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COLUMNA

Inocentes

Este día de los Inocentes no puede hallarse más desacreditado. Antes tenían gracia las inocentadas, se reían las mentiras que urdían los periódicos y las bromas blancas que se administraban los amigos durante el día. Ahora, todo ese mundo provoca compasión. ¿Cómo podríamos divertirnos con tanta simpleza? ¿Cómo no veíamos ridículas las bromas a plazo fijo? ¿Cómo podría soportarse tanto candor?

Hoy aceptamos mal que la publicación de una mentira en un periódico o en un telediario tenga la más mínima gracia. El hecho constituiría un baldón. Pero ¿sería una falta porque la vida se ha vuelto más seria e impera el rigor? ¿O, precisamente, porque en medio de la sospecha constante y el continuo temor a ser timado se hace insoportable dedicar una fiesta al engaño? Aquello que era un homenaje a la inocencia sería hoy una celebración de la estafa; lo que fue una fiesta dedicada a los santos inocentes, niños de pecho, parecería, en la actualidad, una sarcástica manera de cebarse con los millones de ciudadanos defraudados por las inmobiliarias, por las salas de justicia, por los líderes políticos, los sacerdotes pedófilos y todos los demás.

La palabra inocente ha dejado de evocar algo positivo para referirse, sin mencionarlo, a todos nosotros, asiduamente burlados por las argucias del poder. ¿Nos cortarán además el cuello, los auténticos suministros informativos, los empleos, las pensiones? Bromear con la credulidad de la gente se ha convertido en asunto tabú. Porque sabiendo de sobra que nos mienten, ¿hasta qué límite nos estarán mintiendo?, ¿hasta qué zonas alcanzará la trola?

Al miedo crónico que ha instalado el modelo terrorista se suma la suspicacia crónica que propicia la opacidad del poder. Al lado de la actual exacerbación de la demanda de seguridad contra riesgos múltiples se alza la exasperada demanda de transparencia. A medida que ha crecido la globalización han ido borrándose los perfiles, a medida que han proliferado las comunicaciones se ha extendido la sombra sobre la verdad. ¿Celebrar la credulidad? ¿Quién apoyaría un día de los Inocentes cuyo sentido oculto consistiría en mofarse de esta boba y candorosa sociedad?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de diciembre de 2002