Hay que ser un "ateo en política", recomendaba Stendhal. No ser ateo es creer en el buen Dios o en el diablo. Me han dicho que hay estadounidenses que otorgan a su presidente una infalibilidad casi divina. Evidentemente, están equivocados. Pero no menos absurdos son aquellos que a mi alrededor, en nuestra querida y vieja Europa, equiparan a Bush con el diablo y le coronan fuente número uno de los males que asuelan el planeta. Creer en un genio maligno mefistofélico, causa de todo mal, vituperar al "sistema", a la omnipotencia arrogante de la Casa Blanca, al vaquero sin escrúpulos ni sentido común, ¿acaso no es dejarse llevar muy religiosamente a ejercicios de exorcismo que creíamos olvidados entre los pueblos de "poetas y pensadores", fuesen alemanes o franceses? Desde hace algunos días queman la efigie de Bush y le cubren de improperios, con la pasión de los hechiceros de antaño que pinchaban con sus largas agujas un pequeño muñeco para matar a distancia a alguna criatura supuestamente satánica.
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¿Y si no existe el diablo? Intentemos una experiencia mental al alcance de todos. Si Bush se evaporase mágicamente, ¿acaso se extinguiría el conflicto israelo-palestino? Si Bush hubiese perdido las elecciones, ¿acaso Sadam Husein se hubiese abstenido desde hace décadas de engañar, invadir, gasear, torturar y ejecutar sin ningún titubeo? Pongamos a Bush entre paréntesis; queda Bin Laden, que no le esperó para preparar el mayor atentado terrorista de la historia humana. Queda Kim Jong-il, que amaña sus misiles y unas cuantas cargas nucleares. Sustituyan a Bush por quien quieran: ¿sería Putin menos proclive a "cargarse hasta en los retretes" a los desgraciados chechenos a quienes antes exterminaron Yeltsin, Stalin y Nicolás I? El antiamericano que imputa todas las miserias del mundo a la garra omnipresente de los "halcones de Washington" me parece superar en ingenuidad la simpleza de espíritu que atribuye a los supuestos dueños del mundo.
Cuando Donald Rumsfeld regaña a la "vieja Europa", corre el riesgo de hacer creer a las autoridades francesas o alemanas que su dúo existe como potencia mundial, que vuela con sus cuatro alas angelicales y que encarna un recurso coherente y eficaz frente a la estrategia estadounidense. ¡Venga ya! Si nos entendemos en estrategia mundial, es ocasionalmente para poner trabas a los estadounidenses y más generalmente para retirarnos ante los desafíos candentes de la actualidad. ¿Que el Ejército ruso arrasa Grozni (400.000 habitantes)? Nos callamos y alabamos a Putin. ¿Que la ONU corona a la Libia de Gaddafi con la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos? La Europa comunitaria se abstiene en bloque. A falta de concepto y de medios, haciendo gala de una impotencia cuidadosamente alimentada, Alemania y Francia se limitan a hacer rabiar a Washington para saborear la sensación de que cuentan. A riesgo de delegar -a una "comunidad internacional" que imaginan unida y decidida- la tarea de resolver los conflictos en los que nuestros "viejos europeos" evitan mojarse. Este arte de evitar todo compromiso fue codificado por Robert Musil y bautizado como "acción paralela". Así sobrevivía Cacania.
En el fondo, si el secretario de Defensa estadounidense se permitió una observación voluntariamente descortés, es porque consideraba que ofender a Berlín y a París no tenía consecuencias. Al montar en sus grandes caballos, al envolverse en un antiamericanismo sin proyecto ni objeto, nuestras élites le dan la razón. Deberían haber replicado más bien: viejo continente somos, gracias a vosotros, queridos estadounidenses, que nos salvasteis de dos totalitarismos. Es cierto que a veces os equivocáis y que Bush parece indebidamente fascinado por Putin. Pero salvasteis nuestra autonomía, nuestro derecho a pensar. No necesariamente como vosotros. Pero, por favor, no estúpidamente contra vosotros.
André Glucksmann es filósofo francés.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003