El mapa de Oriente Próximo y Medio tiene su origen en la Gran Guerra, y, en particular, Irak es una pieza cartográfica que nace de un inextricable dédalo de negociaciones, contradicciones, y contubernios. En vísperas del estallido de la contienda, en julio de 1914, lo que se llama el Asia árabe, hoy, Siria, Líbano, Jordania, Irak y parte de la península arábiga, integraban el imperio otomano, la construcción multinacional dirigida por los turcos osmanlíes, que había consolidado su presencia en la zona a mediados del siglo XVI, y establecido en Bagdad en 1534.
En octubre de 1914, Constantinopla-Estambul entraba en la guerra junto a los Imperios centrales, y con ello sellaba su destino. Inmediatamente, un entramado irreconciliable de conversaciones más o menos secretas, que tenían como común denominador la iniciativa británica, urdía el mapa del futuro. De un lado, Londres se comprometía al establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina, a cambio del apoyo de la organización sionista en la guerra, y, de otro, en la correspondencia entre el alto comisario británico en El Cairo, Henry MacMahon y Hussein, jerife de La Meca -y tatarabuelo del actual rey de Jordania, Abdalá-, ofrecía la creación de un reino independiente que abarcara toda el Asia árabe, menos el litoral sirio, Jerusalén y la península arábiga, que era virtualmente independiente, al menos desde el ascenso del wahabismo en el XVIII, a cambio de sublevarse contra los otomanos. La revuelta estallaba en junio de 1916, dejándonos el recuerdo literario de Los siete pilares de la sabiduría, del coronel Thomas E. Lawrence.
Irak no está demasiado surtido de señas de identidad. Una es la remisión a la historia de Babilonia; otra, la retórica intransigente contra Israel
Irak es una pieza cartográfica que nace de un inextricable dédalo de negociaciones y contubernios. La última pincelada al mapa la va a dar el segundo Bush
Paralelamente, Londres negociaba con Rusia el reconocimiento de derechos rusos sobre Constantinopla y los estrechos, cuyo cumplimiento fue innecesario por la caída del zarismo en 1917, y, hasta de enclaves italianos en Asia Menor y las islas del Mediterráneo oriental. Todo ello, patentemente contradictorio entre sí, porque no había tierra para tantos.
En secreto, Francia y Gran Bretaña tramaban, sin embargo, el verdadero reparto. Mark Sykes, parlamentario conservador británico, sionista converso, y Georges Henri Picot, cónsul francés en Beirut, ambos católicos fervientes, acordaban en abril de 1916 el qué y el quién. Siria y Líbano se otorgarían a Francia, y Palestina-Transjordania e Irak, a Gran Bretaña, en calidad de mandatos, que era una nueva forma de usufructo colonial por el que los mandatarios se comprometían a guiar en plazo indeterminado a esos territorios a la independencia.
¿Pero qué sustrato histórico tienen esas futuras formaciones políticas, que se crearán a la victoria, a principios de los años veinte?
Siria existe; ha sido un conjunto de provincias o wilayets del imperio otomano, y el tipo antropológico sirio, levantino, fenicio, moderno, con una fuerte minoría cristiana, abierto a Occidente, era un personaje literariamente reconocible; y dentro de esa Gran Siria había un Monte Líbano, virtual colonia francesa desde 1860 con Napoleón III, que es el arrière pays o la montaña de Beirut, dominado por los maronitas, que se habían unido a la Iglesia católica, por oposición a la ortodoxia griega, a mediados del siglo XVIII.
Palestina, desde el Mediterráno al Jordán, es el territorio más o menos coincidente con lo que fue la provincia romana de ese nombre hacía 2.000 años. Ello dejaba una extensión de desierto al este del río bíblico, que los británicos llamaron Transjordania, al tiempo que el Foreign Office partía el mandato en dos: Palestina para abrigar la colonización judía, y Transjordania para darle un trono a Abdullah, hijo de Hussein.
En el caso de Irak nos hallamos ante el tiralíneas colonial en todo su apogeo. Durante la I Guerra Mundial los británicos hablaban de Mesopotomia, tierra entre dos ríos, Tigris y Éufrates, de Herodoto. En la última demarcación otomana, a fines del XIX, habían existido dos provincias, la de Bagdad y la de Basora, que en su delimitación coincidían vagamente con los límites actuales del país. Mesopotamia se transformaba, así, en Irak -la bien plantada, en árabe- y se concedía como monarquía constitucional a Faisal, hermano de Abdullah, ambos protagonistas de la revuelta antiotomana, como compensación por el incumplimiento de las improbables promesas de MacMahon.
