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COPAS Y BASTOS

Yogur rebelde

Muchos de los mejores periodistas del mundo empezaron a publicar siendo muy jóvenes, quizá porque la juventud es una etapa propensa a la curiosidad y a la insensatez bien entendida, características que los años se encargan de erosionar. Algunos de los clásicos que hoy veneramos se iniciaron con reportajes que requerían de cierto espíritu aventurero y de una sana propensión a contar las cosas con desparpajo (Waugh tenía 27 años cuando escribió Etiquetas, González Ruano 26 cuando publicó una fascinante entrevista a un canguro boxeador y Larra 19 cuando firmó su primer artículo). Otros brillaron por su descaro y practicaron una literatura satírica todavía vigente. Ahora, en cambio, cuesta leer periodismo escrito por jóvenes en la prensa convencional, y así es difícil averiguar qué opinan sobre el presente. Hay excepciones, claro, incluso alguna que hace un uso tan petulante de su juventud que te entran ganas de envejecer prematuramente.

Por eso sentí una gran curiosidad cuando llegó a mis manos el libro Archimondain jolipunk, publicado recientemente en Francia. El primer estímulo fue la portada: la fotografía de una chica en pelotas con la cabeza enfundada en una sonriente máscara de la rana Gustavo. El autor tiene 23 años y se llama Camille de Toledo. O no, ya que se trata del seudónimo de un hijo de Antoine Riboud, ex jefazo de la Danone ("crecí en una yogurtera", confiesa De Toledo). El libro es un reportaje-ensayo. Si se lee en plan perdonavidas, suena a paja mental de pijín metido a antiglobalizador. Leído sin prejuicios y con cariño, en cambio, resulta ser una original prueba de lo que piensa un joven (privilegiado) sobre nuestra inestable realidad. Asiduo de los mejores colegios, alumno de Ciencias Políticas y de Económicas, lector de Deleuze y Foucault, el joven De Toledo ha viajado a Seattle, Génova, Londres y Chiapas, donde reunió material para sus primeros documentales. Se ha ganado la vida como asesor económico y redactor publicitario y ha compaginado estos curros con su vocación literario-audiovisual. Para enmarcar su discurso, De Toledo elige una cifra capicúa: 911119. La primera mitad del número corresponde al 9 de noviembre de 1989, fecha de la caída del muro de Berlín. La segunda, al 11 de septiembre de 2001, día del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. Este segmento de espacio-tiempo incluye la adolescencia de De Toledo, y él lo describe con atrevida sinceridad. No duda en criticar las imposturas de generaciones precedentes, domadas por una mala conciencia que se amparaba en un final de la historia diagnosticado por decreto y contra el que, por gregarismo o pereza, no nos solemos rebelar.

Harto de tener que elegir "entre el suicidio, la risa y la desesperación", o el sacrilegio del mercado como antónimo de la burocracia, De Toledo describe así la curia de Mayo del 68: "Habían dedicado un tercio de su vida a preparar la revolución, otro tercio a traicionarla. Dedicaban el tercero a explicar su traición". Y en otra frase sobre qué salidas le dejan, añade: "Sólo nos permitían elegir entre la culpabilidad de la barbarie y el desencanto de la revolución". La barbarie tiene nombres. Nacionalsocialismo, capitalismo, comunismo, ismos que se han cobrado millones de víctimas y que invitan a apostar por el olvido no como estupefaciente, sino como rebelión contra una historia amañada por los culpables. Ante tanto dolor, el autor se desmarca de la ironía y del cinismo de lo que él denomina "estética de la resignación". Durante las luchas contra un plan urbanístico en un barrio londinense, descubre que él y sus coetáneos se mueven por una ideología ajena al catálogo convencional, situada entre "la aceptación de la fatalidad y el rechazo de la resignación", a lomos de un ideal "improbable y bamboleante" que simpatiza con, entre otros, el movimiento que, desde Estados Unidos, aboga por la desobediencia electrónica. El secreto, pues, no radica tanto en el éxito de la protesta como en el hecho de protestar. Es una forma de rebelión que previene del riesgo de caer en lo que bautiza como "ciberoptimismo tecno-lógico". Luchar por cambiar el mundo se convierte en un método de comprensión de la realidad, no en un objetivo. Y el mundo observado por los ojos de Camille de Toledo es un lugar anclado en la dialéctica de "tesis, antítesis... prótesis", enganchado a una infantil tendencia a querer imponer el final feliz, saqueado por migraciones y botellones y en el que, a veces, los sindicatos de controladores aéreos pueden llegar a tener más poder que los ejércitos y un hacker más capacidad de virulencia que un partido. Un mundo en el que, según él, todavía merece la pena decir que no, aunque sin olvidar que: "La cuestión ya no es: cuál es el contenido de ese no, sino por qué el no ha perdido su contenido".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003