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Crítica:TEATRO | 'TANGUERA'

En torno al tango

Llegó la francesita helada y sola al puerto; esperaban los chulos, y uno se la llevó. Llegó Giselle -nombre de ballet- entre "marineros y andaluzas", dice el programa; chicas que iban a compartir la vieja historia, el antiguo vals criollo, la continua realidad, el tango perpetuo, la milonga y el burdel. Y al fondo, el brillo de las facas, la luz roja del quilombo, el conventillo. Se cuenta sin palabras: se trata de un ballet, y lo importante es la coreografía. Y las chicas, los chicos: excelentes bailarines de escuela, bellísimas piernas trenzándose en el escenario. Todo pasa en torno al tango, pero no es el tango. En Argentina gustó mucho, y en los otros países de la gira; aquí es más difícil, porque hay muchas personas que tienen la idea del tango pasión, del tango lúbrico, de la poesía de las letras. Es decir: se trata de una de las dos grandes aportaciones del sentido popular más importantes del siglo, y la otra es el jazz: los dos nacen realmente de oprimidos, inmigrantes, sexo -"jazz" lo dice, literalmente, en el argot negro: relación sexual-, desgracia, muerte. Prohibido entonces, aquí, por los obispos y allá por el Papa; luces rojas en los dancings, y tanguistas llorosas -las que allá llaman "milongueras"- y una poesía trascendental.

Tanguera

Libro y producción de Diego Romay, letra y música de Eladia Blázquez. Intérpretes: Mora Godoy, María Nieves, Juan Pablo Horvath, Óscar Armando Martines Rey, Vanesa Quirós (cantora), Leonardo Cuello, Bruno Gibertoni, Néstor Dabel Sanabria, Esteban Domenchini. Coreografía de Mora Godoy. Dirección musical y arreglos de Gerardo Gardelín y Lisandro Adrover. Director general, Omar Pacheco. Teatro Alcalá Palace.

Este espectáculo es perfecto, pero el tango no acepta la perfección. Digamos, pues, que es un ballet moderno en torno al tango, y que es excelente para quien no sienta la decepción. Decía al día siguiente algún periódico, quizá este mismo, que la edad media de los espectadores era de sesenta años; yo añadí mucho a esa media, y me sumé a los pequeños sesentones en no reconocer nuestro tango. Pero éste es un problema nuestro. Y es verdad que para nosotros cuando salía María Nieves, con setenta y tres años, algo pasaba allí: un gesto, una picardía, una manera de clavar los ojos en la pareja y de complicar al espectador, aún con su mal papel -la madama-, la antigua tanguera comunicaba más que nadie. Y las chicas son bellísimas, y sus largas y maravillosas piernas se trenzan y se destrenzan con una perfección digna del Bocoy; pero su coreografía -de Mora Godoy, perfecta y exacta como primera bailarina- es también como del Bolshoi. Al final, con el calor de los aplausos, o de las palmas del público a ritmo, parece que hay un poco más de brío.

Todo esto pasa con una exactitud y una calidad de primer orden, en un decorado con resabios expresionistas, donde las numerosas y ordenadas luces diseñan los cuerpos y crean las atmósferas. La banda está muy bien grabada, muy bien orquestada: las viejas joyas -el Choclo, la Comparsita- suenan admirablemente, pero, como es necesario para ese tipo de espectáculo, con el ritmo distinto para los intérpretes. Creo que para estos tipos pasadotes y con las pasiones muy puestas en la memoria no sirve; pero habrá en adelante muchos jóvenes, muchos burgueses con aire artista, que van a llenar el teatro.

El teatro Alcalá Palace: está como estaba, pero limpio, brillante, pintado, con la técnica del día que permite la realidad del escenario. Antes del espectáculo se pasaron dos vídeos que mostraban las obras: vaciado entero, se había reconstruido según su molde. Y antes habló el empresario y creador, Diego Romay, al que hay que agradecer la reconstrucción del teatro y el espectáculo mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003