Las autoridades francesas han dispuesto la salida del portaaviones Charles de Gaulle al frente de una flota aeronaval, oficialmente para realizar "maniobras" en el Mediterráneo Oriental. Mientras tanto, el ministro francés de Exteriores, Dominique de Villepin, alza el tono contra Bagdad: "Es importante que Irak mida las exigencias de la comunidad internacional" con una "cooperación activa" y que "su desarme sea efectivo", dijo el viernes. Todo ello en vísperas del encuentro que Tony Blair y Jacques Chirac celebrarán el martes próximo, rodeado de presiones para que París ceda en su postura de deslegitimar un ataque militar contra Irak.
Villepin es el responsable de la audaz diplomacia desarrollada en beneficio de una postura autónoma de Europa frente a EE UU, que ha provocado la tormenta entre Washington y París. El 20 de enero, aprovechando su condición de presidente de turno del Consejo de Seguridad, Villepin convocó una reunión especial sobre el terrorismo en Nueva York, que permitió al ministro francés extenderse en explicaciones sobre el rechazo a un ataque precipitado contra Irak y el valor de las inspecciones como elemento que ha "congelado" el rearme iraquí.
"Es importante que Irak mida las exigencias de la comunidad internacional"
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Pero, sobre todo, Villepin dejó planear la amenaza de veto francés en el Consejo de Seguridad. El contraataque estadounidense, materializado en el apoyo recibido por parte de Blair, Aznar, Berlusconi y otros cinco dirigentes de países europeos, ha golpeado a los líderes franceses en el momento en que daban los primeros pasos para construir una política exterior común de Europa. Lo cual sitúa a franceses y alemanes en la incómoda posición de aislarse o de dar su brazo a torcer.
Éstas son las intenciones que se atribuyen a Tony Blair en su encuentro con Chirac del martes próximo: que el presidente francés se defina claramente, en una entrevista estratégicamente situada en vísperas del día en que EE UU ha prometido aportar pruebas a la ONU sobre la burla de Sadam Husein a la comunidad internacional.
Pero no es fácil que Chirac se deje encerrar en esa disyuntiva. Lo que verdaderamente le enoja es la ruptura del consenso europeo. En público, Villepin se limitó a considerar la carta de los ocho líderes proatlantistas (a la que posteriormente se sumó Eslovaquia) como "una contribución al debate", flemática expresión que intenta no dar por rotos los canales de comunicación, ni reconoce a los autores de la iniciativa una fuerza decisiva en la UE.
El recuento de fuerzas podría darle la razón: Austria no fue consultada; el primer ministro holandés no quiso firmar; su homólogo checo ha dicho que él no habría firmado -aunque lo haya hecho su presidente, Vaclav Havel-; el presidente portugués tampoco está de acuerdo con la firma estampada por su primer ministro; y la opinión pública de los países europeos, tanto de los gobernados por los firmantes como por los no firmantes, está mayoritariamente en contra de la guerra. Para las autoridades francesas, su causa sigue en pie.
Chirac siempre ha dicho que "la guerra es la peor de las soluciones", "la constatación de un fracaso". Nunca ha dicho rotundamente que no a la guerra. A estas alturas, constatar simplemente la resistencia del régimen de Sadam a cooperar activamente con los inspectores no será suficiente para que París lo considere un casus belli. El informe de Blix presentado el 27 de enero no era la verificación de fracaso alguno en la inspección encomendada, según la interpretación de fuentes oficiosas francesas. La diplomacia se reserva un margen para no dejarse pillar los dedos por uno de estos tres imprevistos: una declaración de los inspectores en el sentido de que "no es posible seguir trabajando" en Irak; una provocación de gran amplitud por parte de Sadam; o la revelación por Washington de "verdaderas pruebas" en la ONU, el próximo miércoles. Por eso, Villepin ha dicho en los últimos días que se felicita de que Colin Powell anuncie la aportación de pruebas, y por eso aprovechó el viernes la presencia en París de su homólogo australiano para recordar a Sadam Huseim que debe colaborar mucho más y mucho mejor.
En este ambiente de incertidumbre diplomática, el portaaviones nuclear Charles de Gaulle abandonará el martes su base de Toulon, con su dotación de aviones al completo y media docena de fragatas y submarinos. Oficialmente, la misión de esta flota francesa consiste en efectuar "maniobras" en el Mediterráneo oriental. Cabe recordar cómo se produjo el compromiso francés en Afganistán: en el último momento, ese mismo portaaviones y otras fuerzas francesas se integraron en las operaciones militares. Hoy por hoy es difícil saber si la historia se repetirá.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003