La Copa ha llegado al punto que pone en cuestión el modelo actual, que no invita a las sorpresas precisamente. Y ésa es la naturaleza de un torneo que entiende mal las diferencias entre poderosos y débiles. La Copa necesita un formato que impida partidos como el de ayer, donde el Madrid se tomó como un fatigoso trámite su duelo con el Terrassa. Sólo a la inglesa, con un único partido por eliminatoria, funciona el necesario factor de corrección para dar interés a un torneo que en España se ha descuidado sistemáticamente.
Con todas las quejas que se quieran de los grandes equipos de Primera División, la Copa debe preservar el sistema inglés hasta las últimas consecuencias, hasta la final. Es la forma adecuada de proteger el democrático acento de un torneo que ayer quedó desnaturalizado.
El Madrid ganó porque no le quedó más remedio. El honorable esfuerzo del Terrassa sólo le sirvió para ganarse la simpatía de los pocos aficionados que se reunieron en Chamartín. El partido dio poco juego en el sentido literal. No hubo fútbol, excepto algunos detalles del lateral Cristian y del zurdo Juan Carlos. Al Terrassa no le faltó ánimo, ni capacidad para molestar a la desmotivada cuerda de suplentes del Madrid. Pero nunca se le vio en condiciones de protagonizar la campanada. Era evidente la distancia entre los suplentes de Del Bosque y los titulares del equipo catalán.
Nadie lo explicó mejor que Tote, delantero singular que hace de la habilidad y la pared sus principales cualidades. De alguna forma Tote remite a un tipo de delantero que ya no se ve, como si devolviera el fútbol a otras épocas, cuando un virguero podía hacer fortuna en un gran equipo. Ahora es el tiempo de los arietes imponentes por sus condiciones atléticas, por su velocidad, por la potencia. Tote es de otra clase, uno con un físico discreto, ligero, poco veloz, sin fiereza. Un delantero, en fin, que procura aprovechar su indiscutible habilidad en espacios cortos, que busca paredes, que parece divertirse limpiando gente en la baldosa, con un imprevisto punto barroco para los tiempos que corren, tiempos que privilegian a los arietes directos y contundentes.
Pues bien, Tote fue uno de los pocos que se tomó el partido en serio, detalle que no sucedió con gente como McManaman, cada vez más alejado de la titularidad y cada vez más desmotivado. Como casi siempre, su mejor detalle llegó en el momento más intrascendente: un excelente gol, pero el cuarto y frente a un rival que ya había claudicado.
También Guti dio algunas muestras de desagrado en el arranque del encuentro, pero dejó por el camino algunos momentos espléndidos que simplemente sirvieron para recordar su inmensa clase.
A Tote le correspondió protagonizar la noche, primero porque fue el autor de la excelente jugada que precedió al gol de Celades, y luego porque animó el debate entre los ultras, que le dedicaron algunos consignas muy groseras por sus supuestas negociaciones con el Atlético de Madrid, y la fiel hinchada madridista, cuya vibrante reacción a favor del delantero animó el ambiente del encuentro.
Esa jugada de Tote en el primer gol cerró cualquier posibilidad de sorpresa. El Terrassa avisó en un par de acciones en el comienzo del partido, lo que abundó en la idea de un Madrid descuidado. Pero llegó el tanto del Madrid y no hubo más discusión. El penalti a Guti, después de dos espléndidos regates, convirtió el partido en un festivo diálogo, sin mayor trascendencia, a pesar del gol de Monty y de alguna oportunidad que desbarató César. Era la forma de añadir el punto de rédito moral a un equipo que ha salido de la Copa con dignidad y buenas maneras.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 15 de enero de 2003