El presidente no da el brazo a torcer", lamenta un ama de casa que acapara conservas. Chávez no cede porque hizo cuentas: la vida ciudadana prosigue, a pesar de las distorsiones causadas por la ruptura de las grandes cadenas de distribución, del creciente malhumor social y de pérdidas que superan los 6.000 millones de dólares y empujan a la ruina a un buen número de propietarios. "Juega al caos", subrayan fuentes de la oposición.
Contrariamente a las predicciones de los gerentes petroleros rebeldes, el Gobierno sostiene que PVDSA resucitará y la oposición habrá perdido la partida en la mesa de negociación presidida por César Gaviria, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA). "El Gobierno dice que no existe paro, que el paro no presiona al Gobierno y que no produce ningún efecto como para obligarlo a negociar", declaró ayer Manuel Cova, secretario general de la CTV. "Pues bien, le decimos a la población que hay que seguir con el paro cívico, que hay que seguir presionando en las calles, con las marchas, con las protestas, a fin de que el Gobierno pueda entender que está en las calles un pueblo que no está dispuesto a abandonarlas hasta que se produzca una salida electoral".
Pero el pueblo es diverso y una parte desconoce la protesta, porque "si lo hago no come mi familia", justifican los quiosqueros, los taxistas o el grueso de los restaurantes. Miguel Pérez Abad, presidente de Fedeindustria, que reúne a unas 6.000 pequeñas y medianas empresas, con 350.000 personas, señala que "vamos a ser un poco más pobres de lo que ya somos".
No están dispuestos a serlo y no paró la mayoría de los negocios manejados por una o dos personas, 4,6 millones de venezolanos, el 53% de la fuerza laboral, según datos del Instituto de Estudios Superiores en Administración (IESA). Son las microempresas: desde un puesto de perritos calientes a una mercería. "Han sido creadas por quienes inventan un empleo para poder salir adelante", señala la profesora Patricia Márquez. "¡Pitos! ¡cacerolas! !trompetas!", vocean los ambulantes en la opositora plaza Francia, en el este de Caracas, domicilio de la clase media.
El oeste, zona chavista, tiene casi todos sus comercios abiertos. Buhoneros venden la bicha, la Constitución Bolivariana, toneladas de material pirateado e imágenes del comandante. Aceras y calles del centro y del paseo de Sabana Grande, cerca del hotel donde se aloja Gaviria, han sido transformadas en inmensos zocos de chucherías, textiles y alimentos.
Lula replica a la oposición
La oposición venezolana exigió a Brasil, a través de su embajador en Caracas, que anule su ayuda petrolera al Gobierno del presidente Hugo Chávez. Brasil acordó enviar 525.000 barriles de gasolina a Venezuela. Esto desencadenó las iras de la oposición a Chávez."No sé por qué la oposición reclama. Queremos que Venezuela resuelva su problema de la forma más democrática posible", reaccionó el presidente electo de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva.El Gobierno de Brasilia despachó un petrolero con 520.000 barriles de gasolina como "un acto de solidaridad para con el pueblo venezolano, que no puede pagar el precio de la crisis política", precisó Lula. Una salida electoral hilvanada, dijo, no será suficiente. "Es preciso saber si las partes aceptarán el resultado electoral".Dirigentes de la opositora Coordinadora Democrática entregaron una carta al embajador de Brasil en Venezuela, Ruy Nogueira. En la carta piden al presidente Fernando Henrique Cardoso que "no incurra en actuación alguna hasta el fin de su mandato, el próximo 31 de diciembre, que pueda comprometer la imparcialidad del Gobierno de Brasil". "Que bajo ninguna circunstancia", agregan, "se concrete la disponibilidad de buques tanqueros brasileños destinados a quebrantar la resistencia pacífica de la sociedad civil venezolana, y de su sector petrolero y de transporte marítimo".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de diciembre de 2002