¿Habrá guerra? Esa es la pregunta que llevo haciendo a mis amigos desde principios de año. ¿Qué guerra? Pues la de George W. Bush contra Sadam Husein. A decir verdad, la pregunta no tiene demasido éxito. Tan sólo un barman de un hotel de Milán me tuvo cerca de una hora discutiendo sobre las posibilidades del conflicto, con interesantes argumentaciones de tipo político y de estrategia militar. Es natural de Alejandría, doctorado en Historia medieval por la Sorbona. En su opinión, la guerra no es tan segura, tan evidente como parece ser.
A mis amigos de Barcelona, la pregunta les deja indiferentes. La mayoría se niega a abordarla, cambia de tema y se pone a hablar de Jiménez de Parga (fue mi catedrático de Derecho político, me defendió en más de un juicio cuando empezaba a escribir en los periódicos y sigue disfrutando de mi respeto y de mi simpatía a pesar de sus desafortunadas declaraciones) o, sobre todo, de Joan Gaspart. Está claro que el tema de la guerra entre EE UU e Irak les importa un comino. Y cuando aceptan hablar de ella es para decir pestes de Aznar, que todo se reduce a una lucha por el petróleo de Sadam y que, si hay guerra, cosa que ninguno pone en duda, nos pilla muy lejos.
Es cierto, la guerra pilla lejos, lejos geográficamente y lejos domésticamente: la imagen que probablemente dará el televisor será la de un videojuego, nada parecido a las guerras de verdad. Hoy, para saber lo que es una guerra hay que recorrer a los libros (Hiroshima, de John Hersey; La extraña derrota, de Marc Bloch) antes que al televisor. Recuerdo un tiempo en que la guerra era un tema común entre mis amigos, que se discutía a diario, apasionadamente. También era una guerra geográficamente distante, con el agravante de que la televisión era todavía una novedad e infinitamente más monocorde que lo que es hoy en día. Me refiero a la guerra de Vietnam. En cierto modo, esa era nuestra guerra: Cada taula un Vietnam, como tituló Josep Maria Huertas su libro de memorias.
Eran los años de las grandes manifestaciones, de los conciertos multitudinarios de Bob Dylan, de Joan Baez y de tantos otros. Eran los años del campus de Berkeley. Recuerdo la admiración que despertaba el joven Lluís Racionero en las noches de Bocaccio. "¡Ha estado en Berkeley!", gritaban las chicas a su paso (hoy está en la Biblioteca Nacional, de director, nombrado por el Gobierno del señor Aznar).
¿Qué ocurre hoy en Berkeley? ¿Sigue siendo la capital pacifista de EE UU, por esencia, historia y tradición? Pues parece ser que sí, aunque las cosas han cambiado bastante desde los años de la guerra de Vietnam. En Le Monde del pasado jueves viene una interesante crónica de Annick Cojean con datos muy reveladores. Según la periodista, si bien la población masiva de Berkeley se muestra contraria a un conflicto entre Estados Unidos e Irak, la postura de la universidad es mucho menos contundente. La principal razón es de índole demográfica. La población universitaria ha cambiado: el 43% es de origen asiático. Una población universitaria sumamente conservadora, que cursa principalmente carreras científicas y sometida a una fuerte presión por parte de sus familias, que exigen de sus hijos unos óptimos resultados, la mejor garantía para una total integración en la sociedad norteamericana. A ello hay que sumar el elevado coste de los estudios y la presión que a su vez ejercen los mecenas de la universidad, gentes muy conservadoras. Por no hablar de la vigilancia del FBI sobre profesores y alumnos, así como de la existencia de delatores informáticos. En una palabra, que el riesgo de mostrarse antinorteamericano puede resultar muy, pero que muy caro.
Además está el hecho de que esos jóvenes universitarios ya no tienen que ir -por el momento- a la guerra, como fueron los estudiantes en los años sesenta, quienes, además, eran hijos de soldados que habían luchado en Europa o en el Pacífico, que conocían la guerra.
Ahora bien, en el caso de que estalle la guerra todo eso puede cambiar en pocos días. Las grandes manifestaciones contra la guerra de Vietnam tampoco se improvisaron, surgieron a medida que se mostraban las víctimas, de uno y otro lado. ¿Las veremos ahora? ¿Qué veremos de esa guerra? ¿Será corta, larga? Lo cierto es que la guerra pilla lejos y pese a que la mayoría de españoles están contra ella, el tema no apasiona demasiado, contrariamente a lo que en su día ocurrió con la guerra del Vietnam. ¿No será que Sadam se la merece? Y, en tal caso, ¿también se la merecen sus súbditos, esa pobre niña iraquí que ilustra uno de los carteles antibelicistas que se exhiben en las calles de Berkeley?
¿Habrá guerra? Me temo que sí. ¿Han estado en el hotel Rachid, el mejor hotel de Bagdad? ¿Han visto lo que hay en el suelo, a la entrada del hotel? Un enorme retrato de Bush padre con la siguiente inscripción: "Bush is criminal". Está ahí desde la guerra del Golfo. Cuando entran y salen del hotel deben pisarlo forzosamente. Qué no haría un hijo como George W. Bush para vengar a su padre, para borrar semejante ultraje.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003