LOS CHULESCOS IMPROPERIOS de Aznar a los críticos de la pésima gestión realizada por el Ejecutivo y por la Xunta para afrontar la crisis del Prestige recuerdan las embestidas de los ministros de Franco -entre otros Fraga- contra los grupos de la oposición ilegal y los periodistas independientes que intentaban contrarrestar con información veraz las campañas de propaganda del régimen. Porque esa descalificación de los partidos, los movimientos cívicos y los medios de comunicación ("se les ha acabado el chollo" a "los agitadores profesionales del resentimiento" que "ladran su rencor por las esquinas") por responsabilizar en mayor o menor grado al PP de la catástrofe de Galicia es un mal viaje hacia el pasado. La democracia no es sólo un procedimiento para elegir gobernantes: también es un régimen de opinión que reconoce a los ciudadanos el derecho a criticarlos.
El presidente del Gobierno descalifica como "agitadores profesionales del resentimiento" que "ladran su rencor desde las esquinas" a los movimientos cívicos y medios de comunicación que le critican
Lector de los poetas de la Generación del 27, Aznar debería ser mas prudente con sus metáforas zoológicas. Al parecer, los cursos intensivos de política vasca orientados a prepararle como concejal de Bilbao y a refrescar su código genético euskaldún han omitido el capítulo correspondiente al encanallado vocabulario del nacionalismo radical, que llama perros a los miembros de las Fuerzas de Seguridad antes de dispararles por la espalda. Si los fabulistas clásicos atribuían a los animales comportamientos antropomórficos con propósitos ejemplarizantes, los lenguajes autoritarios niegan a los discrepantes -convertidos en enemigos- hasta su condición de seres humanos, rebajándoles al escalón bestial de las ratas, las hienas, los chacales o los perros.
Sería absurdo llevar las analogías hasta el absurdo o transformar los temores racionales en paranoias delirantes: Aznar ha sido elegido en las urnas y está obligado a ejercer sus competencias en el marco de esa Constitución de 1978 cuyo articulado criticó en su día desde la "abstención beligerante" y que hoy pretende monopolizar mediante el procedimiento de excluir de su ámbito a partidos (como los socialistas o los nacionalistas catalanes) comprometidos con su nacimiento. Ahora bien, el Gobierno del PP intenta obtener cuando puede -con mejor o peor fortuna- las complicidades de los árbitros, sean los presidentes del Constitucional y del Supremo, el fiscal del Estado o el Defensor del Pueblo, a fin de ganar los partidos sin respetar las reglas de juego constitucionales. La inicua instrumentación del ministerio público para perseguir criminalmente al movimiento cívico Nunca Máis, generoso impulsor de las denuncias y de las protestas frente a la desastrosa respuesta gubernamental a la catástrofe del Prestige, evoca de nuevo a los fiscales del anterior régimen que se querellaban por calumnia contra quienes denunciaban los abusos económicos o policiales de la dictadura.
No es preciso recurrir a la concepción conspirativa de la historia -tan propensa a suponer que los malvados propósitos ocultos de los gobernantes siempre son desenmascarados- para explicar la barriobajera salida de tono de Aznar. Cabría imaginar que los reveses sufridos desde la huelga general y la melácolica constatación del inexorable cumplimiento de su mandato dentro de un año están afectando seriamente a su equilibrio nervioso. En cualquier caso, el actual presidente del Gobierno había mostrado ya una inquietante tendencia a identificar a su persona con el Estado (y con España) y a exiliar a discrepantes y críticos al jardín zoológico. Tras la llegada al Gobierno del PP en 1996, el monótono recordatorio -sin venir a cuento- de los escándalos producidos durante el mandato de Felipe González sirvió de incongruente ardid para no contestar a las preguntas del grupo parlamentario socialista. Desde hace mas de un año Aznar se niega a dialogar con Zapatero por mezquinos agravios que sólo una memoria rencorosa puede mantener cuidadosamente archivados. Las acusaciones de antipatriotismo y deslealtad lanzadas por el PP contra la oposición en el caso Prestige prefiguran las inquisitoriales dimensiones de la futura campaña del Gobierno -en nombre esta vez de la Civilización Occidental- contra los partidos, movimientos cívicos y medios de comunicación que no secunden el lacayuno respaldo brindado por Aznar a Bush en la guerra contra Irak.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003