Guerreros saudíes
Los territorios centrales de la península árabiga, unificados por una dinastía de guerreros saudíes, de persuasión islámica radical, la wahabí, conquistaban el jerifato de La Meca y parte de la costa oriental, para detenerse tan sólo al sur ante el reino tribal de Yemen y el sultanato de Mascate y Omán, territorios bajo control británico, que sólo habían sido nominalmente otomanos, y al este, ante los emiratos, los llamados Estados de la Tregua, desde 1840 protectorados de Londres, y Kuwait. En 1926 se había completado la conquista y el Estado pasaba a llamarse Arabia Saudí en 1932.
En 1899, Gran Bretaña había otorgado su protección a Kuwait, independizado de Estambul, negando casi toda su salida al mar a lo que desde 1922 será el mandato británico de Irak. Basándose en la pertenencia, tenue pero oficialmente reconocida, de Kuwait al imperio otomano, dependiente de la provincia de Basora -o Basra-, Bagdad ha reivindicado siempre el emirato de la familia Al Sabah, lo que llevó en agosto de 1990 a su ocupación por el ejército de Sadam, y al desencadenamiento de la ¿primera? guerra del Golfo, que culmina en 1991 con su liberación por un contingente norteamericano-occidental.
Y si Churchill, a la sazón ministro de Colonias, pudo decir después de la Gran Guerra, con el desdén ocurrente que le caracterizaba, que "había inventado Transjordania en una tarde de verano", la creación del mejunje iraquí batía todos los récords de imaginación.
Faisal se aposentaba en Bagdad, tras haber sido expulsados por los franceses de Damasco, en 1922, acompañado de una tropilla de colaboradores, todos árabes suníes, la línea mayoritaria del islam, y muchos de ellos antiguos funcionarios del periodo otomano, para reinar sobre un país que se miraba a sí mismo, asombrado de existir. El norte estaba habitado por kurdos, pueblo de confesión suní, pero no árabe, y lengua propia, que en esos años pugnaba inútilmente porque las potencias reconocieran su existencia como Estado independiente, apedazado de fragmentos de Irak, Irán, Turquía y Siria, y, en el sur, una mayoría de shiíes (el islam minoritario, que sólo gobierna en Irán).
Sobre ese país, hecho de retales bastante mal avenidos, se imponía la dominación suní, concentrada en la cuenca del Tigris y el Éufrates, que no se ha interrumpido desde entonces, y de la que Sadam Husein es el último avatar. El grado de lealtad que el dictador de Bagdad recibe de la población, aparte de basarse en un inicialmente generoso y equilibrado reparto del maná petrolífero, está vinculado a que garantiza la continuidad del dominio suní sobre un acerico étnico y religioso, al que se suman minorías cristianas, entre ellas la católica, que han solido cooperar con los sucesivos regímenes, buscando su protección contra el radicalismo islámico.
Irak, formalmente independiente desde 1932, como Siria y Líbano lo fueron en 1945, fue una monarquía hasta el golpe militar del 14 de julio de 1958, en el que el ejército, apoyándose en el andamiaje ideológico del Baaz (resurrección), el gran partido panárabe de la época, asesinaba a toda la familia real en su palacio de Bagdad, e instauraba una república que buscaba el patrocinio de Moscú. Diez años más tarde, otra facción del Baaz militar, aunque mucho más lo segundo que lo primero, tomaba el poder bajo la presidencia de Ahmed Hassan el Bakr y la aparición como segundo pero auténtico hombre fuerte del régimen de Sadam Husein, originario de la ciudad de Takriti, alma máter del sunismo baazista, y de donde son hoy en día buena parte de sus colaboradores más directos. En 1979 se completaba una demorada transición, por la que Al Bakr se retiraba, probablemente forzado a ello, para convertir lo virtual en material. Sadam Husein era ya presidente de la República. Y al año siguiente comenzaban las guerras de la zona con la invasión iraquí del Irán jomeinista, instalado con el derrocamiento del sha, también en 1979. La contienda acabaría en devastadoras tablas en 1988, y de ese fracaso se deducía, al menos en parte, la operación sobre Kuwait, con la ulterior reconquista del emirato por la operación Tormenta del Desierto.
Irak no está demasiado surtido de señas de identidad. Una de carácter arqueológico es la remisión a la historia de Babilonia y su gran civilización preislámica, y la segunda, mucho más terrenal, el sentimiento panárabe ilustrado de una retórica intransigente con Israel, Estado creado en guerra con el vecino musulmán en 1948. La última pincelada al mapa se la va a dar el segundo presidente Bush.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003