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CARTAS AL DIRECTOR

Contestación a los primeros ministros III

Hacía mucho tiempo que no leía en la sección de Opinión de EL PAÍS un escrito tan pobre intelectualmente como el que se publicó, con el título de Europa y América deben permanecer unidas, el 30 de enero. Los firmantes eran siete presidentes de gobierno europeos, entre los que se encontraban Tony Blair, Silvio Berlusconi y nuestro José María Aznar.

La sucesión de simplezas resultaría hilarante si de lo que se estuviera hablando, en realidad, no fuera de la muerte de miles de iraquíes que nada tienen que ver con armas de destrucción masiva (de las que EE UU tiene miles) ni con el terrorismo internacional.

Se alude en esa poco afortunada carta a los valores que Estados Unidos y Europa comparten. Se menciona la democracia (¿la que dio a Bush las últimas elecciones?), la libertad individual (¿la que autoriza a pedir los datos de todos los estudiantes extranjeros?) y los derechos humanos (¿los que ejecutan cada año a cientos de personas en la silla o con la inyección letal?).

La carta es un ejercicio de cinismo poco elaborado. Se alude también a la paz y la libertad en nuestro continente que EE UU ha ayudado a mantener, a la proliferación de armas de destrucción masiva, a resoluciones de Naciones Unidas. Lamentablemente, a estas mentes tan claras que dirigen nuestra Europa se les olvida siempre la otra cara de la moneda.

En cuanto a armas nucleares, nadie tiene más que nuestros aliados, garantes de la paz en el mundo. Si hablamos de resoluciones de la ONU, nadie ha roto más y con mayor continuidad que Israel, que las viola, como dice el escrito aludiendo a Irak, sistemáticamente, exterminando a un pueblo entero desde hace años.

Mal está que los gobernantes que elegimos y el poder económico que maneja nos engañen, pero si se ven obligados a hacerlo, que lo hagan, al menos, con un poco de elegancia y de buena literatura. Ejemplos hay de políticos que en otras épocas seducían con su buen uso de la palabra, aunque fuera para ocultar la verdad. Los firmantes de esa carta desprecian sin rubor la inteligencia de sus posibles lectores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003