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COLUMNA

No todos somos asesinos

No todos somos asesinos, ni violentos, ni extorsionadores, ni mentirosos. Ni tampoco nos hace felices ser malpensados en todas las horas del día. Aunque la realidad que nos ofrecen los telediarios nos obliga a esperar lo peor en cada momento, lo cierto es que una gran mayoría de la gente, esa que, por cierto, nunca saldrá en los telediarios, aún ofrece y espera amabilidad de los demás, aún cree que los funcionarios públicos existen para proteger los derechos de los ciudadanos. Ese grado social, la ciudadanía, hoy aparece oculto entre la maraña de desastres, ejecutados tan sólo por minorías capaces de gritar tan fuerte que nos ensordecen e intentan ocultar con clichés homogéneos la diversidad de la realidad. No todos somos asesinos.

¿Una ingenuidad? En absoluto. Es cierto que la ciudad se ha conmocionado estos días por unas extrañas muertes en un aparcamiento. Pero también es cierto que miles de personas, todos los días, entran y salen de otros tantos aparcamientos en la confianza de que ni sus vecinos ni sus conciudadanos son asesinos. Lo que sucede es que hay que recordar estas obviedades cuando lo excepcional y la histeria de unas minorías se apodera de lo normal, cosa que ocurre con frecuencia preocupante. Por ejemplo, en Madrid, ahora mismo, pueden estar pensando que cualquier culé es un Gaspart en potencia. Nada más ridículo. Pero lo de Gaspart marca a cualquier barcelonés, aunque no sea del Barça.

El cliché es un tumor del alma. Existen clichés, verdaderas anomalías sociales, que tratan de robarnos, cada día, la idea que tenemos de nosotros mismos como seres civilizados. Para luchar contra esos tópicos nefastos que invaden el aire de la época, un grupo de sabios de 14 países -la mayoría inquietos profesores universitarios de cuatro continentes pertenecientes al llamado grupo de Lisboa- está organizando lo que llaman "una nueva oportunidad para la educación" a través de un proyecto tan ambicioso como su nombre: la Universidad del Bien Común.

Estos profesores, entre los que están Riccardo Petrella, Vandana Shiva y Jean Ziegler, consideran, en un documento preliminar redactado en francés, que "el conocimiento es patrimonio de toda la humanidad" y que la educación "no es una mercancía", "ni los estudiantes son clientes", "ni el conflicto es la única forma de conjugar las diferentes formas de pensar". Por el contrario, creen que vivir en común requiere "la promoción del bien común a todos los niveles de las sociedades humanas, organizando los aprendizajes y las investigaciones en redes múltiples y multiculturales". Dan en el clavo: el Bien Común está hoy tan desprestigiado que parece ser cosa de marcianos o de banales discursos políticos.

Los 14 sabios -entre los que no hay ningún español- defienden principios sencillos: "No hay vida sin diversidad. La existencia de los otros no significa forzosamente rivalidad. El conocimiento no es un producto, sino que ha de ser utilizado para el bien común". La Universidad del Bien Común se está poniendo en marcha desde Bruselas en torno a cuatro facultades: Una: el Agua, como ejemplo de lo que es "un bien común mundial". Dos: la Imaginación, que acaba traduciéndose en la mejora de la vida de los humanos. Tres: la Alteridad, entendidos los otros como fuente de conocimiento y no de rechazo o exclusión. Cuatro: la Mundialidad, o búsqueda de aquella organización capaz de hacer realidad que el futuro nos pertenezca a todos y sea así un bien común. Pronto será posible apuntarse a alguna de estas facultades, surgidas del avasallamiento del horror y del hecho escandaloso de la mercantilización del conocimiento. Será muy útil dedicarse a aprender que hay vida más allá de Bush, de Operación Triunfo, del consumo o del petróleo. Y, por supuesto, el bien común es laico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003