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ZAPPING

Terapia basura

Hace unos días, en Salsa rosa, Alfonso, el ex amigo de Rafa, ex concursante de Gran Hermano, se prestó a una de esas jaurías que animan la industria del famoseo. Dijo algo que me inquietó: "A veces tienes que ir a los programas porque te obligan". ¿Quién te obliga? ¿Un ser sobrenatural que te abduce y te ilumina hacia los platós o un grupo de mafiosos que acude a tu domicilio y te chantajea amenazándote con romperte las piernas si no vas?

Saña

La retransmisión que Canal + hizo de Celta-Barça del pasado domingo tuvo el nivel habitual de espectacularidad, pero incurrió en un defecto habitual en la información deportiva: obsesionarse en detalles con tanta saña que se pierde el sentido de lo prioritario. Las cámaras enfocaron 42 veces a Joan Gaspart, sentado en el palco y sufriendo tanto (no más) como los miles de culés que vieron la derrota por televisión. Eso sólo sería una exageración si no fuera que no enfocó a Lotina, entrenador del equipo que ganó el partido y, por tanto, más protagonista del evento que el presidente de la triste figura. En ocasiones, con la excusa de pisarle los talones a la noticia, la acabamos atropellando.

Inspiración

En el último de sus viscerales y estimulantes libros (Oigo girar los motores de la muerte), el escritor Roger Wolfe escribe: "No veo mucho la televisión, pero cuando la veo tengo que reconocer sin ningún pudor que disfruto (si disfrutar es la palabra) de los llamados programas-basura. Son impagables para un escritor. Reflejan con todo su patetismo e intensidad el esplendor y la miseria -más bien, por supuesto, la miseria- del género humano y su irrisoria condición. Y todo ello sin que tenga uno que moverse de casa". Los audímetros deberían tener en cuenta este matiz cualitativo. Millones de personas ven Ana y los 7, a Raffaela Carrá recordando viejos tiempos en El show de Flo, o a David Bisbal (al que, en una semana, habré visto diez veces), pero ¿les gusta o lo ven como terapia para exorcizar sus demonios?

Al abordaje

La industria del videoclip actúa con la misma impunidad que la publicidad: saqueando lo que se le pone por delante, reconvirtiendo recursos robados a otras formas de creatividad. Es una de sus virtudes. En Los 40 principales emiten el clip de Enrique Iglesias, un prodigio narrativo compuesto por estímulos robados al cine, la pintura y la literatura. Un poco de épica del bulevar de los sueños rotos, una pizca de soledad de cafetería en el más puro estilo Edward Hopper, una gotas de anónimos desequilibrios reflejados sobre rostros tan torturados como los protagonistas de las etílicas películas de John Cassavettes o los cuentos de Raymond Carver, y para envolverlo todo, una historia sentimental aliñada con una melodía pegadiza. ¿El dolor y la soledad como combustible para mantener vivo el espectáculo? Como dice el título de la canción: Quizás.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003